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Luculo En Casa De Luculo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Luculo En Casa De Luculo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace medio siglo, en una de las calles más céntricas de la ciudad, habitaba una familia compuesta de cuatro hermanos, tres hembras y un varón.

Una de las hembras estaba casada con un militar de alta graduación y dos eran solteras. El varón, también soltero, dedicábase tal comercio y tenía un establecimiento en la casa donde habitaban todos.

Puede decirse, sin incurrir en exageración, que dicha familia estaba relacionada con todo Córdoba. Constantemente recibía innumerables visitas, lo mismo de personas aristocráticas que de la clase media.

En aquella época en que no había casinos, en que el público apenas concurría a los cafés, en que los teatros permanecían cerrados casi todo el año y en los paseos únicamente reinaba animación los días festivos, en muchas casas celebrábanse reuniones y tertulias, en las que parientes y amigos mataban el tiempo entretenidos con honestas distracciones o entregados a amena charla.

Entre esas tertulias figuraban en primer término, como las principales, por la calidad y el número de las personas que acudían a ellas, las de la familia a que nos referimos.

Por su domicilio no cesaba de desfilar gente desde muy temprano hasta las diez de la noche, hora a que el vecindario se recluía en sus hogares.

Las mujeres, como de costumbre, hablaban de noviazgos, trapos y moños; los hombres de las revueltas políticas o de la guerra civil en que ardían las provincias del Norte y unas y otros comenzaban el suceso más saliente de la crónica escandalosa, pródiga siempre en ocurrencias sensacionales.

La charla se interrumpía para jugar una partida de ajedrez o para leer los periódicos más populares entonces, El Globo, La Iberia y El Cencerro.

Los hermanos aludidos, simpáticos, afables, cariñosos, trataban a sus contertulios, a la vez que con exquisita cortesía, con gran confianza y tenían la costumbre de invitar, para que les acompañasen en la mesa, a todos cuantos se hallaban en la casa a la hora de la comida.

No era tal invitación, como suele serlo de ordinario, una pura fórmula, una frase impuesta por la buena educación; la familia en que nos ocupamos insistía en ella y, si sus amigos la rehusaban llevábanle a empellones hasta el comedor.

Este, más que el de una casa particular, parecía el de una fonda de primer orden.

En su centro había una larga mesa, cubierta de blanquísimos manteles, y llena de un extremo a otro, de platos y cubiertos.

Adornábanla caprichosos jarrones con ramos de fragantes y olorosas flores; artísticas fuentes con variadas frutas; multitud de botellas con licores y vinos de todas clases, a juzgar por sus diversos colores.

Quien penetraba allí por primera vez, ante la perspectiva de un banquete suntuoso, recordaba la célebre frase: Lúculo en casa de Lúculo, pero apenas comenzaba el. yantar sufría una terrible decepción.

Una criadita muy guapa, muy pizpereta, muy limpia, que abría el apetito, era la encargada de servir la mesa. El primer plato, la sopa, consistía en una enorme cantidad, no de caldo sustancioso, sino de agua caliente, en la que nadaban algunos trocitos, casi microscópicos, de pan tostado; el segundo en un cocido, sin carne ni tocino, en el que se perdía un par de docenas de garbanzos entre un montón de legumbres; el tercero en una abundante ensalada y... pare usted de contar.

Enmedio de la mesa había una fuente llena de rebanadas de pan y la señora de la casa servía una de aquellas a cada comensal, en vez de servirle un bollo o una rosquilla; las botellas permanecían herméticamente cerradas y, según las malas lenguas, no contenían exquisitos vinos y licores, sino agua coloreada con anilina; a las frutas no se les tocaba porque después de apurar grandes platos de ensalada, decían los dueños de la casa invariablemente a los invitados: Nosotros no podemos con más, ustedes tomen lo que quieran y los comensales se levantaban con más apetito que tuvieron al sentarse ante la mesa, pensando que aquello no era Lúculo en casa de Lúculo, sino el hambre en casa de la miseria.

Los hermanos de las constantes y popularísimas tertulias habían ideado una manera ingeniosa de obsequiar a sus amigos sin hacer gasto alguno y en esto consistía el merito de sus banquetes.

Diariamente preparaban la comida necesaria sólo para ellos; una sopa sustanciosa y un cocido con garbanzos, carne, tocino y jamón.

Al mismo tiempo cocían separadamente legumbres en abundancia y llenaban de ensalada un lebrillo.

Al llegar la hora de servir la mesa, con arreglo al número de convidados que tenían, aumentaban la sopa agregándole agua caliente y echaban a los garbanzos hortaliza, después de haber apartado jamón, carne y tocino.

La ensalada nunca podía escasear, pues como entonces costaba muy poco servíase en cantidad suficiente para que comiera un regimiento.

Cuando a las diez de la noche terminaban las visitas porque cada mochuelo iba en busca de su olivo la familia de que tratamos congregábase de nuevo, ya sola, en el comedor y entonces satisfacía su apetito con una abundante cena.

Componíanla un plato de legumbres aliñadas, las que no hubo necesidad de agregar al cocido; la carne, el tocino y el jamón de este; la ensalada sobrante de la comida; las frutas que en la misma nadie probó y, no una rebanadita de pan, sino las que cada cual quería, sin limitación alguna.

Y hasta permitíanse el lujo de destapar una botella, la única que no estaba llena de agua con anilina, sino de licor de café, para tomar una copita que facilitara la digestión.

Tales eran los banquetes, que llegaron a obtener celebridad, de aquellos hermanos por cuya casa, hace medio siglo, desfilaba todo Córdoba y de los que aún conservan el recuerdo algunas personas que, desde hace muchos años, peinan canas.

Septiembre, 1924.