Los Primitivos Centros De Informacion es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
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¡Qué diferencia hay entre los procedimientos que se utilizaba antaño para propalar y difundir las noticias y los que se usa en la actualidad!
Hace un siglo no se publicaba periódicos en Córdoba, exceptuando el Boletín Oficial,y las fuentes informativas en que hoy beben los gacetilleros estaban completamente secas.
¿Cuáles eran los centros de información entonces? preguntará el lector.
Los principales, los más importantes eran las barberías, aquellas barberías clásicas que ostentaban, colgadas sobre la puerta, a guisa de anuncio, una vacía de metal dorado, y en el interior, ocupando un lugar preferente, la guitarra con su vistosa moña de lazos multicolores.
El pequeño portal en que ejercía sus numerosas y variadas profesiones el descendiente de Fígaro, rasurar la barba, cortar el pelo, producir una sangría o extraer una muela, servía de casino a los parroquianos y amigos que allí se congregaban diariamente para matar el tiempo entreteniéndose en jugar a las damas, en tañer la vihuela y en comentar los sucesos de actualidad palpitante.
En la barbería sabíase, no sólo cuanto pasaba en la ciudad sino todo lo que ocurría fuera de ella.
Cada concurrente encargábase de comunicar las noticias que podía adquirir y algunos aguardaban la llegada de las diligencias a los puntos de parada con el único fin de que los viajeros les enterasen de lo que sucedía en otras poblaciones, y cuando estos precursores de los periodistas modernos adquirían un notición, ya referente a una algarada política o a un movimiento revolucionario fracasado, ya a una hazaña de los terribles bandoleros de Sierra Morena, ya simplemente a un triunfo de Pepe Hillo o Costillares, apresurábanse a ir a sus casinos para comunicarlo, enriqueciendo siempre el relato con múltiples detalles sugeridos por la fantasía del narrador.
De vez en cuando llegaba a la barbería un periódico de Madrid, una publicación clandestina, en la que escritores satíricos de agudo ingenio y de aviesa intención ponían en solfa a Fernando VII, llamándole Manolo y otras lindezas, o a José I, el Pepe Botella de triste celebridad.
El maestro del establecimiento guardaba aquel papel como oro en paño y cuando se hallaba solo con sus amigos íntimos sacábalo misteriosamente y, rodeado por los contertulios, leíalo en voz baja, deteniéndose a cada momento para comentar un chiste o una frase de doble sentido.
Centros de información eran también antiguamente las sacristías de las iglesias. En ellas se reunían los sacerdotes, los sacristanes y algunos de sus amigos para pasar un rato entretenidos en agradable charla y transmitíanse las noticias referentes a bodas, bautizos y defunciones.
Estas tertulias, en los días de sol del invierno y en las noches espléndidas del verano, se trasladaban a las espaciosas plazuelas en que se levanta la mayoría de nuestros templos, siendo dignas de mención por el número y la calidad de las personas que concurrían a ellas las que se improvisaban delante de las iglesias parroquiales de la Magdalena y San Pedro.
Algunos respetables ancianos tenían su centro de ínformación en el recinto donde se eleva el triunfo en honor de San Rafael, próximo al Puente Romano y allí se congregaban diariamente para aspirar las frescas brisas del Guadalquivir y comunicarse noticias o cambiar impresiones respecto a la invasión francesa, que les llenaba de Santa indignación, o, algunos años después, acerca de la enconada guerra civil que ensangrentaba las provincias del Norte.
Con la conversación alternaba la lectura de los escasos periódicos que se recibía de la corte los cuales eran devorados por el público.
Las mujeres utilizaban como fuentes informativas las fuentes autenticas, aquellas grandes fuentes construidas en nuestras plazuelas a las que acudían con enormes cántaros apoyados en el cuadril para llenarlos de agua.
En ellas unas comadres se enteraban por otras de los chismes de vecindad, de la crónica escandalosa del barrio; ya del noviazgo que se concertaba o concluía, ya de las diferencias que originaban la separación de un matrimonio, ya de las infidelidades conyugales, ya de la fuga de unos enamorados.
Todas las noticias recogidas en dichos centros de información servían de tema a la charla de las familias que se reunían para pasar las veladas en invierno alrededor de la mesa estufa y en el verano en el patio lleno de flores o en la puerta de la casa de vecinos, barrida y regada cuidadosamente.
Hace más de medio siglo había en Córdoba un tipo original, interesante, que hoy podría figurar entre los mejores gacetilleros de la prensa. Era un hombre de clara inteligencia, la cual suplía su falta de cultura, simpático, locuaz, entrometido y de una actividad prodigiosa.
La gente le conocía por el apodo del Tío Rayo a causa de su extraordinaria ligereza. No le pesaban los años, apesar de que se hallaba en los linderos de la vejez; tenía piernas de acero y no podía permanecer parado un instante.
Sin demostrar jamás cansancio ni fatiga recorría incesantemente la población para averiguar noticias y comunicárselas a todo el mundo.
Apenas oía doblar encaminábase a la iglesia donde tañían las campanas para preguntar el nombre del muerto; cuando tocaban a fuego dirigíase a todo correr al lugar donde se había declarado el incendio, no para cooperar a su extinción, sino para informarse bien del siniestro; él era uno de los primeros en llegar al lugar en que se había desarrollado un crimen o una desgracia.
En épocas de grandes avenidas del Guadalquivir no cesaba de visitar el paseo de la Ribera o el Puente para ver si aumentaba o decrecía el caudal de aguas del río.
Cuando lograba adquirir la noticia que perseguía iba comunicándola de barbería en barbería y de taberna en taberna; parábase con los transeuntes para transmitírsela; en todas partes le llamaba la gente, ávida de que la informase del último suceso y, a cambio de sus informes, siempre verídicos y exactos, aquí le daban una propina, allí le obsequiaban con una chicuela de aguardiente o un vaso de vino y en algunas casas guardábanle las sobras de las comidas, que para él constituían snculentos [sic] banquetes.
Con todo esto y con las pequeñas retribuciones que percibía por otros servicios, los encomendados a recaderos y mandaderos, satisfacía holgadamente sus necesidades y aun le quedaba dinero para fumar nn [sic] magnífico puro de a cuarto los días en que repicaban en gordo y para convidar a un amigo con varios medios de Montilla.
El Tío Rayo era el periódico viviente, que no estaba sujeto a la censura ni expuesto a denuncias y suspensiones como la prensa de nuestros días; el precursor del periódico hablado que, quizá en fecha no lejana, sustituiría al periódico escrito.
Septiembre, 1925.
