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Los Altares Del Jueves Santo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Los Altares Del Jueves Santo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Una de las costumbres más simpáticas del pueblo cordobés que, como todo lo tradicional, ha decaído mucho y que el Ayuntamiento se propone restablecer, por lo cual merece plácemes, es la de insta!ar altares en las casas el Jueves Santo.

Hace medio siglo, en ese día grande y solemne, no habia calle en que, a través de una ventana, no se ofreciera a la contemplación del público un improvisado oratorio lleno de encanto y poesía, dedicado a conmemorar el drama sublime de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

El número de estos altares era extraordinario en los barrios bajos de la población, especialmente en los de Santa Marina y San Lorenzo, donde se erigían hasta en las viviendas más pobres.

Apenas comenzaba la Semana Mayor, las familias que ponían altar dedicábanse a visitar a sus amigas y conocidas para pedirles elementos con que exornarlos: imágenes, candelabros, fanales, colgaduras y flores.

Cuando tenían reunidos todos los efectos necesarios, principiaba la ardua tarea de la colocación, con el concurso de todos los vecinos.

Elegíase, para instalarlo, la mejor habitación, prefiriéndose una del piso bajo que tuviera ventanas a la calle.

Ante el muro principal, utilizando mesas, cajones, tablas y todo lo aprovechable construían el altar, un altar muy amplio, muy elevado, con muchos cuerpos. Vestíanlo de telas rojas y de blancos manteles y llenábanlo de efigies, de jarrones, de candelabros, de vasos con flores y de velas.

Cubrían las paredes con vistosas colgaduras, generalmente colchas, colgaban del techo lámparas y gasas recogidas en pabellones; extendían en el suelo, a guisa de alfombra, mastranzos y pétalos de rosas y completaban el decorado con macetas y flores artificiales.

Muchos altares sobresalían, ya por su riqueza, ya por el mérito de las imágenes, ya por el buen gusto conque estaban colocados.

Llamaba, con justicia, la atención uno perteneciente a un vecino de la calle de los Moriscos, a quien el pueblo conocía por un remoquete original, Cabrahigo, altar en el que estaban representadas por bonitas efigies las principales escenas de la Pasión.

Una familia apellidada Duarte instalaba en la calleja del Soldado otro que obtuvo renombre; aparecía en él un Santo Sepulcro de gran tamaño y las colgaduras estaban festoneadas, en su parte superior, con mantillas blancas y negras.

Notables eran, asímismo, entre otros, los altares de la almona, vulgarmente conocida por casa de paso, de la calle Fernán Pérez de Oliva; el de don Antonino Alfaro, situado en la Carrera del Puente, y el del popular vecino de la calle de Lineros Manuel Ruiz, apodado Calcetas, por descender de una de las antiguas familias cordobesas que se dedicaban a la industria de la calcetería.

Algunos panaderos también colocaban buenos altares, de los que mencionaremos los de Toribio y Salmoral, que tenían sus tahonas en la Fuenseca y en la calle de Santa María de Gracia.

Asimismo los taberneros conservaban esta piadosa y bella tradición, pero los altares de las tabernas no estaban en habitaciones del piso bajo, sino en las del principal que tnvieran [sic] balcones a la calle.

En la de San Pablo sobresalían los altares de Pepita Toribio y la Gallita; en la de San Alvaro el de Camilo Aroca, y en la del Cardenal Herrero el de Manuel Criado, quien de todas las personas citadas quizá sea la única que conserva tal costumbre.

La noche del Jueves Santo los vecinos de la casa en que había un altar congregábanse en el local donde se hallaba aquel, luciendo los trapitos de cristianar ; las mozas sus vestidos de más lujo y sus mejores alhajas; los nozos el traje de paño negro, la camisa de pechera encañonada y las botas con casquillo de charol.

Millares de hombres y mujeres, formando animados grupos, recorrían la población para ver los altares; deteníanse ante aquellos preciosos sagrarios de la fe del pueblo; los hombres se descubrían y nunca faltaba uno que entonase una saeta vibrante y sentida, a la que contestaba con otra, llena también de sentimiento, cualquiera de las mozas que pasaban la noche velando al Señor en el oratorio improvisados.

Los dueños de los altares invitaban a sus amigos y conocidos, si se detenían a cantar ante aquellos, para que entrasen en la casa y los obsequiaban con tortas y aguardiente.

¡Qué indescriptible aspecto presentaban las calles Mayor de San Lorenzo y Mayor de Santa Marina! Por sus ventanas salían verdaderos torrentes de luz y la animación no decaía un instante hasta que comenzaba a alborear el nuevo día.

Al terminar la procesión de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor, organizada en la iglesia del convento de San Cayetano, un gentío inmenso invadía los dos barrios más populares y típicos de nuestra ciudad, interrumpiendo el silencio augusto y solemne caracteristico de ambos.

Los sacristanes y cantores de Iglesia, entre los que, hace medio siglo, había algunos muy notables, visitaban los altares más renombrados y en ellos entonaban, a coro, los cánticos propios de Semana Santa.

Los dueños de altares invitaban a las muchachas que se distinguían por su buena voz y exquisito gusto para cantar saetas, a fin de que contestasen a los mozos que las entonaban ante aquéllos y casi todos los años venían de los pueblos próximos, con igual objeto, algunas jóvenes, de las que citaremos a la vecina de Almodóuar del Río Carmen Castilla, notable intérprete de esos poemas populares inspirados por la Fe, pletóricos de ternura y de sentimiento.

A punto de amanecer, cuando parpadeaban las velas de los altares como si las dominase el sueño, y dormitaban, sentadas en sus sillas, las mujeres que habían pasado la noche velando al Señor, nunca faltaba un hombre que, aproximándose a la ventana, lanzase al viento esta copla:

Qué hermoso está el Monumento, con tanta luz encendida; mujeres que estáis adentro despertad si estáis dormidas y adorad al Sacramento.

La gente no sólo acudía a los altares erigidos por el vecindario; también visitaba los lugares en que hallábanse expuestas a la pública veneración imágenes de Jesús, tales como la capilla de la puerta de Gallegos, el retablo de la plaza de las Tendillas y las ermitas del Cristo de los Caminantes y el Señor en el Pretorio, donde muchas personas pasaban la noche, entregadas al rezo y a la meditación.

¡Hermosa tradición la de los altares del Jueves Santo que nunca debió decaer y por cuyo resurgimiento debemos interesarnos todos los buenos cordobeses!

Abril, 1925.