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Comerciantes E Industriales Callejeros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Comerciantes E Industriales Callejeros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace cincuenta años había en Córdoba una porción de comerciantes e industriales en pequeña escala, muy humildes, que eran figuras típicas de nuestra ciudad y que ya han desaparecido casi por completo.

Entre ellos figuraba, en primer término, la piconera que instalaba su puesto en la la pública.

Antes de que amaneciera dirigíase a la plaza en que se establecía, acompañada de toda su prole; el hijo mayor llevaba el halda con el picón; otro le ayudaba a conducir, cogida de un asa, la espuerta de grandes dimensiones en que vaciaba el contenido del halda para despacharlo más fácilmente y los pequeñuelos porteaban las medidas de ladera y la silla en que la vendedora descansaba del ajetreo de su ocupación.

Muy temprano empezaban a acudir al puesto las mujeres del pueblo, provistas de canastos viejos y latas de petróleo inservibles, para comprar dos cuartos de picón, cantidad que distribuían entre el hogar de la cocina o el anafe y el brasero en el invierno, a fin de utilizarla en el condimento de la comida y en la calefacción del hogar.

La piconera, antes de medio día, levantaba su puesto, dejando el sello del mismo en el lugar donde lo tuviera, apesar de que lo barría cuidadosamente, y marchaba a su casa con el halda y la espuerta vacías y la faltriquera bien repleta de monedas de cara , de piezas de cuarto y de dos cuartos y hasta de ochavos morunos.

Como las familias de los piconeros eran sumamente trabajadoras, mientras la mujer permanecía al frente de su establecimiento , en plena vía pública, auxiliada por los chiquillos, el marido, con algunos de aquellos, marchaba a la Sierra para hacer la piconá y el abuelo recorría las calles, cargado con un halda, ofreciendo el combustible a domicilio por medio de un pregón largo, triste y monótono, del que sólo se entendía este monosílabo ¡con!.

Otro comerciante modestísimo y no exento de orinalidad era el que se dedicaba a la adquisición de trapos viejos.

Incesantemente recorría las calles de la población acompañado de un borriquillo con unos cofines y sobre ellos unos costales.

Todas las mujeres; lo mismo, las acomodadas que las pobres, ponían especial cuidado en reunir los trapos incervibles [sic] y cuando tenían gran cantidad de ellos cambiábanlos por efectos de loza o de vidrio.

Esta operación resultaba siempre bastante laboriosa, pues difícilmente se ponían de acuerdo el trapero y la mujer respecto al peso de los trapos y a los objetos conque serían pagados.

El modesto comerciante sólo ofrecía, aunque llenase un saco de recortes de tela, un par de platos pintarrajeados, bastísimos, o un vaso de vidrio recio y la mujer siempre quería una vajilla completa o poco menos, pero, al fin, tenía que conformarse con los platos o, cuando más, con una fuente para la ensalada.

Los chiquillos, cuando descubrían el depósito de los trapos inservibles, se apoderaban de ellos pera cambiarlos también, pero no por loza basta, sino por diminutas cazuelas y pucheritos de juguete o por un puñado de algarrobas.

Constantemente nos aturdía los oídos con largos pregones la quincallera o quinquillera , como ella se denominaba, mujer a la que se podía aplicar el calificativo de tienda ambulante de múltiples y variados efectos.

En dos grandes cestas, una enganchada a cada brazo, llevaba rollos de cinta, paquetes de encaje, ovillos de hilo y algodón, madejas de seda, cajas de perfumería, tijeras, dedales, espejos, alfileres, horquillas, agujas y una infinidad de baratijas de todas clases.

En aquellos tiempos en que no había más tienda en que se vendiera tales artículos que la Fábrica de Cristal, todas las mujeres aguardaban impacientes a que pasara ante sus casas la quinquillera , para comprarle ya la tira bordada conque habían de adornar las enagüitas del niño, ya la madeja de algodón para hacer calceta, ya las peinetas que luciría la moza entre el pelo en la velada del barrio o en la jira campestre.

La quincallera podía ser considerada como una derivación de la ditera, que recorría pueblos y cortijos surtiendo a sus habitantes de muchos indispensdbles objetos y que también se halla a punto de desaparecer.

A la entrada del Otoño y siempre que se iniciaba un periodo de lluvias, aparecía en nuestras calles el paragüero, que no se dedicaba a vender paraguas, sino a componerlos, y con su industria prestaba un excelente servicio.

En la época a que nos referimos los paraguas, como las capas y otras prendas, eran casi eternos; pasaban de padres a hijos y de una generación a otra, y cuando se rompían no se abandonaban en el rincón de los trastos viejos, sino se llamaba al paragüero para que los compusiera.

Y aquel modesto industrial les sustituía el casco deteriorado o la ballena tronchada; les arreglaba los cubillos de latón del varillaje; les reforzaba con una coronilla la unión de los cascos; afianzábales el puño de cuerno y dejaba como nuevo el viejísimo paraguas, aquel paraguas genuinamente. cordobés, de gran tamaño, con tela de riquísima seda encarnada, recio, pesado, que hoy sólo se conserva en las sacristías de algunos templos para resguardar de la lluvia al sacerdote cuando conduce a Su Divina Majestad.

En la época en que los objetos de porcelana y de zinc no habían sustituido a los de pedernal, entre la legión de modestos industriales figuraba otro que ya no existe en nuestra capital: el lañador.

Provisto de las herramientas de su oficio, que llevaba encerradas en un saco, daba vueltas diariamente a la ciudad y sus alrededores, aturdiendo los oídos del vecindario con un pregón inacabable.

Y aquí le llamaban para que pusiese unas lañas al lebrillo de lavar que se había partido; allí para que compusiese la tinaja de las aceitunas; en esta almona para que remendase el jarro del vinagre; en aquella taberna para que arreglase la vasera, ese pintarrajeado barreño de forma rara que hoy buscan con interés los aficionados a las antigüedades.

El lañador, a la vez que a la industria de componer cacharros, dedicábase a confeccionar multitud de objetos de alambre, como parrillas, guinderos, trampas para coger pájaros y ratoneras y con los productos de ambas industrias vivía y bebía modestamente, siempre conforme con su destino, siempre alegre y dicharachero.

Con frecuencia encontrábamos en las calles una mujer que, haciendo prodigios de equilibrio, llevaba sobre la cabeza una olla de gran tamaño o una orza de pequeñas dimensiones, coronada por un plato y una taza; esa mujer era la vendedora de caracoles guisados.

Por la mañana, a la hora del almuerzo, no había obra en que no la llamaran los albañiles para comprarle dos cuartos de caracoles, cantidad por la que llenaba dos veces la taza, que era su medida.

En los barrios populares la caracolera hacia un gran negocio y pronto apuraba las existencias de la caldera que había preparado durante la tarde anterior.

Los días de feria no nos despertaba el original pregón ¡ caracul !; en esos días la vendedora instalaba su puesto en el mercado, donde se hallaba constantemente favorecido por una parroquia tan numerosa como pintoresca y abigarrada, compuesta de chalanes, gitanas canasteras, campesinos y forasteros de la clase pobre.

Tan típico como los anteriores, era el vendedor ambulante de aceite y petróleo.

Cargado con dos enormes alcuzones de hojalata, uno en cada mano, llevando pendientes de las asas de aquellos las medidas y unos trapos mugrientos para limpiarlas, no cesaba de trotar por la población para ganarse con su comercio honradamente la vida.

Siempre era mayor la venta del petróleo que la del aceite, porque las mujeres preferían comprar este en las almonas, donde se lo despachaban mejor.

En cambio rara era la casa en la que, al atardecer, no llamaban al aceitero para adquirir el petróleo, o el gas como lo denominaba el vulgo, con destino al quinqué, a la lámpara o al reverbero, sistemas de alumbrado que sustituyeron a los velones y a los primitivos candiles.

Nuestra incomparable Sierra proporcionaba a muchos infelices, generalmente ancianos, los elementos para dedicarse a un comercio conque poder ayudar a sostener la casa de sus hijos.

Ahi está, como demostración, el recuerdo de los viejecitos que solíamos encontrar en nuestro camino con el haz de yerbas medicinales a la espalda o con el canastillo de vareta lleno de piñas, de moras o de madroños.

Y no terminaremos esta ya larga evocación de lo que pudiéramos llamar figuras típicas de las antiguas calles cordobesas, sin recordar una muy simpática que sólo aparecía en una época determinada del año, al aproximarse el Otoño: la vendedora de membrillos.

Con una cesta llena de su mercancía, cubierta con un blanco lienzo y apoyada en la cintura, formaba parte de la legión de comerciantes industriales ambulantes y con sus pregones mezclaba el de los membrillos cocíos.

Este era algo así como el anuncio de la estación melancólica y triste en que los árboles pierden sus vestiduras y el viento preludia una elegía entre las hojas secas.

Abril, 1921.