El 24 De Junio es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La fiesta de San Juan, pródiga en tradiciones, en costumbres originales y típicas de cada región y de cada pueblo, tiene en Córdoba, desde tiempos muy remotos, dos notas características que la distinguen, pues son propias, exclusivas de nuestra ciudad.
Los cambios de domicilio, las mudanzas , constituyen una de esas notas, pintoresca en grado sumo.
La costumbre convirtió en ley, hace varios siglos, la determinación de la fecha del 24 de Junio para comenzar y finalizar los contratos de arrendamiento y esta disposición, por nadie decretada ni en parte alguna escrita, siempre se ha cumplido con una escrupulosidad admirable, aquí donde nos distinguimos por nuestra falta de respeto a las leyes y procuramos burlarlas a todo trance.
Hoy la transformación que se está operando en Córdoba, a impulso de las corrientes modernas, el extraordinario desarrollo de nuestra población, motivan la reforma de los contratos de arrendamiento que se conciertan por meses o por años, sin que hayan de terminar, precisamente, en la fatídica fecha del 24 de Junio.
Por este motivo el día de San Juan ha perdido algo su aspecto bullanguero; no obstante abundan en el las mudanzas, porque hay muchos propietarios apegados a la tradición que prefieren tener desalquiladas sus viviendas a modificar las cláusulas de los viejos contratos.
Antiguamente, apenas empezaba a clarear el día indicado, notábase un inusitado movimiento en nuestra ciudad, de ordinario tranquila, sosegada, como si estuviera sumida en un profundo sueño.
Los habitantes de la mayoría de las casas dedicábanse, con actividad febril, a embalar y disponer muebles y efectos en las mejores condiciones para que no se averiasen en la mudanza .
Desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche, las calles hallábanse convertidas en exposiciones o más bien en baratillos ambulantes, de toda clase de muebles, trastos y efectos.
Todos los carros dedicados al servicio de transporte eran pocos para conducir, de una casa a otra, los antiguos estrados, los estantes, las cómodas, los arcones, las torneadas camas de cedro o de nogal; los mozos de cordel llevaban, a palanca, los efectos de mucho peso, la mesa de figura y el aparador con tablero de piedra, el piano de cola, la zafra del aceite y la tinaja de las aceitunas; las mujeres se encargaban de mudar los objetos delicados, los espejos, los fanales con las imágenes, los jarrones y las macetas de flores, o en grandes canastas la loza, la cristalería que adornaba los chineros y los libros, y los chiquillos los trastos sin valor y de poco peso.
Frecuentemente, por descuido de los carreros, de los mozos de cordel o de las criadas, caía al suelo uu [sic] mueble, haciéndose añicos y este accidente, imprevisto e iyvoluntario, motivaba, por regla general, un alboroto mayúsculo, en el que menudeaban los insultos, las amenazas, las imprecaciones y hasta los lloriqueos de las mujeres y los muchachos.
Cada casa en que había cambio de vecinos transformábase en nueva torre de Babel, si no por la confusión de lenguas, por la de trastos de todas clases.
Este maremagnum era mayor en los casonas de vecinos enque habitaban numerosas familias y lo mismo las que debían abandonar sus viviendas que las encargadas de sustituirlas en aquellas, aguardaban la última campanada de las doce del día para efectuar el cambio de albergue, porque esa era ora clausula indispensable e ineludible de los antiguos contratos de arrendamiento.
Su cumplimiento exacto originaba también violentas disputas y serios disgustos, en los que siempre intervenía, como amigable componedora, la casera, supremo juez en tal clase de litigios, pero no juez de paz, sino más bien de guerra, pues resolvía todas las cuestiones por la tremenda, según la frase gráfica del pueblo.
Cuando algún vecino intentaba abandonar su vivienda sin haber pagado la renta de la misma o la parte que le correspondiese del importe de la limpieza de las servidumbres o del valor de la nueva soga del pozo, la casera convertíase en un energúmeno y el inquilino moroso tenía que apresurarse a pagar la deuda para evitar el inmediato embargo de sus muebles sin sujeción a los trámites legales y, lo que era peor aún, una serie interminable de golpes y arañazos que le desfiguraban el rostro.
Otra nota característica de la fiesta de San Juan en Córdoba era su velada, llena de encantos y tradiciones en todas partes, más poética y original aquí que en cuantas regiones se celebra, desde tiempos muy antiguos.
La víspera de la fiesta de San Juan el vecindario, apenas sonaba el toque de ánimas, lanzábase a la calle dispuesto a pasar la noche alegremente
Una abigarrada multitud invadía el paseo de la Ribera, la Cruz del Rastro y la calle de la Feria, llenos de mesillas de arropieras y de puestos de chucherías, y mientras las personas mayores charlaban sentadas en los poyos que limitan el murallón o en la doble hilera de sillas colocada ante las fachadas de las casas, los jóvenes de uno y otro sexo paseaban en grupo y multitud de máscaras embromaban a amigos y conocidos, dirigiéndoles frases ingeniosas o picarescas.
El murmullo de las aguas del Guadalquivir confundíase con el del charloteo y las risas de la multitud; los pregones de los vendedores mezclábanse con los gritos de los enmascarados; la alegre música de las comparsas con la serenata dulce y melancólica, formando un conjunto armónico, de belleza insuperable; el poema sublime de Córdoba, el himno triunfal de Andalucía, inspirados en unos versos de Grilo y en un pasacalle de Eduardo Lucena.
Junio, 1921.
