Los Relojes es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Esta preciosa máquina de medir el tiempo, en el transcurso de los arios ha sido objeto de múltiples reformas que han abreviado su mecanismo y facilitado su construcción, popularizándolo, poniendolo al alcance de todas las fortunas, pero, en cambio, ha perdido bastante en lo que a la estética se refiere.
¡Que diferencia entre los antiguos y los modernos relojes de oro! Las máquinas de aquellos estaban encerradas en cajas muy consistentes llenas de figuras de alto relieve que eran verdaderas obras de arte y las de estos solo tienen unas tapas finísimas con labores desprovistas de merito.
En el guardajoyas de nuestros abuelos ocupaban lugar preferente los viejos relojes, que eran las alhajas más codiciadas de las herencias, y había quien, a semejanza del famoso emperador, gustaba de reunir gran número de relojes y pasaba horas y horas observándolos, y variándoles el registro, sin lograr que no hubiera discrepancias entre ellos.
La clase media usaba relojes de plata, unos relojes muy grandes, con tapas recias y labradas, con esfera recargada de adornos y labores.
El elevado precio de los relojes no permitía a la clase proletaria poseer está máquina que, entonces, era casi un objeto de lujo; sólo algunos obreros que cobraban buenos jornales o tenían pocas obligaciones permitíanse el despilfarro de invertir parte de sus ahorros en un modesto reloj de metal dorado -en la época a que nos referimos no los había de hierro ni de acero- el cual sólo llevaba consigo cuando se ponía los trapitos de cristianar, en los días de fiesta.
Antiguamente el reloj siempre se llevaba sujeto con cadena de oro, de plata o de metal dorado; una cadena gruesa, de caprichosas y variadas formas, a la que jamás faltaban junto a la muletilla para engancharla en el ojal del chaleco, un guardapelo o un dije y la llave para dar cuerda a la máquina.
Habla relojes de oro que marcaban las horas con una campana de sonido débil, casi imperceptible.
Los padres, cuando sus hijos terminaban la carrera, regalábanles un reloj, el primero que poseían, a la vez que les daban permiso para que fumasen.
En las casas había gran variedad de relojes. En el salón de recibir las visitas, sobre la mesa de caoba con tablero de piedra, hallábase el de bronce con figuras y relieves, elegante, artístico; encima de la cómoda el de la cajita de música; en el comedor el llamado de cuco, porque indicaba las horas semejando el canto del ave conocida por ese nombre; en el despacho el de péndulo, dentro de una enorme caja de madera; en la galería el de pesas, muy poco estético; en la cocina el que simboliza el tiempo, el fatídico reloj de arena, el cual se utilizaba para saber los minutos que había de invertirse en pasar por agua un huevo.
También en las torres de algunas casas, en aquellas torres amplias, ventiladas, llenas de luz y alegría, que se ha suprimido en los edificios modernos, instalábanse relojes de sol, para saber la hora exacta, y diariamente subía a observarlos, a las doce en punto de la mañana, un individuo de la familia.
La complicada máquina del reloj despertaba la curiosidad de muchas personas que la desarmaban para estudiarla minuciosamente y siempre les ocurría, al armarla de nuevo, que les sobraban algunas piezas.
Antiguamente se tenia en tanto aprecio el reloj que, en circunstancias criticas, cuando faltaban los recursos, era lo último que se llevaba a la casa de préstamos.
Hace cuarenta años sólo había en Córdoba tres relojes públicos: el de la Catedral y el de la Compañía, cuyas campanas se oyen en casi toda la población, y el de la fábrica de sombreros de don José Sánchez Peña, establecida en la plaza de la Corredera. Este era el único que tenia esfera, una esfera muy grande, en la que se veía la hora desde cualquier punto de la plaza, antes de que se construyera el antiestético mercado que hoy se levanta en su centro.
En la época a que nos referimos los relojeros establecíanse en pequeños portales y trabajaban procurando rodearse de cierto misterio que daba interés al oficio.
A través de cristales semiocultos por cortinillas verdes adivinábase, más que se veía, a Campiccis, el primer relojero suizo; a Montión; a los hermanos Flores, y a otros, ya examinando con una lente el interior de un reloj, ya quitando o poniendo cuidadosamente con unas pinzas las innumerables piezas de la máquina.
Tal misterio tendía a que el público desconociera la labor del relojero, pues si hay composturas difíciles y que requieren bastante tiempo, otras son tan fáciles que se realizan en pocos minutos.
Esto nos recuerda una conocida anécdota que no deja de tener gracia.
Un individuo llevó un reloj descompuesto a un popular relojero para que lo arreglase. Aquel lo examinó ligeramente, le sopló varias veces, y la máquina, que no funcionaba, se puso en movimiento.
¿Que le debo a usted? preguntóle el dueño del reloj.
Tres pesetas, contestó el mecánico.
¡Hombre! objetó con extrañeza el propietario del aparato de medir el tiempo; ¿tres pesetas me cobra usted por dar un par de soplos?
Qué ¿le parece a usted mucho?, replicó el relojero; pues, amigo, aprenda usted a soplar.
Ya en nuestros días fusionáronse la relojería y la platería, apareciendo en amplios y lujosos establecimientos, algunos de los cuales ostentaban sobre la puerta, a guisa de muestra, relojes de gran tamaño.
Terminaremos esta crónica restrospectiva [sic] con una nota original.
Hace un cuarto de siglo habitaba en Córdoba un pobre diablo, maestro en todas las artes y oficial en ninguna, que se obstinó en ser inventor y se devanaba los sesos para conseguirlo sin que de su caletre surgiera el anhelado invento.
Una noche se presentó en su tertulia del café, alegre, contento, rebosando satisfacción. ¡Eureka, amigos!, exclamó lleno de júbilo ¡Ya lo he encontrado!
¿El qué? preguntáronle a coro los contertulios.
El invento que buscaba, respondió sonriente; un invento admirable, estupendo, maravilloso. Van ustedes a ser los primeros que lo conozcan. Trátase de un procedimiento para dar cuerda a la vez desde un lugar determinado a todos los relojes de torre y de pared que hay en la ciudad. ¿Cómo se consigue esto? Por medio de un sencillo aparato eléctrico que yo instalo en mi casa y pongo en comunicación con los relojes merced a una res [sic] de alambres como la del Telégrafo.
De ese modo y mediante el pago de una cuota mensual que no pasará de dos reales, yo me encargo de dar cuerda, desde mi domicilio, a los relojes, evitando a sus dueños esa molestia y ese cuidado.
Por lo menos contaré con cinco o seis mil abonados a tal servicio, lo que me producirá de dos mil quinientas a tres mil pesetas todos los meses. ¿Que le parece a ustedes el negocito?
Magnífico, soberbio, piramidal, contestaron a coro los amigos del inventor, conteniendo con gran trabajo la risa. Ya sabíamos nosotros que eras un chico de provecho.
El pobre diablo no pudo llevar a la práctica su fantástico proyecto porque era muy reducido campo de acción para realizarlo el kiosco en que le encerró su familia, en vez de recluirle en un manicomio, sin duda con el objeto de que se distrajera vendiendo cajas de cerillas.
Septiembre, 1923.
