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La Casa De Labor (Notas cordobesas)

De Cordobapedia
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La Casa De Labor es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Las casas de nuestros antiguos labradores, aquellas casonas genuinamente cordobesas, grandes y alegres, semejábanse a colmenas en las que laboraban sin cesar amos y criados, constituyendo verdederos enjambres de abejas, en los que jamás se daba cuartel a los zánganos inútiles y perjudiciales.

Nuestros labradores, aún los que poseían cuantiosas fortunas, estaban habituados al trabajo y acostumbraban a sus hijos, desde pequeñuelos, a trabajar, a ganar el pan con el sudor de su frente, como preceptúa el divino Redentor.

En la casa de labor madrugaba todo el mundo, lo mismo el anciano que el chiquillo, dedicándose cada uno a la faena que tenía encomendada.

La tarea, el ajetreo tanto de los dueños de la casona como de su servidumbre, aumentaban de modo extraordinario en ciertas épocas del año, especialmente en la dedicada a la recolección.

Continuamente llegaban enormes carros cargados de trigo y cebada, toscas y grandes carretas llenas de paja, que era preciso descargar y en esta operación y en la de trasladar los cereales a los amplios graneros ayudaban a los carreros y campesinos todos los hombres que había en la casa.

Los muchachos quedaban, entre tanto, al cuidado de los recios mulos y pacientes bueyes que, desenganchados o desuncidos de los vehículos descansaban en la parte más ancha de la calle o en la plazuela próxima.

Al atardecer, cuando se terminaba el trabajo del día, las mujeres, que no habían intervenido en aquel, comenzaban el suyo, consistente en barrer y limpiar de polvo toda la casa y en regar la puerta de la calle.

Mediado el Otoño había otro período de gran movimiento en la casa de labor; motivábalo la recolección de la aceituna, la matanza y los preparativos para el Invierno.

Los labradores trasladaban a sus viviendas, en caballerías, las aceitunas que no destinaban a la molienda y en los claustros del patio descargaban los serones llenos del sabroso fruto del olivo.

Las mozas elegían la aceituna mejor, la más gorda, la más sana para adobarla con destino al consumo de la familia y dejaban la restante en montones para venderla al público.

Innumerables personas acudían a comprarla porque entonces era elemento esencial de la alimentación, especialmente de la clase pobre.

Con el adobado de la aceituna se enlazaba la matanza, en cuyas operaciones intervenía toda la familia, invirtiendo muchos días a causa del gran número de cerdos que era preciso matar, no sólo porque sus carnes constituían el plato predilecto de los labradores, sino porque el tocino servía de base a las comidas de los obreros del campo.

Al aproximarse el Invierno las caballerías que poco antes transportaran la aceituna conducían a las casonas las corambres llenas de aceite que era vaciado en las tinajas; las carretas que, en el verano, condujeran la paja, iban ahora cargadas de leña para que en los crudos meses de Diciembre y Enero no faltase jamás el fuego en la chimenea de la cocina, muy semejante por su forma y proporciones a la del cortijo.

En tal época podía aplicarse con propiedad el calificativo de colmena a la casa del agricultor; los graneros estaban repletos de cereales, las tinajas de aceite y aceitunas, las orzas de carne en adobo, manteca y exquisita miel; el techo de la despensa y la campana de la chimenea llenos de jamones, chorizos y morcillas; la leñera atiborrada de troncos de encina.

Seguramente allí no se presentaría el aterrador espectro de la miseria.

Antes de que el sol dorara las altas torres de la ciudad presentábase en la casa del labrador el arriero del cortijo, conduciendo, en un mulo, la leche de cabra. Descendía de la bestia en uno de los poyos construídos en el portal, para que las gentes pudieran montar en las caballerías y apearse de ellas fácilmente; descargaba los cántaros, vaciaba su contenido en la orza de hojalata y, momentos después, quedaba instalado el puesto para la venta en la puerta de entrada de la casona. Constituíalo, además de la orza tapada con un blanco lienzo, la tosca mesa, no de pintado pino, sino de pino sin pintar, con las medidas y el lebrillo pintarrajeado, lleno de agua para lavar aquellas.

Una moza encargábase, generalmente, del puesto y en muy pocas horas expendía la leche, pura, sin adulteraciones, nutritiva.

En la época en que abundaba la leche de cabra y de oveja, las familias de algunos agricultores dedicábanse también a hacer quesos, que vendían en los puestos mencionados.

Muchas veces el arriero encontraba en su camino al arruquero o conductor de la recua de grandes y hermosos burros que, con el ruido de sus enormes cencerros, se encargaba de despertar al vecindario.

Los arruqueros también se dirigían a la casa de labor para recoger los costales llenos de trigo y transportarlos, en las caballerías, a los típicos molinos del Guadalquivir, donde el dorado grano quedaba convertido en harina.

Durante los meses de Marzo y Abril, en las plazuelas más próximas a las casas de los labradores, verificábase una operación que no dejaba de ser interesante, la de esquilar las ovejas. Conducíase a dichos lugares los rebaños y, en presencia de buen número de curiosos, especialmente chiquillos, se procedía a despojarlos de los enmarañados vellones de lana.

De vez en cuando el esquilador decía a su ayudante: trae el negro o trae el rubio, y aquel se le acercaba llevando un menjurje en un pequeño recipiente. Era una especie de pomada que se les untaba a los animales cuando se les hería con las tijeras, aplicándoles el ungüento negro o rubio según el color de la oveja herida.

En días determinados, como el de Santiago y el de la Virgen de Agosto, los obreros del campo venían a la ciudad para holgar y percibir los salarios correspondientes a la viajada .

Los labradores se reunían en su casinillo de la plaza de San Salvador y acordaban la cuantía de los jornales que habían de abonar a los campesinos.

Luego sacaban, en sus casas, de las corambres en que los tenían guardados, napoleones y peluconas, los cambiaban por plata menuda y calderilla y después de hacer muchos números y ajustar muchas cuentas, se disponían a pagar a los rústicos obreros.

Estos, citados a una hora, iban desfilando, respetuosos, ante el amo, que les entregaba un puñado de monedas, retribución harto mezquina por un trabajo rudo, penoso.

Los campesinos, alegres, satisfechos, después de convidarse en el aguaducho o la taberna, marchaban a sus hogares para entregar el dinero a su madre o a su esposa. Aquel día, la familia del labriego preparaba una comida extraordinaria, en la que sustituían ventajosamente a los manjares exquisitos la paz, la tranquilidad de conciencia, el amor ¡todo lo que constituye la verdadera felicidad en este mundo!

Noviembre, 1925.