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La Hojalateria (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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La Hojalateria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Es una de las industrias que han decaido en el transcurso del tiempo, a causa de la desaparición de muchos objetos de hojalata y de la sustitución de gran número de ellos por otros de porcelana o de diversos metales que no se conocían antiguamente.

Por este motivo han disminuido en Córdoba los típicos talleres y establecimientos deho jalatería [sic], diseminados antes en toda la población e instalados en portalillos tan pequeños que apenas cabían en ellos el banco y las herramientas del trabajo y una diminuta anaquelería abarrotada de cachivaches.

Delante de la puerta, en la calle, porque dentro no había sitio para él, hallábase y puede decirse que servía de anuncio, el anafe destinado a calentar los soldadores, en el que muchos transeuntes encendían sus cigarros y que más de un muchacho travieso se complacía en volcar, emprendiendo desenfrenada carrera, a fin de evitar que el latonero le propinara una interminable serie de pescozones.

La obra de hojalatería era tan múltiple como variada y tenía aplicación en todas partes. En las casas no había dependencia donde no se utilizase, jamás faltaba en la cocina, lo mismo del pobre que del rico, la típica alcuza, que ya ha desaparecido, antaño tan indispensable como el colador, el rayador o la espumadera.

En manos de los chiquillos únicamente se ponía vasos y platos de hojalata, con el objeto de evitar que aquellos los rompiesen.

Las familias acomodadas colocaban en lugar preferente de su despensa la reluciente zafra con el aceite para el año.

En la habitación destinada a la tertulia de la familia y a recibir las visitas de los amigos íntimos, veíase pendientes de las paredes, como principal elemento de ornamentación, corazones, escudos, angelitos y otros adornos de hojalata.

Del mismo metal eran los grandes reververos de los quinqués de aceite o de petróleo que iluminaban las galerías.

De generaciones a generaciones pasaban cuidadosamente conservados, artísticos faroles de lata con cristales de colores que se destinaban a la iluminación de los balcones en las grandes solemnidades.

En el portal de las casas donde habitaba la gente del pueblo siempre lucía un gran farol de hojalata que todos los vecinos, por riguroso turno, tenían la obligación de alimentar de aceite y encender al toque de oraciones y en las casas de labor había siempre varios pequeños farolillos, cuadrados, con los que se alumbraban los encargados de echar el pienso a las caballerías al efectuar esta operación durante la noche.

Además de los objetos indicados, los latoneros fabricaban otros muchos de muy distintas clases, tales como los cepos para las iglesias y las urnitas para las imágenes conque demandaban una limosna, de puerta en puerta, los postulantes de los conventos.

Obra suya eran, asimismo, los embudos, medidas y escurridores de las almonas; los azafates en que los confiteros colocaban los dulces; las bandejas para los vasos de los aguaduchos; los alcuzones de los vendedores ambulantes de aceite y petróleo; los cántaros en que los arrieros traían la leche a la ciudad desde las fincas del campo y las canales con sus originales caños simulando grifos que se colocaba en las fachadas y en los patios de las casas para recoger de los tejados el agua llovediza.

Los latoneros hacían, igualmente, los candilones y las candilejas para los puestos de los feriantes, los diminutos faroles para las mesillas de las arropieras, las fiambreras en que los trabajadores se llevaban el almuerzo a la obra o al taller y aquellos codiciados tubos, llamados vulgarmente canutos, en que los mozos guardaban la licencia del servicio militar y la paseaban llevándolos pendientes del cuello por medio de un cordón rojo.

En dos épocas del año pesaba sobre los hojalateros un trabajo excesivo, extraordinario, abrumador. Una era el principio del verano y otra el final del mes de Octubre.

En la primera llovíanles los encargos para la construcción y reparación de los baños caseros, operaciones que realizaban enmedio de la calle por no poderlas hacer dentro del taller a causa de sus reducidas dimensiones, y en la segunda no daban paz a la mano un momento y velaban hasta las altas horas de la noche, invirtiendo todo el tiempo de que disponían, hasta el que debieran dedicar al reposo, en hacer o arreglar los faroles de múltiples formas que habían de iluminar las sepulturas durante las fiestas de Todos los Santos y de los Difuntos en la época en que se permitía, el 1 y el 2 de Noviembre, la entrada del público en los cementerios.

Antiguamente los hojalateros dedicábanse también a la colocación de cristales, pues éstos se unían y sujetaban a las puertas por medio de tiras de lata y no con junquillos de madera, como en la actualidad.

Tal operación les proporcionaba ingresos no despreciables y con ellos y con los productos de la venta y reparación de cachivaches, amen de las pequeñas cantidades que cobraban, ya por soldar una regadera o un colador, ya por tapar con una gota de estaño las picaduras de una cafetera o una alcuza, reunían el jornal suficiente para vivir sin apuros en aquellas épocas felices en que no se derrochaba el dinero y todos se conformaban con lo que tenían.

De los antiguos hojalateros de Córdoba merece especial mención uno apellidado Cruz, hombre tan inteligente como laborioso y emprendedor, que se dedicó también a construir objetos de vidrio y después instaló, con el título de Fábrica de Cristal, el primer establecimiento de loza, quincalla y otros efectos que hubo en nuestra capital y uno de los principales de Andalucía.

También Amián debe ser mencionado por la perfección con que trabajaba. En algunas iglesias se conserva faroles hechos por él que son verdaderas obras de arte.

Y pecaríamos de injustos si no citáramos al popular maestro Peña, a aquel hombre menudito, siempre alegre, siempre locuaz, que gustaba de convertir la noche en día, y solía abrir su taller cuando el vecindario se entregaba al reposo.

Tal excentricidad causaba molestias a los moradores de las casas contiguas al portal del latonero nocturno, pues este, con el ruido que producía, no los dejaba dormir tranquilamente.

En cierta ocasión un vecino de Peña se propuso hacerle cambiar de costumbres y lo consiguió a poca costa. Una noche, apenas había comenzado a laborar el obrero, la persona aludida salió de su domicilio provista de un gran jarro lleno de agua, vertió su contenido dentro del anafe del hojalatero y volvió a encerrarse en su casa antes de que aquel se diese cuenta de la broma.

Peña tuvo que suspender el trabajo aquella noche, pues las operaciones de vaciar y secar el anafe, volver a llenarlo de carbón, encender el combustible y calentar los soldadores requería bastante tiempo.

La pesada broma se repitió varias noches consecutivas y el popular hojalatero tuvo, al fin, que tomar la heroica resolución de trabajar durante el día y dejar dormir tranquilamente al prójimo durante la noche.

Agosto, 1923.