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Cordoba Y El Ejercito (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Cordoba Y El Ejercito es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Nuestra ciudad, no en balde llamada desde tiempos muy antiguos casa de guerrera gente, ha dado siempre gallarda prueba de su acendrado patriotismo, del gran amor que profesa al Ejercito y de la profunda admiración que le inspira.

Tales sentimientos se han exaltado con motivo de las múltiples guerras en que ha intervenido España y los ha demostrado de manera elocuente y hermosa al recibir, albergar o despedir a los heroicos soldados que iban a verter su sangre en los campos de batalla o regresaban de ellas, en muchas ocasiones cubiertos de laureles, siempre con honra, pues la historia demuestra que lo mismo fueron gloriosos los triunfos que las derrotas de nuestras armas.

Nuestros abuelos recordarán con satisfacción la cariñosa acogida de que eran objeto las tropas que pasaban por esta ciudad, en Diciembre y Enero del año 1859 y 1860, para intervenir en la primera guerra de Africa.

Las corporaciones oficiales, las autoridades y el vecindario agasajaban, sin cesar, a aquellos soldadas, envueltos en largos capotes con esclavinas, denominados “ponchos” y las mujeres cantaban, sin poder disimular su tristeza:

Ya se van los de los “ponchos”, ya se van los buenos mozos y nosotras nos quedamos con los viejos achacosos”.

Aquella campaña memorable llenó de entusiasmo al pueblo español.

Cada vez que en Córdoba los periódicos publicaban un extraordinario comunicando la noticia de un triunfo de nuestras armas, la gente se lanzaba a la calle, ebria de gozo, prorrumpiendo en delirantes vítores y aclamaciones al Ejercito.

Estas aclamaciones llegaron a su máximo el día en que se supo la toma de Tetuán.

Fueron echadas a vuelo las campanas de todas la iglesias, se lanzó al espacio millares de cohetes, cerróse todos los establecimientos de comercio, los obreros abandonaron su trabajo y hombres, mujeres y chiquillos enronquecieron de lanzar estentóreos gritos de alegría.

La popular banda de Hilario recorrió la población tocando marciales pasodobles; en diversos lugares se instaló cucañas y celebráronse bailes públicos y otras diversiones.

Entre los soldados heridos en el primer combate librado en Marruecos figuró un hijo de Córdoba, de origen francés, avecindado en esta capital.

Apellidábase Fabre y ejercía el oficio de albañil.

Se le concedió una cruz pensionada, comoo los demás heridos en la misma acción.

Cuándo terminó la guerra de Africa, en Marzo de 1860, repitiéronse aquí las manifestaciones de entusiasmo y la exaltación del patriotismo. .

El vecindario en masa iba a recibir a las tropas que regresaban, triunfantes, del territorio marroquí, aplaudiéndolas y aclamándolas frenéticamente.

Desde los balcones las mujeres les arrojaban flores y en el espacio revoloteaban, al paso de los valientes soldados, como grandes mariposas de múltiples colores, millares de hojas de papel con inspiradas salutaciones de nuestros poetas.

El Ayuntamiento obsequió con una comida, la cual resultó muy pintoresca, a uno de los regimientos que se detuvieron aquí cuando regresaba a la ciudad a cuya guarnición pertenecía.

La comida, que se sirvió en el salón destinado a paseo en los jardines altos de la Agricultura, hace muchos años desaparecidos; consistió en conejo con arroz y frutas, vino y cigarros puros.

El Municipio envió a gran número de hombres al paraje de la Sierra llamado la Arruzafa, donde constituían una verdadera plaga los conejos, para que cazasen un millar de éstos, con destino a dicha comida, y pagó, por cada uno, dos reales.

A pesar de ser módica la suma, los cazadores obtuvieron un excelente jornal.

Admirable fue, asimismo, el comportamiento de Córdoba con motivo de la batalla de Alcolea, librada el 29 de Septiembre de 1868.

El vecindario alojó, en sus hogares, a las fuerzas que habían de combatir en los dos bandos, colmándolas de atenciones. Las mujeres regalaban a los soldados los lazos que servían de distintivo a los adversarios de la causa de Isabel II.

Después, cuando se efectuó el terrible encuentro; Córdoba dió uno de los más hermosos ejemplos de caridad que registra la historia.

Millares de personas de todas las clases sociales acudían a recoger los heridos, trasladándolos a, la ciudad en coches, en carros, en caballerías, en escaleras, en sillones, muchos en brazos, si no se disponía de otro medio de transporte.

Casi todos los edificios públicos y la mayoría de las casas particulares se convirtieron en hospitales y lo mismo el hombre de elevada posición que el humilde trabajador, la dama que la obrera, se disputaban el honor de asistir a las víctimas de la breve y terrible lucha.

Las mujeres trabajaban sin descanso, durante el día y la noche, en la confección de ropas y vendaje, en convertir piezas enteras de lienzo en hilas y al lado de la cabecera del lecho del soldado herido nunca faltaba una enfermera voluntaria que le asistiese con el celo y el cariño de una madre.

Tanto al empezar como al concluir la última guerra civil que ensangrentó los campos de las provincias del Norte desde el año 1869 hasta el 1876, nuestra capital cumplió de modo admirable los deberes que el patriotismo le imponía, con las tropas que tomaron parte en la contienda.

Jamás se ha verificado aquí una manifestación tan grandiosa, tan entusiástica, tan imponente como la que hubo el día en que regresó, al concluirse la citada guerra, el batallón provincial de Córdoba.

En la Estación Central de los ferrocarriles y en sus inmediaciones le aguardaba un inmenso gentío que le acompañó en su carrera triunfal por las principales calles de la población.

Todos los balcones lucían colgaduras y desde ellos mujeres y hombres, al paso de la tropa, le arrojaban una verdadera lluvia de flores, coronas de laurel, palomas con cintas de los colores nacionales y hojas de papel con inspiradas poesías.

Muchos soldados llevaban enganchadas en el fusil tantas coronas que cubrían por completo el cañón de aquel y la bayoneta.

Las calles quedaron materialmente alfombradas de yerbas aromáticas y flores.

Con el incesante repique de campanas y el continuo estallido de los cohetes, se mezclaban y confundían los estruendosos aplausos, los atronadores vítores al batallón provincial de Córdoba, formando un conjunto maravilloso, algo así como un himno jamás escuchado, grande, sublime, conmovedor.

Al iniciarse, en el año 1895, la guerra de Cuba surgió en nuestra ciudad un entusiasmo bélico, indescriptible, que se demostraba al paso de las tropas destinadas a combatir contra los insurrectos.

Un gentío inmenso acudía a saludarlas y las aclamaciones de la multitud ahogaban las vibrantes notas de la Marcha de Cádiz , que la gente no se cansaba de oir.

En los paseos, en los teatros, en todas partes el público pedía a bandas de música y a orquesta, la interpretación, una y cien veces, de dicha obra, que siempre era acogida con atronadores aplausos y vivas a España.

La primera sección de tiradores con Maüser enviada a Cuba se detuvo algunas horas en Córdoba, obteniendo una acogida tan cariñosa como entusiástica.

Los jefes, oficiales y soldados que constituían dicha sección fueron obsequiados con una espléndida comida en el Círculo de la Amistad, donde permanecieron hasta el momento de reanudar el viaje, siendo acompañados a la Estación de los ferrocarriles y despedidos por millares de personas, que no cesaban un momento de aclamarles.

De verdadero acontecimiento puede calificarse la despedida tributada al batallón de Cazadores de Cataluña, que formaba parte de la guarnición de esta capital.

El Ayuntamiento lo agasajó espléndidamente, en su honor celebróse un festival brillantísimo en el Gran Teatro y, al marchar, Córdoba entera ofrecióle un admirable testimonio del cariño que le profesaba.

Durante esta campaña, nuestro pueblo, impulsado por el patriotismo, efectuó varias manifestaciones para celebrar hechos gloriosos de las armas españolas.

Una noche circuló la noticia de que nuestra escuadra había logrado un gran triunfo. La grata nueva propagóse como reguero de pólvora. La gente que invadía los cafés y casinos se lanzó a la calle; con la barra de una cortina y unos pedazos de tela que le entregara un comerciante improvisó una bandera; fue en busca de la Banda municipal de música, que se hallaba en su academia y, con la citada banda a la cabeza, recorrió toda la ciudad en imponente manifestación, formada por millares de personas que fueron engrosando el grupo de los iniciadores del acto.

Al día siguiente se supo la triste realidad de lo sucedido; la perdida de nuestra flota en las aguas de Santiago de Cuba.

Concluída esta guerra en el año 1898, comenzó la repatriación de las tropas, de aquellos pobres soldados, enfermos en su mayoría, y esta ciudad volvió a demostrar sus nobles y caritativos sentimientos.

Las autoridades, las corporaciones y el vecindario socorrían con largueza a enfermos y heridos y les prodigaban toda clase de atenciones y consuelos.

La Comisión provincial de la Cruz Roja, entonces perfectamente constituida, bajo la presidencia de don José Ramón de Hoces y Losada, duque de Hornachuelos, estableció una guardia permanente en la Estación Central de los ferrocarriles para auxiliar a los repatriados que llegasen en todos los trenes e instaló en un departamento de la misma Estación un hospital, en el que varias señoritas actuaban de enfermeras, con destino a los infelices que, por su estado de gravedad, no podían ser trasladados a los establecimientos benéficos de la población.

En el año 1903, con motivo de la nueva guerra de Marruecos y en el 1909, al reproducirse ésta, volvió a demostrar Córdoba su patriotismo y se hizo acreedora a la más profunda gratitud del Ejército.

En la primera campaña, para obsequiar a los soldados durante las fiestas de la Pascua de Navidad, el periódico local La Monarquía solicitó del vecindario donativos en metálico y en efectos, logrando reunir una suma considerable de dinero, buen número de prendas de ropa y gran cantidad de vino, dulces y cigarros, todo lo cual fué remitido al Comandante general de Melilla.

Entre las tropas que tomaron parte en la segunda campaña figuró el regimiento de Infantería de la Reina, de guarnición en esta capital, que le despidió dignamente.

En 1909 las autoridades y personas más significadas de nuestra ciudad pidieron una recompensa para el alcalde don Rafael Jiménez Amigo por su comportamiento con las tropas expedicionarias al territorio africano y el Soberano le concedió, algunos años después, la gran cruz del Mérito Militar.

Y no hemos de concluir esta relación de actos patrióticos del pueblo cordobés sin recordar el cariño y el entusiasmo con que acogió a los alumnos de la Academia de Infantería de Toledo cuando nos visitaron el 8 de Mayo de 1911

Distinguidas familias les hospedaron en sus casas y las corporaciones oficiales, los centros de todas clases, las autoridades y el vecindario en general sostuvieron una verdadera competencia para atenderles y agasajarles.

En honor de nnestros [sic] jóvenes y simpáticos huéspedes se celebraron banquetes, recepciones, bailes y hasta un espectáculo taurino.

Como consecuencia de esta visita memorable y en virtud de una feliz iniciativa del capitán de la Guardia civil e ilustre escritor don José Osuna Pineda, el Ayuntamiento acordó agregar el calificativo de muy hospitalaria a los de muy noble y muy leal que ostenta en su leyenda nuestro escudo.

¡Con cuánta razón digeron [sic] los antiguos Corduba miliciae domus , frase traducida en el primer verso del dístico famoso

Córdoba casa de guerrera gente y de sabiduría clara fuente”

en el que se hace el elogio mis cumplido y exacto de esta hidalga tierra, gala, prez y orgullo del solar hispano!

Agosto, 1921.