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El Almanaque De Córdoba (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:12 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)
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El Almanaque De Córdoba es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En la primera mitad del siglo XIX quien visitara en las postrimerías del año la popular imprenta de don Fausto García Tena, después llamada del Diario de Córdoba al fundarse este periódico, encontraría a dicho señor, en su pequeño despacho, muy atareado en consultar libros y escribir cuartillas repletas de nombres y de números.

¿Qué hacía el laborioso y renombrado industrial? Confeccionaba el almanaque para el año próximo.

Tratábase de un trabajo más difícil y complicado que lo que muchos se creían, pues necesitaba gran práctica para no incurrir en errores al consignar las fiestas movibles, los días de ayuno y otros datos.

Cuando estaba concluido el santoral se procedía a incluir en el calendario las indicaciones astronómicas facilitadas por el Observatorio de San Fernando, o sean las horas de la salida y puesta del sol y las fases de la luna.

Estas tenían que completarse con algo de excepcional importancia, indispensable, sin lo cual el almanaque hubiera resultado inútil para la mayoría de las gentes; las predicciones del tiempo hechas, más que por un meteorólogo por un adivino español y otro portugués.

¿Quienes eran estos sabios? He aquí un misterio que jamás osaremos descubrir.

Sólo anotaremos la observación de que el taumaturgo español y el portugués se hallaban, casi siempre, en completo desacuerdo y cuando uno anunciaba tiempo seco y frío el otro predecía grandes lluvias y bochorno o cosas por el orden.

También consignaremos otro antecedente para que los lectores puedan formar juicio respecto a la veracidad de los augurios del calendario.

Durante el periodo de su confección un amigo íntimo de don Fausto García Tena le solía visitar para hacerle una graciosa advertencia; la de que pusiera buen tiempo en determinados días en que él tenía que dedicarse al deporte de la caza.

Tan preciso como las predicciones antedichas era el juicio del año .

El señor García Tena encargaba este trabajo a uno de sus dos hijos poetas, don Ignacio o don Rafael, quienes invariablemente escribían un romance enumerando los beneficios, las mercedes, los favores que había de dispensarnos el dios mitológico bajo cuya tutela se hallaba cada año, pero sin dejar de decir, a la terminación, que tales ofrecimientos podrían resultar una patraña, pues nunca debemos olvidar la frase: Dios sobre todo .

Como complemento se le agregaban algunos datos curiosos, las épocas célebres, las fechas de los eclipses, de las témporas, de la entrada de las estaciones y otros y enseguida pasaba a los talleres tipográficos.

Allí lo componían con unos tipos muy viejos y comenzaba la tirada de resmas y resmas que varios chiquillos se encargaban de trasladar a la casi prehistórica Librería de Córdoba, también perteneciente al señor García Tena, donde habían de encuadenarlo [sic] y venderlo.

Puede decirse que, desde que era puesto a la venta, la Librería convertíase en un jubileo, según la frase vulgar y gráfica. Por ella desfilaban los cosarios de todos los pueblos de la provincia y una legión de ciegos y tullidos para adquirir cientos y más cientos de almanaques, amén de las innumerables personas que también acudían con el objeto de proveerse del calendario

Durante los últimos meses del año a todas horas oíamos el invariable pregón: "los nuevos libros del almanaque. El Almanaque del Obispado de Córdoba. El Almanaque zaragozano de don Mariano del Castillo", pregón al que se unía, cuando se aproximaban las fiestas de Navidad, el de "las coplitas de Noche Buena".

Los vendedores del almanaque recorrían toda la provincia, sin olvidar el más apartado rincón, aldea, cortijada ni choza, y en todas partes hacían negocio, pues hasta los mendigos procuraban ahorrar cuatro cuartos para comprar aquel librito.

Los campesinos, cuando acababan sus tareas, sentábanse en la cocina del caserío, ante el amplio hogar, para leer, mascujeando, el juicío del año, que muchos aprendían de memoria y recitaban en sus juegos cuando se les acababa el repertorio de jácaras y relaciones.

Las viejas lo repasaban diariamente para saber cuándo entraba la luna llena, el cuarto creciente o el cuarto menguante y el tiempo que traería , pues consideraban poco menos que artículos de fe las predicciones del almanaque.

Y rara era, en fin, la persona que no lo consultaba con frecuencia, para enterarse del día de ayuno de determinada festividad cuando no de la fecha en que se celebraba la feria de algún pueblo.

Muchos años después de haber comenzado la publicación de este almanaque, el dueño de otra antigua imprenta, don Mariano Arroyo, también empezó a editar un calendario del Obispado de Córdoba, el cual no tuvo el éxito del primitivo, porque, según la gente, no acertaba tanto en sus augurios como el del Diario .

Esto mismo ocurrió a otros que aparecieron en épocas más modernas, todos calcados en el que don Fausto García Tena imprimía, con viejos caracteres, en un folleto, al que pudiera darse el calificativo de libro de oro indispensable en los hogares cordobeses.

Hoy los calendarios anunciadores y de pared que comerciantes e industriales regalan pródigamente han aminorado algo la circulación de nuestro clásico almanaque.

Sin embargo no falta jamas en las casas de las familias que tienen apego a la tradición ni las abuelas dejan de repasarlo diariamente para saber cuándo cesará el frío o la lluvia que les agudiza el reuma; cuando podrán disfrutar de un tiempo hermoso que las anime y rejuvenezca.

Noviembre, 1920.