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Luna Noche Entre Ladrones (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Luna Noche Entre Ladrones es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace veinticinco años, en una calle que en tiempos lejanos fué de las más céntricas de Córdoba, había un establecimiento donde, según el rumor popular, se daban cita a las altas horas de la noche, bandoleros famosos, ladrones vulgares y gente del hampa, ya con el objeto de concertar sus robos y fechorías, ya con el fin único de pasar un rato alegremente, jugándose el dinero, siempre mal adquirido y bebiendo unas copas.

La casualidad puso en nuestro camino a un hombre que, sin ser de la estofa de los parroquianos, del establecimiento aludido, por su vida aventurera errante, por el tráfico a que se dedicaba, conocía y trataba, con más o menos intimidad, a casi toda la turba que vive fuera de la ley y acaba por ser carne de presidio.

Aficionados nosotros a conocer íntimamente todas las esferas sociales, desde las más elevadas hasta las más bajas, y todos los rincones de nuestra ciudad, aún los más recónditos, aprovechamos aquella feliz circunstancia para efectuar una visita, que pudiera sernos provechosa, al antro donde tenían sentados sus reales en Córdoba los descendientes del Monipodio.

Una noche del mes de Diciembre, fría como un desengaño y oscura como la conciencia de un usurero, nos dirigimos, en unión de nuestro improvisado amigo, en vueltos en sendas capas y temerosos de perderlas, al que pudiéramos llamar casino de los ladrones.

Llegamos a la casa misteriosa que se hallaba envuelta en el silencio más profundo. Era, al parecer, una taberna. En unas toscas bancas de madera dormitaban varios faroleros y mozos de Estación y un guarda particular; tras el mostrador también daba cabezadas un mozo fornido y de duras facciones.

Penetramos por la puerta principal del edificio, contigua a la del establecimiento, cruzamos pasillos y galerías interminables, un amplio patio y al fin nos hallamos en el centro de reunión de la gente maleante.

Era un salón rectangular de grandes dimensiones, entarimado, con techo de gruesas vigas pintadas de color azul rabioso y paredes faltas de toda clase de elementos decorativos.

Tres lámparas de gas alumbraban malamente la estancia, pues el foco de luz de cada una de aquellas no llegaba hasta el de la siguiente y, por este motivo, gran parte de la habitación quedaba ea una semioscuridad muy útil para los individuos que allí se reunían.

Colocadas sin orden, en distintos lugares, aparecían varias mesas de pino, dos de las llamadas de estufa con tapetes de paño verde y gran número de pesadas sillas de enea.

Distantes todo lo posible unos de otros había cuatro grupos de hombres, alrededor de otras tantas mesas.

Mala noche hemos elegido para venir -nos dijo en voz baja muestro acompañante-, pues como por su inclemencia se presta a favorecer el trabajo de los asiduos parroquianos de esta casa, el casino está casi desierto.

Apenas traspasamos el umbral de la puerta, uno de los hombres que se hallaban sentados ante una de las mesas de estufa, se levantó con rapidez, adelantándose a saludarnos efusivamente.

Su presencia allí nos produjo gran sorpresa. Tratábase de un individuo perteneciente a una familia muy conocida y bien acomodada de un pueblo de la provincia de Córdoba; tenia parientes cercanos que ocupaban altos puestos y de él sólo sabíamos que era aficionado al juego y a la diversión.

¿Que traen ustedes por aquí?, nos preguntó con suma afabilidad.

Poca cosa -contestóle nuestro acompañante-; pasábamos y como el frío es tan intenso decidimos entrar para tomar un vaso de café que nos produzca la reaccción [sic].

Pues siéntense ustedes -añadió aquel antiguo conocido- y enseguida se lo servirán.

En efecto, pocos momentos después teníamos delante dos vasos con una infusión cuyo análisis hubiera costado un trabajo enorme al químico más famoso, la cual quemaba como si fuera aceite hirviendo.

Mientras descendía la temperatura de aquel brevaje pasamos revista, rápidamente, a las personas que se hallaban en el salón.

El amigo que nos invitara a tomar café tenía un contertulio tan alto y recio como el, pero bastante más joven; de facciones duras; vestido con marsellés, pantalón de pana y sombrero cordobés, todo flamante.

Poco más allá apuraban unas copas de aguardiente y referían sus conquistas amorosas, un pobre cojo que imploraba la caridad pública en una de las calles más céntricas de la capital, y un zapatero remendón, forastero, que se habla establecido, hacía pocos meces, en un portal de la calle de Mucho Trigo.

En un extremo de la estancia cinco o seis jovenzuelos jugaban al rentoy, silenciosos, sin promover el escándalo peculiar de este juego Eran conocidos de todo el mundo. Nosotros estábamos cansados de verlos ya en el Arresto municipal, ya en el patio de la Cárcel o en el banquillo de la Audiencia. Tenían el oficio de rateros y timadores; lo mismo penetraban en una casa, aprovechando un descuido de sus moradores, y se llevaban cuanto podían, que por medio de las bolitas de yesca y las tres cartas limpiaban los bolsillos a cualquier incauto.

Y en el rincón más oscuro y apartado, esquivando las miradas de los concurrentes, departían en voz. muy baja tres sujetos de edad madura y rostros patibularios.

A poco de hallarnos en aquella que pudiéramos denominar nueva Corte de los milagros, apareció un tipo popularísimo en Córdoba; un lañador y vendedor de guinderos, parrillas y otros efectos de alambre, original por sus pregones.

Saludó amablemente al hombre del marsellés y el pantalón de pana e invitado por aquel sentóse ante nuestra mesa para saborear unas copas de amílico .

El lañador, siempre dicharachero y locuaz, comenzó una amena charla, narrando diversas aventuras de la célebre partida de Los siete niños de Ecija , a la que el perteneció, según frecuentemente declaraba, porque lo tenía a mucha honra .

Todos le escuchábamos atentos y especialmente su amigo, que debía ser hombre, de muy pocas palabras, pues raras veces intervenía en la conversación.

El antiguo Niño de Ecija , ya un anciano setentón, se despidió de nosotros porque tenía que madrugar para dedicarse a su oficio y algunos minutos después abandonábamos también, con nuestro acompañante, aquel antro en que habíamos pasado unas horas entre ladrones.

Poca suerte hemos tenido pata hacer esta visita -nos repitió al salir la persona que elegimos como guía en nuestra aventura-. Esta noche los pájaros han levantado el vuelo y algunos de los pocos que hay en la jaula los he visto por vez primera.

Los muchachos que jugaban al rentoy -siguió diciendo- los conocerá usted lo mismo que yo; se trata de tomadores, descuideros y timadores que sólo operan en Córdoba.

El individuo de la muleta, al que habrá visto usted infinidad de veces mendigando ea la vía pública fue un cuatrero de mucha fama en la provincia; quedó cojo a consecuencia de un disparo que le hizo la Guardia civil una vez que trató de escapársele, y por esta causa tuvo que abandonar su profesión .

Dell sujeto que esta con él, sólo le puedo decir que a la par que ejerce el oficio de zapatero se dedica al robo.

De los tres prójimos semiocultos en la oscuridad de un rincón que hablan quedo y procuran que nadie se fije en ellos ni les oiga, no tengo antecedente alguno, pero a juzgar por su catadura y por el misterio de que procuran rodearse puedo asegurar a usted que se trata de hombres duchos en el robo y que están preparando un golpe de importancia.

Y respecto a nuestros dos contertulios, no necesito decirle mi una palabra puesto que a uno lo trata usted y al otro lo conocerá sobradamente de vista.

Pues está usted en un error -le objetamos-; al hombre del marsellés no le habíamos visto jamás y la presencia en ese sitio de su acompañante nos ha producido gran sorpresa, haciéndonos dudar de que sea exacto el concepto en que le teníamos.

¡Bah! -exclamó sonriendo nuestro guía-; es lo que me quedaba que ver; un periodista que no conoce a uno de los bandoleros más famosos de los tiempos actuales, el Jaco .

Pues sepa usted que ha tenido el honor de tomar café con ese personaje y que nuestro amigo, no obstante pertenecer a una familia distinguida y bien acomodada de la provincia de Córdoba, dedícase a prestar sus servicios a los ladrones como santero y ejerce además la profesión de jugador con ventaja.

Estas manifestaciones nos produjeron un terrible calofrío.

Habían transcurrido algunos años desde la visita relatada cuando otra noche desapacible de invierno circuló en nuestra población la noticia de que tres malhechores habían intentado cometer un robo en un ventorrillo de la carretera del Brillante, no consiguiendo su propósito merced a la oportuna llegada de una pareja de la Guardia civil, que detuvo a uno de los ladrones y mató a otro al dispararle para que se detuviera.

En cumplimiento de nuestros deberes periodísticos marchamos al lugar del suceso y reconocimos en el individuo muerto y en el detenido, a dos de los que, cuando visitamos el centro de reunión de la gente maleante, hablaban muy quedo, envueltos en la semioscuridad de un ángulo de la estancia.

Identificado el cadáver se supo que era el de uno de los autores de un famoso robo efectuado, tiempo atrás, en Córdoba, a consecuencia del cual perdió la razón don José Cabrera.

Transcurrieron los años y otra noche de la estación invernal, en la calle del Císter, un desconocido sostuvo un vivo tiroteo con el jefe del cuerpo de Vigilancia que trató de detenerle, juzgándole sospechoso.

Un guardia civil acudió en auxilio del policía y, de un sablazo, hizo caer en tierra al desconocido.

Varios dependientes de las autoridades condujéronle a la Casa de Socorro para que le curasen de una herida que sufrió en la cara y, al presentarnos en el citado establecimiento benéfico vimos, con sorpresa, que aquel hombre era el zapatero de la calle de Mucho Trigo, el que, en el antro donde pasamos unas horas entre criminales y ladrones, apuraba unas copas de aguardiente en unión del mendigo cojo, zapatero en sus mocedades y cuatrero después, hasta que le dejó inútil una bala.

Durante la cura del sospechoso fue a la casa benéfica un meritísimo oficial de la Benemérita entonces sargento, y al punto reconoció al herido, que desde hacia bastante tiempo habitaba en Córdoba, sin que a nadie hubiese llamado la atención su presencia.

Tratábase de un criminal de larga.y conocida historia; de un ladrón fugado de numerosos presidios y cárceles; de un malhechor cuyo apodo infundía miedo a muchas personas.

El zapatero remendón de la calle de Mucho Trigo era el tristemente célebre Chato de Jaén.

Diciembre, 1920.