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Travesuras Infantiles (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
Revisión del 20:13 24 ago 2026 de Aromeo (discusión | contribs.) (Ordenación alfabética en la categoría Notas cordobesas)


Travesuras Infantiles es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Invariablemente los padres, al reprender a sus hijos por cualquier travesura, les dicen muy graves, muy serios: en mis tiempos los niños se entretenían en juegos inocentes que a nadie molestaban; cuando yo tenia tu edad era modelo de formalidad y obediencia.

Pues bien, en toda esta catilinaria no hay una palabra de verdad, porque antiguamente los muchachos eran mucho más traviesos que ahora. Hoy, el afán de parecer hombres, les convierte en reflexivos y juiciosos, quitando a la infancia su principal encanto.

Hace un cuarto de siglo, la gente menuda realizaba infinidad de trastadas y diabluras, algunas originales y muchas no exentas de gracia, aunque maldita la que les hiciera a sus víctimas.

Con frecuencia, aprovechando los momentos en que un coche se acercaba a una fuente abrevadero para que los caballos bebieran, un rapaz mal intencionado ataba a una rueda del vehículo un extremo de un cordel y el otro a uno de los pies de la mesilla de la arropiera que se situaba cerca de la fuente.

No es necesario decir lo que ocurría al establecimiento de la pobre vieja cuando el coche reanudaba la marcha.

Súbitamente oíase un gran estrépito en cualquier calle y se adivinaba mas que se veía pasar un perro, corriendo a todo correr, como alma que lleva el diablo.

Uno de los chicos que tenían declarada la guerra a los animales habíale atado al rabo un cacharro viejo de lata y el can procuraba desasirse de aquel estorbo mediante una desenfrenada carrera.

Los peces multicolores de las fuentes de los jardines siempre se hallaban expuestos a ser víctimas de los pescadores y utilizaban, para cogerlos, un alfiler doblado a guisa de anzuelo pendiente de una cuerda.

En un portal de la calle de la Feria tenía su taller un popular zapatero remendón. En invierno lo cerraba con una puerta de cristales, a la que faltaba uno de estos que el zapatero había reemplazado por un papel.

Cada vez que salían los alumnos de una escuela próxima no faltaba un muchacho que asomase la cabeza al portal, rompiendo con ella el papel, para decir muy cortesmente: buenas tardes, maestro.

El saludo llenaba de indignación al maestro de obra prima, que no ganaba para comprar periódicos conque cubrir el hueco de la puerta falto de cristal.

Muy a menudo los chiquillos invertían sus ahorros en adquirir cohetes en una especería de la calle de Almonas; les cortaban la caña para que no pudieran elevarse y, cuando alrededor de una fuente pública se hallaban congregadas numerosas mujeres, desde alguna distancia arrojaban el cohete rastrero , que iba a estallar entre los pies de las mozas, causándoles un susto terrible.

Cuando los habares tenían su fruto en sazón muchos arrapiezos, en vez de ir a las escuelas, se marchaban al campo para hacer la doctrina y dejaban aquellos como si hubiese caído sobre los mismos una tremenda plaga de langosta.

Cuando trabajaban en Córdoba compañías acrobáticas los chicos sentíanse titiriteros y ya recorrían las calles subidos en zancos, ya daban saltos mortales, ya andaban con las manos, haciendo el pino.

Para imitar a los funánbulos se encaramaban en el pretil del barandal de los asientos qne [sic] hay en el paseo de la Ribera y por allí corrían, guardando el equilibrio, sin balancín ni paracaídas.

Los forasteros que visitaban nuestra población, al pasar por el Puente Romano, veíanse asediados por una legión de chiquillos, quienes les invitaban a que echasen unas monedas al río Rara arrojarse ellos a recogerlas.

Y producía admiración la intrepidez conque, desde el muro del Puente, se lanzaban al Guadalquivir, perdiéndose en su fondo para flotar a los pocos momentos sobre las aguas, con las monedas entre los dientes.

El Viernes Santo la gente menuda , provista de grandes piedras, esperaba en las calles el paso de la procesión para poner aquéllas sobre las colas de las túnicas de los nazarenos o mazarahuevos, como aquí se les llamaba, con la sana intención de que se hicieran jirones.

Cuando se aproximaba el Carnaval los niños distraían sus ocios poniendo lárgalos o dácalos a cuantas personas transitaban por la población.

Acercábanse a ellas, sigilosamente, por detrás y con un alfiler, les prendían de la ropa una tira de papel o un pedazo de trapo.

Cuando la víctima de la broma se había alejado de los autores de ella estos comenzaban a repetir a coro la frase “dácalo que se lo lleva”, prorrumpiendo en una infernal gritería.

No era menor el alboroto que promovían los chiquillos siempre que encontraban a un borracho en la calle.

Rodeábanle y no cesaban de repetir la consabida palabra sebo , con toda la fuerza de sus pulmones.

A veces el beodo montaba en cólera y arremetía contra la turba infantil, que se libraba, por pies, de algunos estacazos o pescozones.

El relato de las travesuras que los estudiantes cometían en los centros de enseñanza proporcionaría materia para escribir un libro.

Por este motivo sólo citaremos una hazaña de uno de los escolares más listos que han pisado nuestros establecimientos docentes.

Eran los tiempos en que la terrible banda de malhechores conocida por la Mano Negra cometía en Jerez de la Frontera los mayores crímenes y desmanes.

El joven aludido era alumno del Instituto provincial de Segunda Enseñanza y asistía a la cátedra de un profesor tan corto de vista que no distinguía a las personas a dos metros de distancia.

Sentábase el estudiante en uno de los últimos bancos del aula y, acto seguido, se calzaba en una mano un guante negro.

Apenas el catedrático empezaba sus explicaciones, el chico del guante levantaba el brazo gritando: ¡la mano negra!, y lo ocultaba súbitamente.

El profesor suspendía la explicación y comenzaba las indagaciones, siempre infructuosas, para averiguar quien se había atrevido a interrumpirle.

Malhumorado reanudaba la disertación y, a los pocos minutos, el autor de la broma levantaba el otro brazo y gritaba: ¡la mano blanca!, siempre ahuecando la voz para que el profesor no lo conociera.

Aquél emprendía nuevas investigaciones, sin éxito, encaminadas a saber quién fuera el gracioso y la escena continuaba reproduciéndose uno y otro día, con muy cortos intervalos.

La víctima de estas burlas ideó al fin, una estratagema, merced a la cual cayó en el garlito el travieso estudiante.

Ordenó a un bedel del establecimiento que permaneciese en la puerta del aula observando lo que ocurría en su interior por el ojo de la cerradura y así pudo cazar al mozo de la mano negra y la mano blanca.

No es necesario decir que aquel pasó una semana encerrado en el calabozo y además perdió el curso.

Diciembre, 1921.