Las Cruces es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Cuántos recuerdos evocan en nuestra mente, qué de poéticas tradiciones y leyendas traen a la memoria las cruces que vemos diseminadas en nuestra población, las que dieron nombre a calles y plazas y las de que nos habla la historia en relatos siempre interesantes!
La antigua costumbre de colocar una cruz en todos los lugares en que ocurría una desgracia o se cometía un crimen que costaba la vida a una persona, era causa de que los campos y la ciudad estuviesen llenos de cruces de hierro y de madera, ante las cuales se descubría el transeunte y elevaba al Cielo una oración fervorosa.
En lo más intrincado de Sierra Morena, en la fatídica Cuesta de la Traición, las cruces abundaban casi tanto como las amapolas y alrededor de todas aquellas, veíase un montón de piedrecitas, que podían ser consideradas como cuentas de rosario, pues cada una representaba un Padrenuestro rezado allí por un creyente.
Es fama que los audaces bandoleros que, a fines de la primera mitad del siglo XIX sembraban el terror entre los caminantes; no pasaban ante una de las indicadas cruces, sin detenerse a orar devotamente, tal vez por el alma de algún infeliz que murió a sus propias manos.
Casi todas las cruces que conmemoraban tristes sucesos, tanto en el campo como en la ciudad, desaparecieron en el último tercio del siglo mencionado, quedando solamente, como recuerdo de ellas, en el interior de la población, una en el muro lateral derecho del convento de Santa Ana, otra en la esquina de las calles Librería y Espartería y otra en el Arco alto de la plaza de la Corredera.
Entre las cruces que tienen su origen en un hecho histórico, en una tradición o en una leyenda, merece especial mención la Cruz del Rastro, de la que sólo se conserva el nombre en el lugar donde estuvo.
Como nadie ignora, fué colocada, en el año 1473, por la hermandad de la Santa Caridad, en la terminación de la calle de la Feria, con motivo de los sangrientos disturbios originados por un acto sacrílego, que se atribuyó a los judíos, cometido al pasar procesionalmente una imagen de la Virgen por la calle de la Pescadería, hoy del Cardenal González.
Fue la primitiva una cruz de hierro, de dos metros de altura; en el año 1814 se la sustituyó por otra más pequeña y en 1852 desapareció, al ser, reformado el paraje en que se encontraba.
Fuera de la capital había, y aún se conservan, otras cruces que pudiéramos llamar históricas, como la levantada en el sitio denominado el Marrubial, para conmemorar la aparición de los Santos Mártires al Padre Roelas, la de fray Luis de Granada, próxima al monasterio de Santo Domingo y la Cruz de Juárez.
Había, por último, otras cruces en lugares públicos, erigidas únicamente para rendir un tributo al símbolo de nuestra sacrosanta Religión.
Levantábase una de estas, que también desapareció hace ya muchos años, en la plazuela de Dona Engracia, conocida entonces por plaza de las Moreras, del Horno de Maqueda y también de la Cruz.
Había otra, que ha sido respetada por la piqueta demoledora de los tiempos modernos, en el típico barrio de la Merced, en la plaza llamada por unos de la Malmuerta, por otros de Moreno y por no pocos de la Cruz.
Y, por último, erguíase otra, que asimismo ha llegado hasta nosotros, en el Campo de la Verdad.
El vecindario de los barrios del antiguo Matadero y del Espíritu Santo celebraba con gran júbilo, el 3 de Mayo, la fiesta de la Cruz.
En ese día, las cruces que hay en la plaza de Moreno y delante de la iglesia de San José, aparecían cubiertas de flores y de yerbas olorosas; las fachadas de las casas próximas tapizadas de monte y el suelo alfombrado de mastranzos y juncias.
Balcones y ventanas lucían vistosas colgaduras, formadas con ricos mantones de Manila y colchas de vivos colores.
Los habitantes de dichos barrios poníanse los trapitos de cristianar ; las carniceras y chindas del Matadero las faldas policromas llenas de volantes, los pañolones bordados y los enormes zarcillos que les descansaban en los hombros; los toreros y matarifes sus trajes cortos, las chaquetillas de terciopelo con caireles y las camisas de pecheras encañonadas; los labriegos del Campo de la Verdad sus ropas de burdo paño negro, las botas de color con casquillos charolados y el flamante sombrero cordobés.
Por la mañana y por la tarde se congregaban en los alrededores de la cruz de su barrio, entregándose allí a las espansiones [sic] populares, bailes y juegos, sin que jamás un suceso desagradable turbase la alegría de la fiesta.
La costumbre, antiguamente muy generalizada, de instalar altares en los portales de las casas, el 3 de Mayo, y de que las mozas asediasen a los transeuntes pidiéndoles un chavito para la cruz , nunca se implantó en nuestra ciudad, sin que, por esto, los cordobeses dejasen de festejar la Cruz de Mayo.
En casi todas las casas de vecinos y en las de muchas familias de buena posición, se improvisaban altares muy bellos, para cuyo adorno todas las mujeres aportaban lo mejor que tenían en sus habitaciones; esta los fanales con las imágenes de San Juan o del Niño Jesús; aquella los candelabros de bronce; estotra la colcha de Damasco y el finísimo mantel; esotra los largos zarcillos cuajados de esmeraldas que había de lucir la cruz pendientes de sus brazos.
En ese día el patio, siempre con honores de huerto, quedaba sin macetas, sin flores, sin su alfombra de manzanilla, porque todo esto constituía los elementos esenciales de la ornamentación del altar.
Por él desfilaban todos los mozos y las mozas del barrio que, después de deshacerse en elogios a los autores de la obra, quienes los oían con legítimo orgullo, despedíanse invariablemente con la frase: salud para ponerlo otro año.
En las calles, el 3 de Mayo, se encargaban de recordarnos la fiesta del día grupos de chiquillos portadores de cruces de caña; cubiertas de manzanilla y amapolas, que rodeaban a los transeuntes para pedirles dinero, y los hijos de Galicia dedicados a mozos de cuerda, quienes recorrían la población, llevando también en triunfo una cruz e interrumpiendo el silencio característico de la vieja ciudad moruna con el alegre repiqueteo de las castañuelas, el monótono son del tamboril y las notas melancólicas y tristes de la gaita.
Mayo, 1921.
