Las Fuentes Publicas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Tema de actualidad son las fuentes públicas en esta época de estío en que Córdoba padece los efectos de la escasez de agua, no obstante la fama que tiene nuestra Sierra de poseer abundantes y riquísimos manantiales.
Antiguamente nunca se carecía de agua en la ciudad porque a la vez que llegaba a ellas mayor cantidad que ahora, el consumo era bastante menor por no haber el gran número de habitantes que en la actualidad.
Las principales fuentes públicas fueron construídas en el año 1574 y en los sucesivos por disposición del corregidor don Francisco Zapata Cisneros.
Muchas de ellas estaban en el centro de las plazas más espaciosas y algunas en las afueras de la población. A casi todas se les podía aplicar el calificativo de monumentales; eran de piedra, con grandes pilares para que sirviesen de abrevadero a las caballerías.
A principios del siglo XVIII fueron destruídas varias de las fuentes que el corregidor Zapata Cisneros levantara y algunas sustituídas por otras antiestéticas en grado sumo.
A mediados de la centuria última, había veintiuna fuentes públicas dentro de la población y nueve en su ronda.
La más artística de todas y la de mayor renombre por su antigüedad y por el sitio en que se halla es la del Potro a la que, antiguamente, las mujeres tenían que ir a llenar los cántaros provistas de cañas que sirvieran de tuberías conductoras del precioso liquido, desde los caños de la taza, únicos que tenia entonces, a los cacharros.
También es obra de muy buen gusto la fuente de la Piedra Escrita, llamada así porque en su parte superior aparece, grabada en la piedra, una inscripción en que consta el corregidor que la mandó construir y el año en que fué levantada.
Se puede aplicar el calificativo de populares a las fuentes de las plazas de Santa Marina y San Lorenzo, las cuales casi constantemente se hallan rodeadas de mujeres que acuden a proveerse de agua, no siendo extraño que se susciten disputas y reyertas cuando alguna hembra impaciente se obstina en llenar el cántaro antes que le corresponda por riguroso turno.
Hay otra fuente popular que también merece el dictado de histórica, la de San Pedro.
Esta fué construida en la plaza de la Corredera, cerca del Arco bajo. Cuando el Rey don Pedro de Castilla visitó a Córdoba, después de haber sido derrotado en la memorable batalla del Campo de la Verdad, indignado porque las mujeres hubiesen tomado una parte activa en aquella, dijo deteniéndose ante el pilar de la citada fuente que había de llenarlo de senos de cordobesas.
Como la repetida fuente constituyera un obstáculo para la celebración de las corridas de toros en la Plaza Mayor, se la trasladó a la de San Pedro y desde esta, al crearse el jardín que hoy la embellece, a la del Vizconde de Miranda, en que se encuentra en la actualidad.
Por igual motivo, o sea la creación de jardines, se han trasladado también, durante los últimos años, la de la plaza de las Cañas a la de la Paja y la de la Magdalena del centro de aquel espacioso y alegre lugar, donde ha sido sustituída por otra circular, al sitio que hoy ocupa.
Hace cuarenta años la gente aseguraba que el agua de la fuente de la calle de la Feria servia para curar el dolor de estómago y otras enfermedades y, en su virtud, muchas personas la tomaban como verdadera medicina.
Andando el tiempo se comprobó que contenía gérmenes insalubres y desde entonces sólo se utiliza para usos domésticos y para que la beban las caballerías.
Fuente muy antigua y popular es también la Fuenseca, llamada así porque siempre ha tenido escasa dotación de agua. Está coronada por una imagen de San Rafael.
En época ya lejana contrastaba con dicha fuente la del
Caño gordo, que arrojaba siempre, en invierno como en verano, una cantidad extraordinaria del precioso líquido.
Es una de las mas típicas de nuestra ciudad, la preferida por los aguadores, que nunca faltaban en ella, cuando había gran número de hombres dedicado a este sencillo y modesto oficio que, según frase popular, se aprende al primer viaje.
Pintores y fotógrafos han reproducido innumerables veces el Caño gordo, juntamente con la preciosa capilla denominada de la Virgen de los Faroles.
Todo el vecindario de Córdoba ha demostrado siempre gran predilección por el agua de la artística fuente del Patio de los Naranjos de nuestra incomparable Basílica.
Mujeres de todos los barrios, aún de los más distantes, acuden continuamente a llenar los ventrudos y limpios cántaros en el cañito de la oliva porque, según una creencia muy generalizada, el agua de éste es distinta y mucho mejor que la de los otros caños.
Muchas personas de las que transitan por los alrededores de la Mezquita-Catedral también acostumbran a penetrar en el hermoso Patio de los Naranjos para beber sus exqusitas [sic] aguas, obligando a las mujeres, a cada momento, a interrumpir la faena de llenar los cántaros.
Hasta hace pocos años, en los días de las grandes festividades religiosas, adornaban esta fuente con caprichosos saltadores, en cuyo centro el agua tocaba, al moverlo, un sonoro cascabel, constituyendo la admiración y el encanto de los chiquillos.
Al mencionarse las fuentes principales, de amplios pilares para abrevadero de las caballerías, no se debe omitir las de las puertas Nueva y de Baeza y de la plaza de San Andrés.
Junto a cada una de estas fuentes jamás faltaba la típica arropiera con su mesilla repleta de golosinas, figura genuinamente cordobesa que ya ha empezado a perderse, como todo lo antiguo y tradicional.
Entre las fuentes con pilares de piedra, adosados a muros de edificios, que han desaparecido o han sido sustituidas por otras de grifo, llamadas hoy de vecindad, figuraban las de las plazas de San Miguel y la Trinidad y de las puertas de Gallegos, de Osario y del Puente.
Cerca de la parte exterior de esta última había una fuente, llamada del Piojo, que sólo tenía de fuente el nombre, pues se asemejaba a un registro de cañerías subterráneo y en ella únicamente se podía recoger el agua, que era exquisita, introduciendo un cacharro pequeño en la especie de boca de alcantarilla de que brotaba el liquido.
Por último, entre las desaparecidas, se hallaba una muy interesante, la fuente vieja de la Fuensanta, a la que, según la tradición iban a proveerse de agua los mártires cordobeses San Acisclo y Santa Victoria.
Tales eran las fuentes públicas de córdoba en los comienzos de la segunda mitad del siglo XIX; ellas y la antigua alcubilla de la puerta de Almodóvar, construida por los árabes, surtían al vecindario en aquellos felices tiempos en que el sostenimiento de la vida no constituía un problema de tan difícil solución como ahora.
Agosto, 1921.
