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Los Banquetes (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Los Banquetes es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Costumbre inmemorial es en España, y creo que en todos los países civilizados, la de celebrar con banquetes desde el acontecimiento más transcendental hasta el suceso más corriente y sencillo.

A esta costumbre nunca se sustrajo Córdoba y, por tanto, sería interminable sólo la enumeración de los banquetes ofrecidos a políticos, hombres de ciencia, literatos, artistas, autoridades, militares, funcionarios de todas clases y toreros, para festejar sus diversos triunfos, ya en unas elecciones, ya en el foro, en el libro, en el lienzo, en unas oposiciones, en la solución de un arduo problema, o en cualquiera de las múltiples manifestaciones del talento, de la inspiración, de la constancia, de la honradez, de la laboriosidad, del valor o de la suerte de los individuos.

Un escritor del agudo ingenio, de la sal ática y de la vastísima cultura del insigne Doctor Thebussen encontraría, de seguro, en los datos de muchos de los banquetes verificados en Córdoba, un arsenal riquísimo para confeccionar varios articulos interesantes como todos los del ilustre Cartero mayor honorario de España , tan competente en asuntos filatélicos y postales como culinarios.

Empezaré por tratar de las comidas que pudieran llamarse literarias, pues en otros tiempos eran las más frecuentes y simpáticas de cuantas verificábanse en nuestra ciudad.

Un poeta de agudo ingenio, don José Jover y Paroldo, marqués de Jover, imitando el ejemplo del conde de Cheste, obsequiaba todos los años con un banquete, la Nochebuena, a los literatos de Córdoba, que en aquellos tiempos, hace más de cincuenta años, eran muchos y muy notables.

Invitábales en un soneto y le habían de contestar, aceptando la invitación, en otro soneto escrito con pie forzado. Este consistía en las palabras finales de los catorce versos del del marqués de Jover.

Además del repetido soneto todos los comensales tenían la obligación de escribir, para leerla de sobremesa una composición alusiva al acto.

A la suntuosa morada de Pepe Jover, como cariñosamente le llamaban sus amigos, acudían el 24 de Diciembre Fernández Ruano, Pavón, Grilo, Ramírez de Arellano, Eguilaz, Martel, el barón de Fuente de Quinto, García Lovera, Jover y Sanz, Maraver y otros muchos escritores distinguidísimos, que pasaban unas cuantas horas envidiables, pues allí, a los más exquisitos manjares, se unían los frutos mejor sazonados de la inspiración.

Aquellas cenas fueron memorables entre los literatos cordobeses.

Un fecundo poeta comprovinciano nuestro, el que más premios obtuvo durante su época, en certámenes y juegos florales, don Antonio Alcalde Valladares, nos visitó después de una ausencia de muchos años, y sus amigos y compañeros obsequiáronle con un banquete en el jardín del restaurant de la Estación Central de los ferrocarriles.

Huelga decir que el acto resultó una velada literaria animadísima, la cual sirvió de despedida al poeta, pues no volvió a pisar nuestro suelo.

Hace treinta años los periodistas cordobeses, entonces mucho más numerosos que ahora, celebraban todos los meses un banquete, en el restaurant Suizo, que servía para estrechar los lazos que deben unir a quienes se consagran a una misma profesión y en algunos de esos actos surgieron ideas e iniciativas muy plausibles.

El más brillante fué el de despedida del gran maestro de periodistas don Juan Menéndez Pidal, cuando cesó en su cargo de director de La Lealtad .

De los concurrentes a tal acto sólo queda el autor de estas líneas.

Cuando el Ayuntamiento nombró cronista de Córdoba a don Francisco de Borja Pavón, literatos y periodistas celebraron este nombramiento justísimo obsequiando con un banquete al sabio polígrafo, quien deleitó a los comensales con la lectura de un romance de sabor clásico, lleno de gracia y donosura en el que, a la vez que consignaba su gratitud par el homenaje, hacía sabrosos comentarios sobre la monomanía del banqueteo.

Otra comida notable por la calidad de la persona festejada y de las que acudieron a rendirle este tributo fué la que el Ateneo organizó en honor del inmortal poeta Zorrilla cuando se detuvo en nuestra ciudad después de haber sido coronado en Granada. Celebróse en el Hotel Suizo.

Una de las últimas veces que estuvo en esta ciudad el inimitable cantor de las costumbres andaluzas, Salvador Rueda, el original Club Mahometano le obsequió con una gira a las Ermitas, en burro, aprovechando el fresco de una tarde del mes de Agosto y, al regreso, con un banquete en el jardín del restaurant de la Estación Central de los ferrocarriles.

En aquel memorable acta uno de los socios más significados del Club antedicho, Miguel Algaba, leyó un soberbio poema filosófico modernista, en sesenta y dos cantos, un prólogo y un epílogo, titulado El hemisferio , que produjo el asombro de Salvador Rueda y de todos los comensales.

Y un ingenioso y mordaz periodista, José Navarro Prieto, envió para que sirvieran de postre unas cuantas arropías de las llamadas de clavo que como saben nuestros lectores, constituyen una de las especialidades de la industria cordobesa.

Pudiera completarse esta relación de “banquetes literarios” con los dedicados a las ilustres personas que, en diversas ocasiones, vinieron a actuar de mantenedores en los juegos florales.

También más de una vez han sido objeto de estos agasajos distinguidos artistas para festejar sus triunfos o como protesta contra injusticias cometidas con ellos.

Citaré únicamente los ofrecidos al gran pintor Julio Romero de Torres, uno de los cuales, verificado en el Teatro Circo del Gran Capitán, por su carácter popular y el número de los concurrentes fué una hermosa manifestación de simpatía y de cariño.

Aquí, como en todas partes, se ha prodigado de tal modo los banquetes políticos que su enumeración escueta, omitiendo toda clase de detalles, ocuparía varias columnas de un periódico.

Citaré, pues, solamente, los que tuvieron más resonancia por la alta significación de las personas en cuyo honor se celebraron y por el extraordinario número de comensales.

En la huerta de Segoviá celebróse uno dedicado a don Antonio Cánovas del Castillo. Estaba reciente la disidencia de don Francisco Romero Robledo y el anuncio de que Cánovas haría en aquel acto importantes declaraciones relacionadas con tal incidente trajo a muchos políticos y periodistas de Madrid y de Andalucía y a casi todos los conservadores de la provincia de Córdoba. Con Cánovas del Castillo vino don Raimundo Fernández Villaverde.

El número de comensales pasó de mil setecientos.

Como consecuencia de este acto ocurrió un lance cómico, que ya describí en otra ocasión.

Los liberales de esta provincia obsequiaron al marqués de la Vega de Armijo con un suntuoso banquete en el Gran Teatro.

Dicho coliseo presentaba un golpe, de vista brillantísimo. En el patio de butacas se instaló un entarimado para que estuviese al mismo nivel del escenario y en éste y en aquél colocóse innumerables mesas.

La sala lucía una iluminación fantástica y el vestíbulo, los palcos y plateas estaban artísticamente exornados con plantas y guirnaldas de flores.

Los comensales pasaron de mil, figurando entre ellos gran número de forasteros.

Los correligionarios del malogrado hombre público don José Canalejas le dedicaron una banquete en la huerta de Hajá [sic] Maimón, que también fué uno de los más, concurridos e importantes verificados en nuestra capital.

Cuando vino don José Sánchez Guerra, siendo ministro de Fomento, a inaugurar las obras del pantano del Guadalmeltato, obsequiósele, en el Gran Teatro, con otro banquete, análogo, por la suntuosidad de que estuvo revestido, al que se celebró en el mismo coliseo en honor del marqués de la Vega de Armijo, mencionado anteriormente.

En estos actos, a los que por deberes políticos, asisten personas de pueblos humildes, que sólo están acostumbradas a comer en la modesta mesa de su hogar, sin atender a reglas de etiqueta ni cortesía, ocurren casos curiosos que provocan la hilaridad de quien los observa.

Celebrábase en el Hotel Suizo un banquete en honor de un cordobés ilustre, al que asistían bastantes forasteros.

Un comensal desconocido para la mayoría de los concurrentes situóse en un extremo de una de las mesas, próximo al torno por donde se entregaban los platos.

Se le acercó un camarero para ofrecerle la sopa y el forastero dijo con mucha gravedad: paso. Presentáronle después el frito y pronunció la misma palabra. Siguió el desfile de manjares y todos fueron rechazados por el desconocido.

¡Pobre hombre! pensaban algunos, debe estar enfermo, no puede comer y, sin embargo, los compromisos de la política le han obligado a gastar en un viaje y en un cubierto para ver cómo se atracan unos cuantos Heliogábalos, mientras él tiene que permanecer a dieta.

Llegaba a su final la comida; sólo faltaban un plato fuerte, la ensalada con el insustituible pollo petrificado y los postres.

Los camareros presentáronse con grandes fuentes en cada una de las cuales aparecía un hermoso y bien condimentado solomillo.

Un rayo de alegría iluminó el rostro, antes taciturno, del supuesto enfermo.

Al acercársele uno de los sirvientes, casi seguro de que también rechazaría aquel manjar, nuestro hombre le dijo en tono imperativo: deje usted aquí la bandeja que este solomillo es solo para mí.

El camarero hizo un gesto de extrañeza y al observarlo el comensal exclamó airado: ¿acaso no tengo yo derecho a consumir el contenido de esa fuente cuando no he probado los demás platos?

Y, en efecto, se lo comió, mejor dicho, lo devoró, en compañía de varios panecillos y una cantidad de vino proporcionada a aquella enorme ración de carne, enmedio del asombro de cuantas personas le observaban.

En el banquete celebrado en la Huerta de Segovia en honor de don Antonio Cánovas del Castillo figuraban entre los postres unos flanes que fueron servidos en unos diminutos platos de caucho.

Un comensal, hombre rústico por su aspecto, empuñó un cuchillo y a costa de no poco trabajo, partió en varios pedazos, a la vez que el flan, la pequeña bandejita, la que sin duda no había visto, y echóse en la boca los trozos de aquella, mezclados con los del dulce.

El hombre hizo esfuerzos inauditos para triturarlos y deglutirlos y al fin, no queriendo pasar por la vergüenza de arrojarlos, se los tuvo que tragar enteros, con grave peligro de su vida.

Famoso resultó el banquete con que el Ayuntamiento obsequió al ilustre marino don Isaac Peral, por un incidente originado por un periodista, suceso del que nada decimos pues lo tenemos consignado en una de estas crónicas retrospectivas.

Cuando el Rey don Alfonso XIII, a raíz de su coronación, visitó a nuestra capital, sirviósele un almuerzo en uno de los parajes más poéticos de las Ermitas, acto en el que le acompañaron, además del personal de su séquito, varias damas y las autoridades.

En otro delicioso lugar, la huerta de la Arruzafa, un hombre de grandes iniciativas, don Carlos Carbonell y Morand, reunió en íntimo banquete a las personas más significadas de la industria y del comercio de Córdoba y a los representantes de la prensa, para exponerles una idea cuya realización hubiera proporcionado grandes beneficios a esta capital: la construcción de casas y hoteles en la Sierra.

El pensamiento fué acogido con gran entusiasmo por todos los concurrentes; en el acto se suscribieron muchas acciones para acometer la empresa pero nuestra apatía característica no permitió que el proyecto se convirtiera en realidad.

Antiguamente los dueños del Hotel Suizo obsequiaban todos los años, el primero de Enero, con una espléndida comida, a las autoridades y los directores de los periódicos de la localidad.

También anualmente, una de las noches de la renombrada feria de Nuestra Señora de la Salud, celebrábase un banquete que constituía una nota característica de la citada feria.

Organizábalo el Club Guerrita y se verificaba en la tienda que aquel establecía en el paseo de la Victoria.

A tal acto, presidido por el famoso extorero Rafael Guerra, asistían autoridades, escritores, artistas, aristócratas, diestros, ganaderos y otras muchas personas de Córdoba y forasteras, formando un pintoresco y abigarrado conjunto.

Allí se derrochaba el ingenio, la gracia, y parecía flotar en el ambiente la alegría que constituye el sello característico de la tierra andaluza.

Para terminar esta ya larga relación de banquetes consignaremos el más original, sin duda, de todos los efectuados en nuestra población.

Un individuo condenado a muerte por varios terribles delitos fué puesto en capilla en la Cárcel de esta capital.

Cuando faltaban pocas horas para que se cumpliese la terrible sentencia, el telégrafo comunicó la noticia de que la Reina doña Victoria notaba los síntomas de un próximo alumbramiento.

Por iniciativa de un periodista, don Daniel Aguilera, las autoridades, las corporaciones y la prensa se apresuraron a solicitar el indulto, que repetidamente había sido negado, aprovechando aquellas circunstancias.

Ya de madrugada, la augusta dama dió a luz; en el acto el jefe del Gobierno, don Antonio Maura, transmitió al Rey la petición de los cordobeses y el ruego fué atendido.

Hora y media antes de la señalada para la ejecución el autor de estas líneas comunicaba a las autoridades, reunidas en la prisión, la grata nueva del indulto, que acababa de transmitir al Diario de Córdoba su corresponsal en la Corte.

La profunda tristeza que reinaba en la Cárcel convirtióse súbitamente en indescriptible alegría y el alcalde don Antonio Pineda de las Infantas festejó aquella misma mañana el grato acontecimiento obsequiando con un almuerzo, en el salón destinado a escuela, contiguo a la capilla, al reo indultado, a las autoridades, a algunos periodistas y a los empleados del establecimiento penitenciario.

El acto resultó interesante, conmovedor, y de seguro dejó en la memoria de todos los comensales un recuerdo más grato que la mayoría de los banquetes.

Junio, 1921.