La Farandula De Feria es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Entre las notas típicas de nuestras ferias llamaban la atención antiguamente ciertas figuras de la farándula, muy pintorescas e interesantes, que ya han desaparecido.
Era una de ellas el prestidigitador callejero. Acompañábale siempre un ayudante cargado con una mesilla y con los artefactos indispensables para el trabajo del artista, con las que pudiéramos llamar herramientas de su oficio.
El Macallister de plazuela instalaba sus reales por la mañana en la calle de Claudio Marcelo y por la tarde en la plaza de las Tendillas, en la carrera de los Tejares o en la puerta de Gallegos; preparaba los aparatos para la función y comenzaba a agitar una campanilla, medio de que se valía para llamar al público.
Pronto veíase rodeado de gente y comenzaba a realizar escamoteos y otros juegos de manos, que producían el asombro de los espectadores y aterrorizaban a los más inocentes, para los que todo aquello era obra del diablo.
No podían explicarse, de otra manera, la aparición y desaparición de las bolitas de corcho colocadas debajo de los cubiletes, ni que se pudiera sacar docenas y docenas de huevos de una talega vacía, ni que se enlazaran y desenlazaran con asombrosa facilidad diversos aros de metal perfectamente cerrados.
El prestidigitador amenizaba su trabajo con una charla no desprovista de gracia y de ingenio en la qne [sic] mezclaba palabras de varios idiomas, constituyendo una jerga casi incomprensible.
Este artista no acostumbraba a postular con un platillo entre la gente que se reunía para verle manipular, como casi todos los que formaban la farándula callejera; prefería rifar un pañuelo, una magnífica sortija de plomo u otro objeto análogo, procedimiento más disimulado que la póstula de implorar la caridad pública.
Tan indispensable como el voceador en los cinematógrafos cuando estos empezaron a popularizarse fué, hace cuarenta años, en las barracas de los espectáculos de feria, un personaje grotesto y original, que causaba la admiración del pueblo sencillo y hacía desternillarse de risa a los muchachos: el payaso que comía estopa encendida y luego arrojaba por la boca cintas de colores.
En la plataforma que había delante de la exposición de figuras de cera o de la caseta del fenómeno y en el tablado que coronaba la puerta del circo ecuestre o del teatrillo, veíasele siempre, con el rostro embadurnado de albayalde y pintarrajeado de carmín, envuelto en su amplio y característico traje de vivos colores.
El, con lenguaje pintoresco, explicaba las maravillas que se exhibían en la barraca e invitaba al público para que entrase a verlas. De vez en cuando suspendía el discurso y realizaba aquel experimento sensacional, inexplicable, misterioso, según el vulgo. Sobre una batea prendía fuego a una gran cantidad de estopa y, con un tenedor enorme, empezaba a echársela en la boca y a paladearla y engullirla como si fuese un manjar exquisito.
Transcurridos varios minutos, cuando aquel monstruo del Averno había hecho, sin duda, la digestión de su sabrosa merienda, empezaba a arrojar, en sustitución de las columnas de humo que antes salieran de sus fauces, largas cintas rojas, verdes, azules, de todos colores, las cuales iba enrollando en una caña.
Ante las barracas en que había uno de estos originales payasos agolpábase continuamente un inmenso gentío y muchas personas se devanaban los sesos pensando cómo se las arreglaría aquel demonio de hombre para ejecutar el prodigioso experimento de la estopa y las cintas.
En los alrededores de la Corredera durante la mañana y en las inmediaciones de la Feria por tarde y la noche veíamos un hombre al lado de una mesita sobre la que aparecía una vistosa jaula llena de pajarillas. Rodeábala una legión de muchachos, mozas y mozos, entre estos muchos soldados, todos llenos de infantil curiosidad.
Esta hallábase justificada, pues los pájaros predecían el destino de todo el mortal que depositaba una moneda de dos cuartos en el platillo colocado también en la mesa.
¿Cómo se operaba este prodigio? Cogiendo las avecillas, con el pico, uno de los múltiples papelitos, cuidadosamente doblados, que tenía la jaula en su fondo, en los cuales estaba escrito el porvenir de las personas.
¡Y no quedaba muy satisfecha la mozuela a la que el oróscopo [sic] anunciaba que pronto le saldría un novio o el quinto a quien predecía que llegaría a general!
¡Cuanto divertían al pueblo, hace medio siglo, las compañías de titiriteros ambulantes! Formábanlas, de ordinario, un hombre, una mujer y varios chiquillos.
Todos, exceptuando uno de estos que vestía el traje del payaso, ostentaban mallas viejas y descoloridas que permitían apreciar la flacidez de sus cuerpos martirizados continuamente por el hambre.
Cargados con una curiosa impedimenta, un tambor viejo, un pedazo de alfombra sucio y roto, una silla de madera y unos aros, recorrían la población y en cualquier plazuela deteníanse para ofrecer a los transeuntes un espectáculo.
El redoble del tambor llamaba al público; cuando se habían reunido varias docenas de personas el hombre de las mallas viejas y descoloridas formaba corro agitando en el espacio unas bolas de madera sujetas a unos cordones y acto seguido empezaba la función.
El artista de más edad, el que pudiéramos llamar cabeza de familia, hacia equilibrios en la silla; la mujer y los chiquillos realizaban ejercicios acrobáticos sobre el trozo de alfombra y los muchachos daban saltos mortales, se retorcían en contorsiones inverosímiles y pasaban a través de los pequeños aros, ondulando como serpientes.
El diminuto payaso con sus bufonadas provocaba la hilaridad de los espectadores.
Concluída la función los pobres titiriteros daban la vuelta al corro demandando una limosna e iban a otro sitio a repetir el espectáculo.
Por las tardes estos humildes representantes de la farándula trabajaban en el Campo de la Victoria, detrás del muro posterior de los jardines altos y para verlos acudía allí más gente que a la plaza de toros para admirar las portentosas faenas de Lagartijo y Frascuelo .
Los teatrillos de feria contaban con un elemento muy sugestivo para atraer al público, las boleras.
En el tablado que coronaba la puerta de la barraca exhibíanse varias mujeres luciendo las torneadas piernas cubiertas con una malla, con el vestido de tonelete lleno de lentejuelas, descotadas y sin mangas el jubón de vivos colores, cubiertas de cintas y lazos, llamativas sin recurrir a lo que hoy llaman sicalipsis.
Los hombres agolpábanse ante la barraca para verlas y requebrarlas y muchos entraban en ella, no por presenciar la función, sino por admirar los encantos, a veces marchitos, de las boleras.
Puede afirmarse que estas constituían el alma de las compañías de tales teatrillos, pues además de servirles de reclamo y de acompañar a la murga que tocaba en la puerta con el redoblante, el bombo y los platillos, eran las actrices y formaban el cuerpo coreográfico que, como fin de fiesta, ejecutaba los antiguos bailes españoles, mucho más artísticos que los actuales.
Una legión de músicos ambulantes completaba la farándula de Feria: violinistas, ciegos tañedores de guitarras y bandurrias, el italiano con el organillo, sobre el cual hacía piruetas un pequeño mono y, destacándose entre todos por su grotesca figura el hombre-orquesta que cubría su cabeza con un morrión de lata coronado por un chinesco, llevaba a la espalda un bombo, unos platillos y un triángulo y en la maco un clarinete o un acordeón, instrumentos que tocaba a la vez, para lo cual tenía que valerse hasta de los pies y estar en movimiento continuo.
Siempre al ver al hombre-orquesta y al andarín, que ya también ha desaparecido, recordábamos la conocida frase: ¡lo que trabajan algunas personas por no trabajar!
Mayo, 1925.
