Ehipnotizadores Y Adivinadores Del Pensamiento es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace ya muchos años, los periódicos locales anunciaron un espectáculo sensacional, un acontecimiento nunca visto en Córdoba: la presentación en el Teatro Principal del famoso adivinador Gúmberland [sic], que realizaba experimentos maraviilosos, con los cuales traía revuelto a medio mundo.
Todas las noches en que trabajaba aquel mago moderno numerosísimo público invadía el precioso coliseo de la calle de Ambrosio de Morales, ávido de admirar el inexplicable y novísimo trabajo del artista.
Cúmberland, según él decia, realizaba la autosugestión en la escena y, con los ojos vendados, ora reproducia en una pizarra los guarismos que hubiera escrito un espectador en un papel, ora sumaba la diversas cantidades también escritas por el público, ya leía el contenido de una carta encerrada en un sobre que le colocaban sobre la cabeza, ya decia el día de la semana que correspondió a una fecha determinada de cualquiera mes de los diez últimos años.
Dichas experiencias y otras por este orden causaban la estupefacción general y en las casas, en los paseos, en los casinos, donde quiera que se reunía media docena de personas sólo se hablaba de los milagros de Cúmberland, conviniendo todos, hombres ignorantes y de ciencia, en que era un ser extraordinario.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad; tratábase simplemente de un ingenioso artista que por medio de claves, de bien estudiadas combinaciones, de trucos desconocidos hasta entonces, lograba pasar por adivinador del pensamiento.
Su autosugestión era supuesta; la venda que le cubría los ojos servíale, no precisaminte para impedirle ver, sino para que los espectadores no vieran dónde dirigía el la mirada por los huecos que, debajo de los ojos, le quedaban entre dicha venda y la nariz.
Enestas condiciones y, merced a la intervención de algunos secretarios listos, podía efectuar verdaderas maravillas.
Explicaremos algunas:
¿Tratabase de adivinar las cifras o la suma de varias cantidades escritas en un papel por las personas que lo deseaban?. Pues bien; uno de los ayudantes de Cúmberland, enterado de aquellas, entregábale un pedazo de tiza y luego podase en comunicación mental con él, según afirmaba; transmitiéndole los guarismos o el resultado de la suma que Cúmberland transcribía, fielmente y sin vacilaciones, en la pizaira
Ahora bien; la comugicación entre ambos no era mental; en el trozo de tiza que entregaba al adivino su ayudante iba escrito con lápiz lo que aquél había de reproducir en el encerado y que veía perfectamente por los huecos formados entre la venda y la nariz.
Para leer el contenido de una carta que, en sobrre cerrado, le colocaban encima de la cabeza, la trampa resultaba todavia más ingeniosa.
Un secretario presentaba al espectador que quería comprobar la certeza del experimelito, una carpeta con un pliego de papel, un sobre y un lápiz bastante duro.
El espectador escribía lo que se le antojaba en el papel, con el lápiz y sobre la carpeta, encerraba el pliego en el sobre quedándose con él y el ayudante recogía la carpeta y el lápiz.
La cnbierta de aquella era un papel, de los llamados de pasar, y debajo había otro en el que quedaba calcado el contenido de la carta.
Entre bastidores, Cúmberland rompia dicha cubierta, se enteraba de lo escrito en el papel que tenía debajo e inmediatamente salía para efectuar la adivinación.
El propio autor de la carta colocábala sobre la cabeza del adivino y éste, a los pocos momentos, decía el texto del documento, sin omitir punto ni coma.
Para determinar el día de la semana a que conespondía cualquier fecha, entregaba al público varios almanaques de diversos años; entre bastidores tenia él otros análogos, pera no en forma de libro como los que daba, sino conteniendo en un cuadro los doce meses. Preguntaba cualquier persona de las que tenían en su poder los calendarios repartidos, por ejemplo, qué dia fué el 30 de Marzo de 1860; los auxitiares de Cúmberland lo veian rápidamente en el almana que enforma de cuadro correspondiente a aquel año y, por medio de una seña, se lo indicaban al artista, situado en el centro de la escena, quien contestaba a la pregunta con gran seguridad, produciendo el asombro de los concurrentes.
Cúmberland logró lo que muy pocos artistas consiguen; enriquecerse, y abandonó su profesión de adivinador para disfrutar tranquilamente del capital reunido.
Entonces escribió y publicó unas interesantes memorias de su vida pintoresca.
En ellas contaba cómo se dió a conocer al público; llegó a Roma para trabajar en un teatro y antes de presentarse en este, ánunció en toda la Prensa que realizaría un experimento sensacional. Un día determinado, a una hora tambien prefijada, entregaria en la fonda donde se hospedaba una sortija a la persona que quisiera hacerse caago de ella, con, el objeto de que la enterrara en cualquier calle o plaza de la ciudad y, después de esta operación, él saldría del hotel con los ojos vendados, y se dirigiría, sin vacilaciones, a pesar de no conocer la población, al lugar én que estaba la sortija, desenterrándola.
En su anuncio invitaba a las autoridades y a todo el vecindario de Roma para que le acompañase.
Llegó el día fijado y un inmenso gentío agolpóse en los alrededores de la residencia de Cúmberland; éste entregó la sortija a una autoridad que se brindó a ocultarla e innumerables personas siguieran al portador de la alhaja hasta el sitio, muy distante, en que se le antojó esconderla.
Y desde allí, hasta el hotel, el público formó un cordón que, según el adivinador declaraba en sus memorias, guióle inconscientemente hasta el mismo punto en que se hallaba la sortija debajo de unas piedras.
Los periódicos de todo el mundo comentaron el prodigio y Cúmberland, desde aquel momento, fué considerado un ser sobrenatural; algo asf como un semi-dios.
Muchos años después, en todas las esquinas de nuestras calles aparecieron unos enormes cartelones en los que un hombre de faz siniestra apuñalaba a una mujer. Eran los anuncios del hipnotizador y adivinador del pensamiento Enrique Onofroff, entre cuyas incomprensibles experiencias figuraba el descubrimiento de un crimen representado en la llarnativa lámina de los carteles.
Onofroff trabajó en el Gran Teatro y su trabajo, como antes el de Cúmberland, fue objeto de todas las conversaciones, de comentarios variadísimos, de discusiones sin cuento, algunas muy apasionadas, donde quiera que se reunían varias personas.
Aquel hombre hipnotizaba con facilidad pasmosa a cuantos espectadores subían al escenario; los sugestionaba, los sometía a su voluntad; convertíalos en autómatas que realizaban los actos y las escenas más grotescos para mantener en hilaridad constante a los espectadores.
Despuçes Enrique Onofroff invitaba a a los concurrentes para que simulasen un crimen y, consumado éste, él, previa la autosugestión, según decía, y con los ojos vendados, indicaba a las pasonas que habían actuado de criminal y de víctima y apoderábase del arma conque se realizó el asesinato por muy oculta que estuviese, entre la estupefacción de la concurrencia.
Pues bien: todos estos experimentos eran análogos a los de Cúmberland.
Onofroff no tenía ni las más ligeras nociones de la ciencia hipnótica; así ensus originales explicaciones confundía lastimosamente el hipnotismo con el magnetismo y hasta con el espiritismo. Los sujetos con quienes operaba, dos o tres muchachos que el traía y varios limpiabotas, pinches de cocina y gente aniloga buscada en laspoblaciones que visitaba, limitábanse a representar una farsa, una verdadera pantomima, ensayada con perfección, a cambío de mezquinas retribuciones.
Y el adivinador descubría el crimen por un procedimiento muy semejante al que empleó Cúmberland para hallar la sortija. Todo el público, sin darse cuenta, fijaba sus miradas en las personas que hablan actuado de asesino y de víctima y en el lugar en que estaba el arma y así, inconscientemente, guiaban al artista que, por debajo de la venda conque cubriera sus ojos, observaba dónde tenían puesta la vista los espectadores.
En una población de España el famoso hipnotizador sufrió un gran fracaso; uno de los muchachos que le acompañaban y servían para sus experimentos cometió una falta o un delito de poca importancia y lo encarcelaron; su amo no quiso hacer gestiones para que lo libertaran y el chico, en venganza, envió una carta al periódico el Heraldo de Madrid , en la que descubría toda la farsa de las escenas de hipnotismo, contando detalles muy curiosos, incluso los sueldos que percibían los auxiliares del fascinador, diferentes según los trabajos que habían de efectuar.
Los que masticaban los pedazos de vela, cómo si se tratase de exquisitos dulces, eran los que recibían mayor salario.
El Heraldo de Madrid publicó la carta a dos columnas con el sugestivo título de “Los milagros de Onofroff” y éste abandonó nuestro país para buscarse la vida en otras naciones.
Como los auxiliares del hipnotizador, limpiabotas y pinches de cocina, no eran la gente más apropósito para guardar secretos, propalaban las trampas de los milagros de aquel y pronto hubo una legión de adivinadores y sugestionadores de guardarropía.
En Córdoba algunos llegaron, no a igualarle sino a superarle en habilidad, produciendo la admiración de los concurrentes a reuniones y tertulias íntimas.
Muchos prestidigitadores y charlatanes dedicáronse a explotar la nueva profesión y algunos utilizaron nuevas claves y combinaciones en sus experimentos, para que tuvieran originalidad.
Durante una larga temporada trabajó en el cafe del Gran Capitán un francés que también se apellidaba Onofroff y, según decía, era hermano de Enrique.
El nuevo fascinador y sugestionador no utilizaba los servicios de golfos y truhanes; acompañábale solamente una mujer, a la que simulaba hipnotizar para que, con los ojos vendados y vuelta de espaldas al público, adivinase los objetos que éste mostraba al nuevo Onofroff.
¡Sonámbula! gritaba el hipnotizador al comenzar las experiencias; zi, zeñó respondía ella con un ceceo andaluz que producía un raro contraste con la jerga franco-española de su compañero, y acto seguido el sugestionador comenzaba a pedir objetos a los espestadores para que la sonámbula manifestase el nombre de cada uno de ellos.
¿Pregunta el lector cómo lo sabia sin verlos? Muy fácilmente: el modesto artista de café se los decía valiéndose de una clave de palabras, bastante imperfecta, a juzgar por la excesiva charla que precedia a la adivinación y por las vacilaciones y equivocaciones de la sonámbula.
Recordamos que una noche, un espectador mostró a Onofroff una pequeña imagen de una virgen y, como acaso fuera la primer vez que le presentaban para una de sus experiencias tal objeto, no pudo conseguir, a pesar de haber estado hablando cerca de media hora que la adivina compusiera la palabra Virgen, con los signos de la clave.
Estos trabajos, no obstante su inocencia y sencillez, producían la admiración de gran parte del público que los consideraba prodigios de la ciencia o verdaderos milagros.
Como pruéba de la credulidad de la gente recordaremos un caso curioso. Una pobre mujer, vecina de un pueblo de esta provincia que hacia varios meses ignoraba el paradero de su marido, efectuó un viaje a Córdoba con el exclusivo objeto de que se lo revelase la sonámbula.
Y una noche, en pleno Calé del Gran Capitán la adivinadora devolvió la tranquilidad a la esposa atribulada, asegurándole que su marido estaba en Sevilla, dedicado a negocios muy importantes.
Algunos meses después descubríase el cadáver del hombre aludido al efectuarse las escavaciones en el fatídico Huerto del Francés.
El primitivo, el auténtico Onofroff, volvió a España hace tiempo y, como recordarán los lectores, visitó nuevamente nuestra capital.
Ya no efectuaba las experiencias de autosugestión, ni el maravilloso descubrimiento del crimen que le dieran renombre; con la edad había perdido la vista de lince en que estribaba todo el secreto de tales trabajos.
Por esta causa tenia que limitarse a la presentación de las escenas grotescas con los muchachos a quienes simulaba hipnotizar.
Pero como este espectáculo está demasiado visto y casi todo el mundo sabe que se trata de una pantomima, el viejo hipnotizador sufrió más de un fracaso y nuevamente tuvo que emigrar a paises donde aun se conserve la inocencia y credulidad de nuestros abuelos.
Septiembre, 1920.
