Las Veladas De Invierno es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Antiguamente las veladas de Invierno en Córdoba eran muy distintas de las actuales. Había más apego al hogar que hoy y en él se encontraban las distracciones y los pasatiempos que ahora se buscan en cafés, teatros y casinos.
Cuando concluía la cena, toda la familia se trasladaba a la habitación de la estufa, esterada con la primitiva pleita blanca y negra, sentándose alrededor de la camilla, provista de un gran brasero de azófar lleno de ascuas, cubierta con recias bayetas y con un tapete de paño rameado, sobre el cual lanzaba sus débiles rayos la lampara de aceite o el quinqué de petróleo con pantalla pintarrajeada, de papel o cartón.
Cada persona ocupaba su sitio, siempre fijo; la abuela sacaba de la faltriquera un largo rosario de gruesas cuentas de azabache o ébano y comenzaba el rezo pausado, monótono, con un recogimiento y un fervor edificantes.
Terminado el Rosario, cada miembro de la familia se entregaba a un trabajo o a un entretenimiento que le hacia pasar inadvertidas las interminables horas de las noches invernales.
La abuela, con las antiparras sujetas en la punta de la nariz, para poder mirar por encima de ellas, hacía calceta, labor que el sueño le obligaba a interrumpir a cada instante; la madre dormía en sus brazos al pequeñuelo; las mozas no daban paz a la aguja de ganchillo, tejiendo ya el tapete para el velador, ya el velo para la butaca, ya el refajito para la niña, ya las puntillas que habían de adornar la ropa blanca, hoy sustituidas por bordados y encajes; !os muchachos estudiaban sus lecciones o ponían en orden de batalla los soldados de papel o plomo y el padre leía en voz alta las novelas de Fernández y González o Pérez Escrich, adquiridas por entregas, que en ninguna casa faltaban entonces y cuyas intrigas despertaban gran interés entre las gentes sencillas de aquellos tiempos felices.
La vieja, harta de dar cabezadas y deseosa de ahuyentar el sueño, dejaba la calceta en el cesto de finá paja labrada primorosamente; las muchachas abandonaban sus primores; el padre, la lectura; los chiquillos el estudio; la madre depositaba en la cuna al pequeñuelo, ya dormido, después de estamparle un sonoro beso en la frente, y todos se disponían a concluir la velada con algún juego inocente de baraja como la brisca, el burro o la mona.
Las jóvenes procuraban hacer toda clase de fullerías para enrabiar a la abuela y quien se quedaba de burro o con la mona obtenía una ruidosa ovación y era blanco de las bromas de todos los demás.
En las casas que eran frecuentadas por amigos de sus moradores o donde había familias numerosas preferíase a los demás juegos el de la lotería de cartones, porque en él podían tomar parte todos los contertulios.
Los encargados de cantar los números aguzaban el ingenio para aplicar a cada uno de aquellos un nombre adecuado, provocando las protestas y rabietas de las ancianas y los chiquillos que ignoraban las cifras a que correspondían los calificativos de el gancho del trapero, los patitos o las antiparras de Mahoma .
Cada cartón costaba un cuarto y los jugadores favorecidos por la suerte tenían que pagar una pequeña contribución.
El importe de esta se iba reuniendo en una hucha para costear un ágape o una jira campestre.
Los muchachos, cuando obtenían las vacaciones de Pascua de Navidad en sus colegios, dedicaban la velada a hacer casitas de cartón con destino a los nacimientos y otros juguetes análogos.
Tampoco faltaban hombres laboriosos y enemigos de la ociosidad que aprovechaban las noches para tejer redes y confeccionar artefactos de caza y pesca o para realizar otros trabajos de menor cuantía.
Una persona muy conocida, un individuo de esos a quienes se puede aplicar el calificativo de maestro de todas las artes y oficial de ninguna, dedicaba las veladas a fabricar jaulas sobre la mesa estufa de la casa de su novia, y ocurría frecuentemente que al dar un golpe recio para cortar un listón o clavar un alambre volcaba el velón o el quinqué, poniendo a los contertulios en peligro de morir abrasados.
Las familias de las clases más acomodadas se reunían ante la chimenea, donde ardían duros leños de encina, arrellenadas cómodamente en recios sillones de baqueta o grandes butacones bien rehenchidos de lana.
Las señoras mataban el tiempo hablando de todo, pero sin recurrir a la crítica ni a la murmuración, y los caballeros, después de leer La Correspondencia de España , La Iberia o El Globo , organizaban una partida de ajedrez o simplemente se entretenían en apreciar la suerte de cada uno arrojando los dados sobre el tablero de la Oca.
En algunas casas había juegos de ajedrez de gran valor, con figuras de marfil, que resultaban verdaderas obras artísticas.
Al alcance de la mano de los jugadores siempre se hallaba la caja del rapé, caja primorosa de concha, de ébano o de plata, con incrustaciones de nácar y de oro, con figuras talladas y a veces con guarnición de pedrería.
Todas estas reuniones terminaban a las diez, hora a que los contertulios retirábanse a descansar, porque en los tiempos a que nos referimos se trasnochaba menos que ahora y, en cambio, se madrugaba más que hoy.
Solamente los domingos y días festivos prorrogábanse las veladas una hora o dos en casos excepcionales.
En esas noches, las mujeres no se ocupaban en sus labores ni los hombres en la lectura o en la fabricación de redes y jaulas y sustituíanse la brisa, el burro y la mona por los bulliciosos juegos de prendas, predilectos de la juventud.
También se representaba charadas y los contertulios hacían gala de su ingenio y su habilidad componiendo y descifrando enigmas, acertijos y adivinanzas o demostranban [sic] su torpeza devanándose los sesos sin conseguir acertarlos.
Tales eran las antiguas veladas de Invierno en Córdoba, que servían para estrechar los lazos entre las familias y los amigos, sin que jamás surgiesen desavenencias ni disgustos, porque todos sabían hermanar la confianza con el respeto y nadie traspasaba los limites de la prudencia.
Diciembre. 1920.
