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Los Torneros (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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Los Torneros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

El oficio de tornero no es de los que han desaparecido o están a punto de desaparecer en Córdoba, pero se ha operado en él una transformación completa.

Hoy los tornos modernos, de complicada maquinaria, movidos por el vapor o la electricidad, han sustituido a los primitivos, de extraordinaria sencillez, que abundaban en nuestra ciudad durante el último tercio del siglo XIX.

El forastero que hace cuarenta años recorriera las calles de la parte baja de la población, sin duda se detendría, más de una vez, para satisfacer su curiosidad, ante pequeños portales en los que un hombre sentado en un banquillo muy bajo, encorvado, en una posición sumamente molesta, daba vueltas con la mano derecha a un aparato y con la izquierda y con un pie solo cubierto por el calcetín o la media, sujetaba trozos de madera para labrarlos.

Aquel hombre era el antiguo tornero.

En la gradilla de la puerta de su taller veíase, de ordinario, una espuerta de palma de gran tamaño, llena de objetos pequeños, uniformes, que variaban en las distintas épocas del año.

En los tiempos a que nos referimos constituían la especialidad del trabajo de los torneros cordobeses ciertos juguetes, predilectos de los muchachos, que ya han caído en desuso, pues todo está sujeto a los caprichos de la moda.

Eran estos juguetes los trabucos, conque los chiquillos producían detonaciones y disparaban proyectiles de papel de estraza mojado o de badana; los trompos de recia púa que, valiéndose del bien torcido zumbel, la gente menuda hacía bailar y echaba a pelear con entusiasmo semejante al que hoy le inspira el deporte del balompié, y las trompetillas pequeñas de las ferias y veladas de los barrios.

Como cada estación del año y aún cada mes tenía sus juegos especiales, los torneros dedicábanse periódicamente a la fabricación de distintos objetos y al aproximarse los famosos mercados de Nuestra Señora de la Salud y Nuestra Señora de la Fuensanta y las verbenas de Santa Marina, San Lorenzo, la Magdalena, Santiago y San Basilio tenían que velar para atender todos los pedidos de trompetillas que les hacían los vendedores de juguetes.

Ese infantil instrumento, de ruido desagradable, en unión de las carracas de madera y las campanas de barro, que también han desaparecido, constituían un conjunto inarmónico poco agradable contribuyendo poderosamente a aumentar la animación y la alegría propias de tales fiestas.

Los niños sabían cuáles eran los torneros que confeccionaban los trabucos más resistentes, las trompetillas más ruidosas y acudían con preferencia al portal de aquellos para adquirir, por el módico precio de dos cuartos, el codiciado objeto, eligiéndolo a su gusto entre los que contenía la espuerta de palma colocada en la gradilla de la puerta.

Obra exclusiva y muy típica de los torneros eran también los molinillos para las chocolateras, las majas para los morteros, los palilleros en que las mujeres guardaban las agujas y los alfileres y las aiguillas, denominadas vulgarmente daguillas en que las viejas apoyaban una de las agujas de hacer calceta.

Los artífices a que nos referimos también colaboraban en la obra de los carpinteros que se dedicaban a construir muebles para la clase media; aquellos muebles de maderas de escaso valor pero no desprovistos de belleza y elegancia, que tenían el encanto de la sencillez.

Ellos torneaban las columnitas salomónicas de la urna, indispensable en todas las casas, donde aparecía la imagen del Crucificado, de la Dolorosa, de San Rafael o San Antonio; ellos labraban las balaustradas para la cuna donde dormía el pequeñuelo entre encajes y gasas como un ángel entre girones [sic] de nubes; obra de ellos era gran parte de la cama de matrimonio y del armazón de las sillas denominadas de Cabra, aunque procedieran de las fábricas establecidas en la calle de la Sillería, de esta capital.

En los almacenes de muebles situados en las calles de Armas y de Almonas, entre las toscas mesas estufas, las modestas mesas de pino, las tarimas para los braseros, los catres de tijera, las arcas pintadas de color azul y los andadores de los niños, descollaban como objeto de lujo las urnas y las cunitas con sus columnas labradas a torno, semejantes por su esbeltez a las palmeras de nuestros patios y jardines.

Unicamente los torneros utilizaban la madera de adelfa, de la que hacían las trompetillas y otros objetos porque merced a su escasa dureza, cuesta poco trabajo labrarla.

La mayoría de los torneros tenia sus talleres en la Cruz del Rastro, en la calle de Lucano y en otras del barrio de la Ajerquía, ese interesante barrio en el que antiguamente estaban establecidas muchas artes e industrias típicas de Córdoba, como la platería y la guadamacilería entre las primeras y el curtido y adobado de las pieles y la preparación del lino para hilarlo y tejerlo entre las segundas. Durante las interminables veladas del invierno en los portalillos de los torneros improvisábanse agradables uniones en las que dichos obreros, sin abandonar el trabajo, y sus amigos y camaradas pasaban las horas distraídos en amena charla, interrumpiéndola de vez en cuando para hacer una escapada a la taberna del Portalillo con el objeto de apurar las clásicas chicuelas de aguardiente.

En las calurosas noches del estío estas reuniones solían terminar en el paseo de la Ribera, paraje ameno al que acudían los vecinos del barrio y de gran parte de la población para aspirar las frescas brisas del Guadalquivir en fama claro pero no siempre en ondas cristalino, como aseguró el poeta.

Septiembre, 1925.