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La Lealtad (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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La Lealtad es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Uno de los periódicos más importantes publicados en Córdoba fué, sin duda, La Lealtad. Lo fundó, en el año 1886, el ilustre prócer don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, Conde de Torres Cabrera, jefe provincial del partido conservador, para que sirviese de órgano al mismo, para que difundiera y propagara sus ideales.

Se encargó de dirigirlo un escritor notable que en Madrid ocupaba nn [sic] puesto de preferencia entre los periodistas, don Juan Menéndez Pidal, y obtuvo el cargo de redactor jefe un inspirado poeta cordobés, don Manuel Fernández Ruano.

A las órdenes de estos dos maestros de la Literatura trabajaban algunos muchachos aprendices del periodismo, entre los que figuraba el autor de estas líneas, que actuaban de noticieros o reporters , como hoy se dice recurriendo a una palabra extranjera innecesaria.

Fueron instaladas las oficinas de La Lealtad en un departamento, compuesto de tres habitaciones, de una casa situada en la calle de los Moros, hoy de Rodríguez Sánchez.

La habitación más pequeña destinóse a despacho del director y las otras dos, más amplias, a la redacción y la oficina de la administración, que sólo contaba con dos empleados.

De diez de la mañana a cuatro o cinco de la tarde reuníase allí todo el personal encargado de la confección del periódico. Menéndez Pidal, sentado ante su bufete, siempre nervioso, inquieto, escribía el artículo de fondo referente a política, lleno de sólida argumentación, conciezudo, sereno, o la crónica literaria de corrección irreprochable, delicada, bella, que su autor firmaba con el pseudónimo de Walfrido .

En la larga mesa de la redacción Fernández Ruano llenaba, muy despacio, cuartillas y cuartillas de letra clara, menudita, más propia de un memorialista que de un escritor. Aquellas cuartillas contenían ya un articulo de costumbres rebosante de gracejo, que el eximio poeta publicaba con la firma de Martín Garabato ; ya un juicio critico, tan acertado como imparcial, de una obra científica o literaria; ya una información de un discurso o de una fiesta importante.

Al lado del insigne cantor de San Eulogio los muchachos aprendices de periodistas redactaban las noticias que habían adquirido o leían la Prensa para recoger lo que hubiese en ella digno de la reproducción.

Terminada esta labor Menéndez Pidal y Fernández Ruano se reunían en el despacho de la dirección para confeccionar, entre ambos, una de las secciones más importantes del diario conservador, la titulada A punta de tijera , en la que comentaban con tanto ingenio como picaresca intención, el suceso de actualidad, la actitud de un adversario político o el error en que hubiese incurrido un colega.

Don Manuel Fernández Ruano sentado delante del bufete y don Juan Menéndez Pidal paseando por la estancia, con la polonesa abrochada y la boina calada hasta los ojos, aunque el calor le derritiese, devanábanse los sesos para sacar todo el partido posible de lo que hubiera de ponerse en solfa, para que no decayera la sección indicada, y en verdad lo conseguían.

Terminaban, generalmente, los comentarios con una cuarteta o una quintilla, fácil, irónica, que el vate cordobés improvisaba o el escritor asturiano -Menéndez Pidal- componía en alta voz.

El director de La Lealtad hizo el mayor alarde de su ingenio y donosura en la polémica que sostuvo, con el diario local El Adalid , para defender un error que aquel hubo padecido en el título de la sección A punta de tijera : el de escribir tijera con g.

Los dos maestros de la Literatura cuyo recuerdo evocamos con gusto en esta crónica, corregían escrupulosamente los originales y después las pruebas, en la imprenta La Catalana, donde se editaba el periódico, que era de los mejor escritos y confeccionados con más gusto de cuantos han aparecido en nuestra ciudad.

Contaba el diario conservador no sólo con redactores de gran valía sino con algunos colaboradores de mérito extraordinario como el inolvidable cronista de Córdoba don Francisco de Borja Pavón que, entre otros trabajos, publicó en La Lealtad una serie de artículos interesantísimos referentes a la historia de la Prensa cordobesa.

El periódico del Conde de Torres Cabrera dedicaba atención preferente a la Poesía, por algo eran poetas eximios su director y su redactor jefe; así, de ordinario, en el folletín, insertaba composiciones en verso, alternando con las novelas de Fernán Caballero y otros escritores insignes.

En la primitiva redacción del órgano provincial del partido conservador ocurrieron varios incidentes cómicos.

Un domingo, día en que no se publicaba el periódico, presentóse en aquella, por la mañana el señor Fernández Ruano para adelantar el trabajo del lunes.

La familia que habitaba en el piso principal de la casa, creyendo que la redacción estaba sola, se marchó al campo, después de cerrar la puerta de la calle.

Cuando el notable poeta intentó salir encontróse encerrado y allí tuvo que permanecer hasta la noche. Menos mal que el dueño de un establecimiento de bebidas situado en la esquina de enfrente, cuya muestra hacia pendant , según El Adalid , con la del periódico La Lealtad , enterado del suceso, se apiadó del ilustre literato y le sirvió el almuerzo por la ventana.

Otro día, muy temprano, llamó a la puerta de la casa referida un vejete, sucio y astroso. Preguntó por el señor Menéndez Pidal y, al contestarle los vecinos que no iba hasta las once o las doce, manifestó su propósito de esperarle, pues él era antiguo amigo y compañero del periodista asturiano.

Penetró en la sala destinada a redacción; sobre la amplia mesa de trabajo colocó unos periódicos a guisa de almohadas y tendióse a dormir a pierna suelta, como en un lecho de plumas.

Para que no le picasen los mosquitos en la calva, calóse antes un gorro de terciopelo, parecido a un birrete, que halló en una percha.

Presentóse, tres o cuatro horas después, don Manuel Fernández Ruano. Ver a aquel individuo al que creyó cadáver, dar un salto hacia atrás y un espantoso grito de terror, todo fué uno.

El grito despertó al huésped, que explicó satisfactoriamente su presencia en aquel lugar.

Al miedo sustituyó en el señor Fernández Ruano la indignación cuando observó que su gorro cubría la calabaza que el desconocido ostentaba por cabeza.

Arrebatóselo con furia pero, en mucho tiempo, no se atrevió a ponérselo por temor de que estuviese lleno de parásitos.

El vejete era un pobre bohemio, Juan Berral, con pretensiones de periodista y de poeta, a quien tomaron el pelo muy donosamente Menéndez Pidal y los hermanos Valdelomar en La Lealtad y El Adalid.

La primitiva redacción de La Lealtad fué trasladada del local que ocupara en la calle de los Moros a una casa de huéspedes establecida en la calle de Jesús María, donde habitaba don Juan Menéndez Pidal.

Instalósela en una habitación del piso bajo, con puerta al portal. contigua al dormitorio del señor Menéndez Pidal quien, de este modo, satisfizo uno de sus deseos más vehementes: poder trabajar en la cama y levantarse muy tarde.

En el lecho escribía el articulo de fondo o la crónica literaria, en tanto que don Manuel Fernández Ruano, sentado ante el bufete de la sala contigua, leía la prensa, preparaba la información extranjera con noticias tomadas de los periódicos o confeccionaba la revista de modas, la sección industrial o comercial, o la titulada Totum revulutum , utilizando los recortes guardados, como materiales para las mismas, en papeleras colgadas de la pared.

Cuando los aprendices de la imprenta se llevaban los últimos originales, Menéndez Pidal y Fernández Ruano celebraban una sesión literaria interesantísima. Ya leían algunos trozos de la última obra publicada, ya emitían su juicio crítico acerca de la misma, ya cambiaban impresiones sobre el movimiento intelectual de España y del extranjero. Ya don Manuel Fernindez Ruano recitaba muy pausadamente su magnífica oda al Canal de Suez o suhermoso poema a Carlos V; ya don Juan Menéndez Pidal declamaba, de modo irreprochable, su bellísimo Romance de las Nieblas o la interesante leyenda Don Nuño de Rondaliegos, escrita en fabla antigua.

Al atardecer ambos maestros del periodismo marchaban al establecimiento La Catalana, para corregir las últimas pruebas y dirigir el ajuste del periódico.

¿Decía el regente que hacía falta composición? Pues el director de La Lealtad no se apuraba. Al momento escribía nna [sic] semblanza en verso de una linda muchacha cordobesa o componía un ingenioso jeroglífico, valiéndose de letras, signos de Aritmética y de puntuación, filetes y otros materiales tipográficos

Menéndez Pidal y Fernández Ruano se profesaban un entrañable afecto; entre los dos desarrollábase una gran corriente de simpatía, apesar de la enorme diferencia que se notaba entre el genio y el carácter de ambos. El primero era un manojo de nervios, no se podía estar quieto un segundo; a través de sus lentes brillaban unos ojos expresivos, de mirada viva y penetrante. Su locuacidad cautivaba.

El segundo, por el contrario, parecía la personificación de la calma y la tranquilidad. Las tristezas o alegrías de su alma jamás se le reflejaban en el rostro. Su andar lento, reposado, tranquilo, corría parejas con su conversación.

Un día, al presentarse el ilustre literato en la imprenta, los tipógrafos observaron que tenía un bulto enorme en uno de los bolsillos del amplio gabán en que solía envolverse hasta en verano ¿Qué trae usted ahí? le preguntaron. No sé, contestó, al mismo tiempo que introducía la mano en el bolsillo y sacaba un gato que había buscado allí cómodo lecho mientras el abrigo estaba colgado en una percha de la redacción.

Don Juan Menéndez Pidal necesitaba más amplios horizontes que los que Córdoba le ofrecía y renunció el cargo de director de La Lealtad para volver a Madrid. Los numerosos amigos y los compañeros que aquí dejaba le obsequiaron con un banquete de despedida en el restaurant Suizo.

El cantor de las tradiciones asturianas no olvidó nuestra ciudad a la que estaba ligado por los lazos del amor y volvió para contraer matrimonio con una aristocrática señorita, nieta de los marqueses de Senda Blanca.

Luego nos visitó en varias ocasiones, obteniendo siempre una acogida muy afectuosa.

La ausencia del señor Menéndez Pidal y la disminución de los suscriptores de La Lealtad motivada por la desmembración que produjo en el partido conservador la disidencia de don Francisco Romero Robledo, decidieron al Conde de Torres Cabrera a modificar su periódico para reducir los gastos del mismo.

Con este objeto el órgano provincial de los conservadores se fusionó con el diario de la Corte Las Ocurrencias . Este venía de Madrid con las planas primera y cuarta en blanco y aquí se llenaban, efectuándose la composición y tirada en la imprenta La Actividad.

La redacción se estableció en un pequeño local de la calle de García Lovera, que más parecía el portal de un memorialista que las oficinas de un periódico.

Nombróse director del diario en que nos ocupamos a su redactor jefe don Manuel Fernández Ruano y entre él, un noticiero que a la vez ejercía el cargo de ordenanza y el autor de estas líneas confeccionaban La Lealtad , con el concurso de valiosos colaboradores. Uno de los más importantes era un joven capitán de Ingenieros que, a poco de venir a Córdoba, ocupó un puesto preferente en el partido, llegando a ser alcalde de la ciudad, don Juan Tejón y Marín.

Este enviaba diariamente montones de cuartillas con artículos doctrinales, noticias, estudios científicos y comentarios a la prensa o a los sucesos de actualidad.

En el diario a que nos referimos explanó proyectos tan importantes como los de construir cuarteles, crear una Escuela de Artes y Oficios, convertir en jardines una parte del Campo de la Victoria y erigir monumentos a Cristóbal Colón y el Duque de Rivas, de los cuales únicamente los dos últimos no pudo realizar.

Al ser reformado el periódico sustituyóse el titulo de la sección A punta de tijera por el de Miscelánea .

En esta sostuvo varias polémicas literarias con El Adalid , el cual dijo, en una ocasión, que sus redactores publicaban poesías en La Ilustración Española y Americana “ainda mais”, pagándoselas; frase que La Lealtad estuvo repitiendo diariamente en sus columnas durante varios meses, como también repetía, a la cabeza de todos los números, esta declaración hecha en uno de sus discursos por Romero Robledo: “Yo he tenido la desgracia de separarme de un partido que me colmo de bendiciones.”

Una de las polémicas aludidas se agrió de tal modo que el señor Fernández Ruano le puso término con un articulo, firmado, enérgico, vibrante, el cual constituía un verdadero cartel de desafío.

El redactor de El Adalid don Julio Valdelomar encontró, a los pocos días, a don Manuel Fernández Ruano, y en vez de pedirle explicaciones, le abrazó efusivamente, felicitándole por su actitud.

Aquel hecho fué muy comentado en todas partes de modo muy favorable para el batallador periodista Valdelomar.

El Conde de Torres Cabrera reorganizó el partido conservador en esta provincia, logrando que constituyera nuevamente un núcleo muy numeroso y decidió conceder toda la importancia posible a su órgano en la prensa, cuya anterior reforma, en honor de la verdad sea dicho, no había agradado a la mayoría de los lectores.

Con tal objeto adquirió una imprenta, donde fuese editado todo el periódico, estableciéndola, con el título de La Puritana, en un local de la calle de Claudio Marcelo, y trasladó la redacción del humilde portal de la calle de García Lovera a uno de los amplios salones de la planta baja de su magnífico palacio, estancia lujosa, con las paredes cubiertas de telas, bien amueblada, que seguramente podía competir con las oficinas de los periódicos más importantes de la Corte.

Delante de un ventanal de grandes dimensiones hallábase el bufete del director; al otro lado una mesa antigua, de figura, llena de libros; en el centro una mesa ochavada repleta de periódicos; por todas partes cómodos sillones y butacas.

Don Manuel Fernández Ruano volvió a ejercer el cargo de redactor jefe de La Lealtad , siendo nombrado director del mismo uno de sus colaboradores, el culto literato granadino don Miguel Gutiérrez, catedrático del Instituto de Segunda Enseñanza de Cabra que, en aquella época, acababa de ser trasladado al de Córdoba y amigo íntimo de don Juan Menéndez Pidal.

El Conde de Torres Cabrera, que no dejó de escribir en su periódico desde que lo fundara, intensificó su labor de modo notable.

Todas las mañanas, muy temprano, envuelto en amplia bata y con la cabeza descubierta aún en los días más crudos del invierno, encerrábase en su despacho y paseando en él, al mismo tiempo que hacía una gimnasia original, consistente en arrojar en alto y aparar unas piedras que le servían de pisapapeles, dictaba a su popular escribiente Antúnez largos y concienzudos artículos en los que trataba de política, de agricultura o de la defensa de los intereses locales y provinciales, artículos con los que intercalaba detalladas informaciones de la exposición permanente de productos y maquinaria agrícola que tenía en su palacio o de las reuniones que, todas las semanas, celebraban en el mismo los correligionarios del ilustre prócer.

Don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba ordenaba a su amanuense que no escribiera en cada cuartilla, de papel de barba, más que seis líneas, con letra muy grande y clara y, cuando hacía alguna modificación, en vez de tachar las palabras inservibles, pegaba sobre ellas una tirita de papel blanco, en la que efectuaba la corrección.

En esta nueva etapa de la vida de La Lealtad aumentaron sus colaboradores; entre los nuevos figuraban un jefe del Ejercito, retirado, don Fernando Madariaga, que publicó una serie de interesantes artículos analizando las reformas militares del general Cazorla; un profesor de Latín, don Pablo Antonio Fernández de Molina, que amenizaba el diario conservador con elucubraciones filológicas y polémicas literarias, y un hijo de este, don Antonio Fernández de Molina y Donoso que, en el periódico a que nos referimos, se dió a conocer como poeta delicado y fácil.

Todas las tardes, en la redacción, congregábanse varios significados conservadores y, sentados alrededor de la mesa ochavada, improvisaban agradables tertulias en las que solían llevar la voz cantante el militar retirado y el profesor de Latín referidos.

Don Miguel Gutiérrez, amigo de vivir apartado del “mundanal ruido” pronto renunció la dirección del periódico, para seguir como colaborador del mismo, y se encargó de sustituirle don Manuel Guerrero Estrella, un viejo aficionado al periodismo, que sólo lo ejerció nominalmente, pues el verdadero director fue, en lo sucesivo, el Conde de Torres Cabrera.

En este período de la existencia de La Lealtad se registró en Córdoba un acontecimiento político; el jefe del partido conservador don Antonio Cánovas del Castillo pronunció un discurso, en el que hizo importantísimas declaraciones, en el banquete conque le obsequiaron correligionarios en la huerta de Segovia.

El periódico a que dedicamos esta crónica retrospectiva publicó amplias informaciones de la estancia del señor Cánovas entre nosotros, no pudiendo reproducir íntegro su discurso porque los taquígrafos que vinieron de Madrid para tomarlo no supieron traducir los garabatos conque llenaron infinidad de cuartillas.

Desde la Corte acompañaron al gran estadista redactores de los más importantes periódicos madrileños y para oirle vinieron muchos de la región andaluza, todos los cuales honraron con su visita las oficinas del diario local del partido conservador.

Entre La Lealtad y El Adalid siguieron las polémicas literarias y políticas y una de ellas motivó un desagradable incidente, ocurrido en la puerta del templo de San Miguel, entre el Conde de Torres Cabrera y el director del periódico romerista don Enrique Valdelomar.

Por las tardes, cuando quedaba cerrada la edición del periódico, sus redactores, en unión del administrador del mismo, un hombre simpático en la intimidad, adusto en apariencia, por lo cual la gente llamábale el Pollo agrio , marchaban a la taberna denominada de San Zoilo y allí, entre copa y copa del oloroso Montilla, charlaban de todo y don Miguel Gutiérrez deleitaba a sus compañeros recitando, ya el inspirado brindis, en verso, a los poetas cordobeses, de que era autor, ya las composiciones, llenas de ingenio y gracia, que escribía para las vetadas de la original sociedad egabrense titulada Lekanaklub, palabra del idioma universal el Volapuk, composiciones en las que resultaban verdaderas enormidades de la mezcla de palabras españolas, griegas y latinas.

Muerto el desventurado y eximio poeta don Manuel Fernández Ruano le sustituyó en el puesto de redactor jefe de La Lealtad un empleado de la casa de los Condes de Torres Cabrera, don lose Navarro Prieto, en sus mocedades periodista cáustico y mordaz, fundador de los semanarios satíricos La Víbora y La Cotorra , que le dieron gran popularidad pero, a la vez, le ocasionaron serios disgustos.

Navarro Prieto se reveló en su nuevo cargo como escritor concienzudo y de vasta cultura, secundando muy acertadamente las campanas del Conde de Torres Cabrera y emprendiendo otras, de las que merece especial mención, por lo bien documentada, una en pro del libre cultivo del tabaco en España, que la opinión pública y la prensa acogieron con sumo agrado.

Los principales colaboradores del diario conservador dejaron de escribir en el a consecuencia de haberse ausentado de nuestra capital y fueron sustituidos por otros, entre los que figuraba un presbítero, amigo de la infancia de Navarro Prieto, que a sus múltiples conocimientos científicos y literarios unía dotes de escritor satírico tan excepcionales como las del antiguo director de La Víbora.

Un sesudo periodista, don Dámaso Angulo Mayorga, inició una polémica respecto a si la Iglesia católica sancionaba o no la pena de muerte; intervinieron en el debate personas muy significadas en las esferas del saber y la terminó el sacerdote a que aludimos con un articulo tan bien razonado, tan lleno de sólidos argumentos, que llamó extraordinariamente la atención de teólogos y jurisconsultos.

Navarro Prieto solía decir a su amigo de la infancia y hermano por el ingenio y la mordacidad: “cada vez que cojes [sic] la pluma derribas una casa” y no iba descaminado en tal afirmación.

No dejaremos de mencionar otro colaborador de La Lealtad en sus últimos tiempos, el maestro de primera enseñanza don Esteban de Benito, hombre extravagante, que escribía con mucha donosura versos festivos, sonoros, fáciles.

Esteban de Benito tenia a su cargo las crónicas de salones y de fiestas literarias, las críticas de teatros que firmaba con el pseudónimo de Poliuto y, cuando era preciso, ayudaba en sus tareas a los noticieros, además de amenizar el diario conservador con poesías ingeniosas y chispeantes.

Tanto satisfizo al Conde de Torres Cabrera la intensa labor de don José Navarro que confirió a este la dirección y administración del periódico, relevándole de su primitivo cargo.

Navarro Prieto trasladó la redacción del palacio del ilustre prócer al local de la calle Claudio Marcelo en que se hallaba la imprenta La Puritana y allí, en un pequeño departamento, veíasele horas y horas, ante el bufete, sin levantar la cabeza, no emborronando cuartillas, sino llenando octavillas de letra menudita, clara, sin tachones ni enmiendas, sin omitir un signo de puntuación.

Mezclaba con este trabajo todos los relativos a la administración del periódico y la corrección de pruebas y

aún le quedaba tiempo para ir al Ayuntamiento, cuando era concejal, y para charlar y beber unas copas de Montilla con cuatro amigos en la típica taberna de Morales.

El sustituyó por el título de Indirectos él de la sección denominada Miscelánea y A punta de tijera en la que comentaba, con tanto gracejo como intención, sucesos y noticias, poniendo al pie la firma de Padre Cobos .

Cuando el autor de estos recuerdos no podía escribir su diaria nota de actualidad que se titulaba Fruta del tiempo , reemplazábale, con ventaja para los lectores, don José Navarro, quien publicaba, firmándolas con el pseudónimo de Cachopín de Laredo , impresiones interesantísimas, avaloradas por una prosa impecable de corte verdaderamente clásico.

El popular periodista a que nos referimos fué quien primero inició en nuestra ciudad la idea, felizmente realizada, de obsequiar, durante las fiestas de Navidad, a los soldados cordobeses que hallábanse en los campos de batalla, al estallar la guerra de Marruecos en el año 1893.

Al efecto, recibió y envió a Melilla gran número de donativos consistentes en prendas de ropa, dulces, vino, cigarros y otros artículos, obteniendo por su laudable pensamiento entusiásticas felicitaciones.

El fundador de La Víbora y La Cotorra era hombre temible cuando se le jugaba una mala partida.

En cierta ocasión convino con la Agencia que le enviaba la información telegráfica un servicio especial para publicar la lista de la Lotería de Navidad. Llegó el día, del sorteo, las horas transcurrían y los telegramas no llegaban.

Una nube de vendedores invadió las calles voceando los extraordinarios de los demás periódicos con la lista completa. Pepe Navarro dirigió este contundente y lacónico despacho al director de la Agencia: Son las tres de la tarde y no he recibido los telegramas de la Lotería. No tiene usted vergüenza.

A causa de una violenta campaña que sostuvo acerca del deplorable estado de los establecimientos de la Beneficencia provincial fué victima de una agresión que le puso en peligro la vida.

Navarro Prieto tenía, como noticiero, a un hombre popularísimo, también ingenioso y ocurrente, que escribía, a la vez, graciosas revistas de las corridas de toros, firmándolas con el pseudónimo El Cojo de Marras .

El Conde de Torres Cabrera, por motivos que desconocemos, decidió sustituir a su periódico el título de La Lealtad por el de La Monarquía y, como si el nuevo nombre hubiera ejercido una maléfica influencia, el diario conservador empezó a decaer de una manera ostensible.

Lo abandonó Navarro Prieto; por su dirección pasaron, con la rapidez de meteoros, varias personas, algunas de las cuales jamás habían ejercido la profesión del periodismo y, al fin, desapareció este importante órgano de la prensa local, tras una larga agonía.

Una nota triste para concluir:

De todos los redactores que tuvo La Lealtad en sus primeras etapas sólo queda el autor de estas lineas; los demás murieron, de manera trágica algunos: el primitivo noticiero y ordenanza de la redacción, que se cortó de un pistoletazo el hilo de la existencia.

Septiembre, 1924.