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Las Mañanas De Abril (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Las Mañanas De Abril es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Aunque un refrán dice que “las mañanas de Abril son sabrosas de dormir”, este adagio no podía aplicarse a los cordobeses, y especialmente a las cordobesas, de los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX.

En aquellos tiempos, mucho mejores que los actuales, no se trasnochaba; la gente de buenas costumbres decía "a las diez dejad la calle para quien es”, y apenas escuchaba el toque de Animas se recluía en sus hogares, entregándose al descanso.

Por este motivo abandonaba el lecho al amanecer y, durante la Primavera, salía a respirar las auras matinales en los jardines y paseos.

En estas alegres mañanas de Abril, las madres despertaban a sus pequeñuelos mucho más temprano que de costumbre, obligándoles a levantarse, somnolientos y mal humorados, para lavarles y vestirles con la ropa de los días de fiesta; las muchachas colocábanse, con júbilo, las galas propias de la estación, encargadas de sustituir a la antipática indumentaria del Invierno, envolviéndose en faldas ligeras y de tonos claros, velando el busto con blusas llenas dé puntillas y encajes.

Cuando todos habían concluido su tocado marchaba la familia, en correcta formación, al paseo matutino.

Delante iba la turba infantil; las niñas provistas de los cordeles para saltar y los niños de los aros para correr rodándolos, tras ellos; a continuación las jóvenes, entregadas a interminable y amena charla y detrás los padres, muy satisfechos, muy ufanos, recreándose en su prole.

Por el recién construido paseo del Gran Capitán y la carrera de los Tejares dirigíanse al Campo de la Victoria, haciendo estación en las inmediaciones de la Puerta de Gallegos para beber un vaso de leche de vaca en el puesto de Lubián.

Este, que fué el primero de su clase establecido en nuestra capital, se puso de moda y eran muy escasas las personas que, yendo al citado paraje, no lo visitaban.

Allí, bajo el amplio toldo de lona, se improvisaban animadas tertulias y los jóvenes aprovechaban la charla de las personas mayores para decirse cuatro ternezas.

Entre tanto, las hijas del dueño del puesto, unas mozas guapas y arrogantes, iban de un lado para otro, para servir a los parroquianos, sin saber donde acudir, llevando en bandejas, grandes y limpios vasos llenos de leche recién ordeñada, pura y espumosa.

Después de haber descansado un rato en el típico puesto de Lubián, los madrugadores continuaban su paseo y mientras la gente menuda saltaba y corría en el salón de los jardines altos, las muchachas recorrían estos admirando la belleza de sus innumerables flores, de su poético cenador cubierto de enredaderas y campánulas con la fuente rumorosa en el centro, o sentadas en el poyo que limitaba tales jardines por su parte posterior, entreteníanse viendo a los quintos aprender la instrucción en la Hoyada.

El viejo y popular jardinero mayor, Corrales, solía obsequiar a las mozas con lindos capullos de rosas de olor, que aquellas se prendían cuidadosamente en el pecho o en la cabeza.

Los paseantes, desde los jardines altos, trasladábanse a los de la Agricultura y algunos, desde allí, a los pasos a nivel próximos, para ver circular los trenes, que entonces constituían una novedad.

Bastantes familias, antes de volver a sus casas cuando el sol picaba demasiado , según la frase corriente, iban a la plaza de San Salvador, llena de enormes cestas de mimbre con flores, frutas y hortalizas, para adquirir un manojo de capullos de rosas o unas varas de alelíes dobles que perfumasen la imagen del Cristo o de la Virgen colocada sobre la cómoda o en la urna de primorosos tallados.

Los domingos y días festivos, al regresar del paseo matinal, casi todas las personas entraban en las iglesias próximas para oir Misa.

Las mujeres cubrían su cabeza, cuidadosamente peinada y libre, en aquella época, del antiestético sombrero, con el velo o el pañuelo de seda que llevaban, a prevención, en el bolsillo, antes de traspasar los umbrales de la Casa de Dios.

Los fieles llenaban el templo de la Trinidad, donde el señor Jerez y Caballero celebraba muy temprano el Santo Sacrificio; el de San Nicolás de la Villa, en el que su rector señor Osuna solía pronunciar una plática recordando invariablemente en ella que los revolucionarios le pasearon, amarrado como a Jesucristo, por las calles de Córdoba, y la colegiata de San Hipólito, en la que su capellán, el viejo Padre Martos, fraile exclaustrado, también decía la Misa en las primeras horas de la mañana.

Las, familias que, desde el paseo de la Victoria y los jardines de la Agricultura iban a la plaza de San Salvador para comprar flores, cumplían el tercer precepto del Decálogo en la antigua iglesia del convento de San Pablo, en donde el simpático y popular Padre Cordobita efectuaba la ceremonia representativa del incruento sacrificio del Hijo de Dios, interrumpiéndola, de vez en cuando, para amonestar a las viejas charlatanas y a las madres que llevaban hijos pequeños, traviesos y llorones.

Tales eran las mañanas de Abril en nuestra ciudad durante los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX; cuando la gente no trasnochaba tanto como ahora y, en su consecuencia, podía levantarse temprano para aspirar las auras matutinas cargadas de perfumes en esos hermosos días primaverales.

Abril, 1921.