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Los Perfumes De Cordoba (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Los Perfumes De Cordoba es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Córdoba, antes de que perdiera el sello de las viejas ciudades y con él sus mayores encantos, para convertirse en una urbe moderna, tenía sus perfumes propios, característicos, que embalsamaban el ambiente haciéndonos creer que nos hallábamos en un inmenso jardín, en perpetua Primavera.

Eran los perfumes de su Sierra, entonces lindante con la población; los aromas del romero, de los mastranzos, del tomillo, que se mezclaban con los del azahar de los naranjos de sus huertas, de sus jardines, de sus paseos y de sus plazas; con los de las varas de nardos y los rosales de sus típicos huertos; con los de las celindas y los jazmines de sus patios incomparables.

Al cordobés que, tras larga ausencia, regresaba a su tierra natal, parecíale que se le ensanchaban los pulmones al respirar estos aires purísimos, al hallarse envuelto por esta atmósfera, la cual le sumía en un profundo y delicioso éxtasis.

Y el forastero que visitaba la vieja ciudad dormida, llena de gloriosos recuerdos, al sentir en su frente la caricia suave de la brisa perfumada, entregábase, como el fumador de opio, a inefables deliquios y sentíase transportado a mundos ideales donde imperan el amor, el arte, la belleza y la poesía.

Durante todas las épocas del año Córdoba era un rico pebetero, un delicado pomo de esencias, pero además cada estación, cada mes, cada fiesta tenía sus olores peculiares, característicos.

En el Invierno percibíanse en la población los múltiples y sanos armas de la Sierra; el del monte conque se adornaba el nacimiento, el del tomillo y otras yerbas que servían para adobar las aceitunas, el del romero que el día de la Candelaria bendecíase en las iglesias para repartirlo entre los fieles, todos ellos confundidos con el de las violetas que las mozas ostentaban en la cabeza o en el seno, como el más preciado adorno.

En la Primavera, en que en huertos, jardines y patios había un verdadero desbordamiento de flores y de perfumes, ya embalsamaban el ambiente de los hogares, los ramos de capullos, las varas de alelíes y los lirios que el Jueves Santos exornaban el poético altar, ya la manzanilla que cubría la cruz de Mayo.

El pueblo creyente extendía sobre las calles un tapiz oloroso, formado con pétalos de rosas, cuando salía en procesión el Santísimo para que los fieles cumplieran con el Precepto Pascual y otra alfombra de juncias y mastranzos ocultaba, asimismo, el pavimento de las principales vías de la población cuando convértíalas en Sagrarios la presencia de la Custodia en la solemne festividad del Corpus.

Durante todo el mes de Mayo transformábanse en vergeles las iglesias a las que iban las niñas, envueltas en níveos y vaporosos trajes para ofrendar las flores de su inocencia, juntas con las de nuestras campos, a la santísima Virgen.

Y en los días de la renombrada Feria de la Salud, las mujeres; radiantes de hermosura, porque se exhibían con la indumentaria genuinamente española, dejaban por todas partes una estela de penetrante y rico perfume, el de los claveles que, en apretado haz, ostentaban a guisa de broche de la clásica mantilla o entre la sedosa cabellera peinada con arte supremo.

En el Verano aspirábase en todas partes el perfume de los jardines. La venta de ramos hechos con estas flores clavadas en un alambre, constituía un pequeño comercio que ayudaba a vivir a muchas familias de modesta posición.

Al atardecer numerosas mujeres recorrían. la población ofreciendo de casa en casa los ramos de jazmines que llevaban sobre una salvilla de vareta.

En las puertas de algunos conventos de monjas también eran expuestos a la venta, clavados en el asiento de una silla.

Nunca faltaban en las mesillas de las arropieras, al lado de las limpias y porosas jarras.

Y no había moza, aunque fuera muy pobre, que dejara de ahorrar diariamente un cuarto para adquirir lo que constituía su adorno favorito, algo así como una valiosa alhaja, el ramo cuya nívea blancura se destacaría sobre la negra cabellera, entre una multitud de horquillas y peinecillos polícromos.

En las verbenas populares el olor de los jazmines mezclábase con el de la albahaca, indispensable en todos los patios cordobeses y en el templo de Santiago, al celebrarse la tradicional velada en honor del patrón de España, y en los de San Agustín y San Basilio el día de la Virgen de Agosto, constituían el principal elemento de su ornato las diminutas macetas de albahaca, muy verde, muy bien cortada, semejando grandes esmeraldas esféricas.

En las plazuelas y en las calles de los barrios bajos también se percibía el suave olor de los dompedros que expontáneamente brotaban entre las piedras, junto a los muros de los edificios, formándoles un verdadero zócalo.

Heraldos del Otoño eran los gratos olores de las frutas que, en grandes banastas, apilábanse en el llano de la Fuensanta durante los días de la famosa feria de que hoy, por desgracia, sólo nos queda el recuerdo.

Después, al aproximarse las festividades de los Santos y los Difuntos, en la plaza del Salvador sustituían a los claveles y rosas, de vivos colores y penetrantes aromas, las pálidas flores de cementerio cuyos matices y olores parece que llenan el espíritu de honda tristeza y profunda melancolía.

Tales eran los perfumes de Córdoba en aquellos tiempos en que la Sierra casi estaba unida a la ciudad; en que en paseos y plazas erguían los naranjos sus copas de verdor perenne, cargados de azahar; en que había en todas las calles huertos pletóricos de flores; en que todos los patios tenían el aspecto de jardines. Tales eran los aromas que embalsamaban el ambiente de la vieja Corte de los Califas, compitiendo con los más ricos y delicados de las regiones orientales, traidos para regalo y deleite de Sobeya y Sara.

Mayo, 1922.