Los Profesores De Las Muchachas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hace medio siglo, las Bellas Artes, y especialmente la Música, constituían un elemento esencial de la cultura de las muchachas.
No sólo las que disfrutaban de buena posición social sino las pertenecientes a la clase media aprendían a tocar el piano y en ninguna casa faltaba este, hoy sustituido en muchas por la pianola, instrumento que alguien ha definido muy acertadamente llamándolo máquina de machacar música.
En su virtud abundaban los profesores de piano y entre ellos sobresalían dos artistas eminentes, el maestro de capilla de la Santa Iglesia Catedral don Juan Antonio Gómez Navarro y don Cipriano Martínez Rücker.
Hombres antitéticos el primero impulsivo, un verdadero manojo de nervios; el segundo personificación de la serenidad y la paciencia, ambos reunían excepcionales aptitudes para la enseñanza y alumnas suyas fueron varias generaciones de muchachas, ya respetables señoras las que no han pagado su tributo a la muerte.
Del éxito que en su memorable labor obtuvieron ofrecíannos gallardas pruebas en aquellos brillantes conciertos que Gómez Navarro celebraba en su casa de la calle de Carniceros y Martínez Rücker en su hermosa huerta de San Basilio y en las fiestas literario-musicales, algunas de ellas con fines benéficos que, frecuentemente, se efectuaba en el Círculo de !a Amistad, en el Casino Industrial y en el Gran Teatro.
En la época a que nos referimos el sexo bello gustaba también de cultivar la Pintura. En el estudio del notable artista don Rafael Romero Barros jamás faltaba un grupo de señoritas adiestrándose en el manejo de los pinceles bajo la dirección del inolvidable maestro quien, a la vez que a enseñar a sus discípulas, dedicábase a pintar admirables paisajes, verdaderas obras maestras en su género.
En ninguna casa faltaban, como testimonio de la habilidad de una niña en el arte de Apeles, ya unos bodegones en el comedor, ya unas marinas en la sala del estrado, ya unos cogines [sic] con pájaros y flores sobre el sofá, ya un cubre-teclados en el piano, lleno de caprichosas pinturas.
Cuando se celebraba fiestas de toretes y cintas, aquellas fiestas lucidísimas que ya pasaron a la historia, las muchachas ponían a contribución su ingenio para bordar, o para pintar una cinta, siempre con la plausible aspiración de que fuese la mejor de todas.
Al mismo tiempo que el arte de la música estaba entonces en todo su apogeo el arte coreográfico, pero no las danzas antiestéticas actualmente de moda sino el baile andaluz, en que la mujer luce su gracia, su donaire, su gentileza.
Tenía este arte un maestro que podía considerarse una institución, el famoso don Paulino, de que ya tratamos en una de nuestras crónicas restropectivas [sic]; aquel hombre de larga nariz y pómulos salientes, demacrado y huesudo como una momia, que consideraba su profesión un verdadero sacerdocio.
En todas partes, al lado del piano estaban colgadas las castañuelas, unas castañuelas con muchas cintas de colores y para amenizar las reuniones de las familias y sus amigos, las fiestas onomásticas, y los grandes acontecimientos como la boda o el bautizo, las jóvenes, al compás del piano, acompañándose con el alegre repiqueteo de los crótalos, bailaban las sevillanas, las soleares, los panaderos, el vito, entusiasmando a grandes y a chicos, derrochando la sal de Andalucía.
Más de una vez estos bailes, celebrados en la caseta que el Círculo de la Amistad posee en el campo de la Victoria, constituyeron uno de los festejos más salientes de nuestras renombradas ferias.
No se consideraba completa la cultura de una señorita que no supiera caligrafía y todas mostraban gran aplicación para aprenderla, por el gusto de poder escribir las cartas a sus novios con preciosa letra inglesa o redondilla.
El único maestro de este arte que había en Córdoba, don Carlos Casanova, era un ser original; alto y delgado como una pértiga, desgarbado, poco pulcro en el vestir; el abandono que se advertía en su persona y en su traje revelaba que aquel hombre no tenia a su alrededor deudos que le cuidaran.
Cierto día una de sus discípulas, ingenua y candorosa, le preguntó: ¿usted tiene señora?
No, hija mía, contestó don Carlos; estoy solo.
Y la niña no pudo contener esta exclamación: ¡ay, pobrecito! por eso tiene las uñas tan negras.
Hace cincuenta años todas las jóvenes eran fervientes enamoradas de la poesía; más les agradaba asistir a una velada literaria que a un baile y muchas poseían álbums llenos de madrigales e idilios de los escritores cordobeses.
¡Cuánto esgrimieron el caletre para dedicar flores a las muchachas el barón de Fuente de Quinto, los hermanos García Lovera, Grilo, Fernández Ruano y otros maestros de la gaya ciencia!
Las muchachas románticas, en tal época que aún quedaban restos muy simpáticos del romanticismo, aquellas muchachas que bebían vinagre a fin de aparecer pálidas y ojerosas, aprendíanse de memoria las Rimas de Bécquer; en los ratos de ocio leían y releían la novela titulada Eloisa y Abelardo y en las tardes lluviosas y tristes del Otoño cantaban Las golondrinas y el Vorrei morir o tocaban en el piano el sentidísimo Nocturno , de Chopín, inspirado en el monótono ruído que producía la gota de agua al caer sobre los cristales de la estancia en que se agotaba lentamente la existencia del inmortal artista.
En las mañanas de la estación melancólica en que los árboles se despojan de su vestidura, esas muchachas, siempre madrugadoras, iban a oxigenarse los pulmones a los jardines Altos de la Victoria; a beber un vaso de leche de vaca en los típicos puestos de la Puerta de Gallegos, y al ver rodar las hojas secas, produciendo un ruído que semejaba una salmodia fúnebre, repetían in mente la bella estrofa:
Hojas del árbol caídas juguetes del viento son. Las ilusiones perdidas son hojas ¡ay! desprendidas del árbol del corazón.
Octubre, 1925.
