Discurso de inauguración de la Universidad Libre de Córdoba
23 de octubre de 1870 · Inauguración de la Universidad Libre de Córdoba
DISCURSO
LEÍDO EN LA INAUGURACIÓN
DE LA
POR
Licenciado en Filosofía y Letras y en Derecho Civil y Canónico, y Catedrático de Economía Política y Estadística en la misma.
1870
Imprenta del Diario de Córdoba.
San Fernando, 54.
Excmos. é Ilmos. Señores:
Debido á la esquisita bondad de V. E., á su perseverante y extraordinario celo en pró de los intereses generales y particulares de la provincia, y á su levantado criterio en la árdua, grave y trascendental materia de la enseñanza pública, hoy se dá un paso agigantado y de colosales consecuencias en la anchurosa senda de la civilización y del progreso.
Hoy se verifica para esta antigua Colonia patricia, para esta corte de los Califas, para esta renombrada ciudad, para este pueblo, que fué en un tiempo cuna del saber, emporio de la grandeza y maravilla admirada de propios y de estraños, uno de esos sucesos de importancia suma, que, abriendo un dilatado espacio á las inteligencias todas, tiende á confundir en un solo centro las aspiraciones mas nobles de la humanidad y á desenvolver, á prodigar y á trasmitir con cuidadoso anhelo los conocimientos y los adelantos de la jurisprudencia, de la medicina, de la filosofía, de la literatura, de las ciencias exactas, y de todos aquellos ramos que forman la educación moral é intelectual del hombre.
El establecimiento de la Universidad libre, para cuyo acto nos encontramos aquí congregados, responde á uno de esos pensamientos gigantescos propios de las nobilísimas aspiraciones de un siglo entusiasta y regenerador, que, marchando rápidamente hácia el bello ideal del perfeccionamiento humano, pretende reconstruir el edificio social sobre la sólida é imperecedera base de la ciencia.
Con ello se rompen, por ese sendero, con vigorosa mano y con espíritu inquebrantable, las mezquinas trabas que en los tiempos anteriores, tiempos que ya dichosamente pasaron, amenguaban la poderosa iniciativa del hombre, le coartaban el ejercicio de su inteligencia y le encerraban en el estrecho círculo de una enseñanza oficial, en la que ni el reconocido celo de los ilustrados profesores, ni sus perseverantes trabajos, ni sus anhelantes propósitos bastaban á neutralizar el mefítico influjo de la reglamentación, que envolvía en sus empíricas resoluciones las capacidades mas extraordinarias, los mas suspicaces ingenios y los criterios mas dignos de consideración y de aplauso.
En esos centros meramente oficiales, en los que la enseñanza se hallaba sujeta, no precisamente á la capacidad, al talento y á la aplicación, sino á las reglas que en mas de una ocasión fueron debidas á la poco acertada mano de algunos gobiernos, se tocaban, con notoria frecuencia, males y contrariedades infinitas, que, encadenando fatalmente la ciencia, la hacían bajar de su pedestal de gloria para colocarse en el reprobado estádio de una repugnante adquisición, que solo podía obtenerse por las privilegiadas clases á quienes la fortuna les habia sonreído prodigándoles á manos llenas los dones de la riqueza, sujetando al propio tiempo el esmero, la constancia y la altísima competencia de los profesores á la terrible prueba de prescindir de su criterio, de sus conocimientos, de los productos de su talento y de su estudio, de su sabiduría, en una palabra, para ceñir sus esplicaciones á los testos que de antemano se les prefijaban, y cuyos autores, por desgracia, no estaban siempre en consonancia estricta con las ideas del siglo, con los mejoramientos de la ciencia, con las necesidades de los paises y con la manifiesta tendencia de la civilización; con esa civilización que no conoce ni límites ni pueblos, ni edades, ni condiciones, ni esferas ni clases predilectas y escogidas, sino que, emanando del espíritu regenerador de la humanidad, los hace á todos iguales, lo invade, lo cobija todo, y elevándose sobre las anchuras del espacio, exige, con poderoso influjo, la aceptación general, puesto que tiene por único y exclusivo objeto la perfección mas acabada de la especie humana.
En esos tiempos, que sin duda registrará la historia en una de sus páginas menos lisonjeras, era ya proverbial la creencia de que solo podían adquirir la educación científica y literaria aquellas personas que á su talento, á su inteligencia y á sus buenos propósitos, reuniesen la cualidad inseparable de poseer una fortuna mas que modesta, porque de ella se veían en la imprescindible necesidad de disponer, á causa de que en los institutos, en las universidades, en las escuelas y en cuantos centros y corporaciones se prodigaba la enseñanza, estaban obligados á concurrir personalmente, día por día, hora por hora y momento por momento, invirtiendo además sumas muy respetables en la adquisición de libros, en el pago de las matrículas, en sus exámenes y grados y en su mantenimiento y sustentación en punto estraño á su domicilio, con las inconveniencias y notables peligros que comunmente rodean á la juventud fuera de la fiscalizadora y cariñosa mirada de sus padres.
La enseñanza antes del importante decreto de 21 de octubre de 1868, mas que el producto bienhechor de las inteligencias de los hombres pensadores y sábios, formaba para los alumnos una série no interrumpida de contrariedades y de sinsabores sin cuento, ya porque al instruirse y al educarse, al cultivar su razon y al predisponer su espíritu para entrar en las grandes esferas de la sociedad, se veían precisados á emplear cuantos capitales poseían; y ya porque siendo pobres tropezaban á cada momento con obstáculos insuperables, llegaban con suma dificultad á las puertas del templo de la ciencia, y en su mismo dintel se veían detenidos sin poder penetrar, á causa de que en aquellos lugares predilectos y escogidos únicamente tenían cabida los que, como antes hemos manifestado, eran sonreídos por los dones de la próspera fortuna.
Los pobres en esas circunstancias azarosas y terribles sentían desfallecer su espíritu, morir sus aspiraciones, menguar su inteligencia y marchitarse los sentimientos mas nobles y puros de su corazón. En esos instantes, si posible les hubiese sido, se habrían visto á cada paso hombres de grandes alcances que, irritados, maldecirían hasta de su propio talento, y que gustosos hubiesen arrojado lejos, muy lejos de sí, los sentimientos mas íntimos de su alma para quedarse reducidos á la miserable condición de esos séres que ni piensan, ni sienten, ni se educan, ni se civilizan, ni se ilustran.
No menos terrible era la suerte de nuestros distinguidos y sábios profesores. Su misión alta y elevada, grave é importante de suyo, se hallaba cohibida por leyes y por reglamentos que les imponían trabas mil en el ingreso, en el ascenso y en el nobilísimo desempeño de su sacerdotal investidura.
No era solo la ciencia, no era el talento, no era la aplicación, no era el saber, no era la educación modesta, arreglada y virtuosa lo que se exigía para llegar á la respetable altura de la cátedra profesional; no, era preciso además que el filósofo, el literato, el legista, el médico y todos cuantos aspirasen á ocupar aquel distinguido puesto, hubiesen llevado á cabo una carrera larga, costosa y año por año: les era indispensable y urgente que sus conocimientos, por muy superiores y estensos que fuesen, se ampliaran con materias algunas veces inoportunas y triviales: que alcanzasen grados sobre grados: que hiciesen gastos de no pequeña entidad; y que, por último, se sujetasen al rigorismo de unos ejercicios de oposición, en los cuales, despues de poner de relieve su ilustración y su talento, solía dispensarse la preferencia al que ostentaba una recomendación mas eficáz.
De todas estas infinitas contrariedades no se conserva hoy, por fortuna para todos, mas que un recuerdo desagradable y nada lisonjero. La libertad, traducida en apreciable ley de enseñanza, ha cortado de raíz aquellos males y ha venido, enalteciendo la ciencia, á colocar al hombre en el verdadero camino de la ilustración y del progreso.
De hoy en adelante todos los hombres, sea cualquiera la posición en que se hallen, podrán educarse, instruirse, aprender, desarrollar su inteligencia y su razon con mas ó menos premura según sus condiciones especiales; y todos podremos, sin trabas, sin reglas y sin ninguna sujeción improcedente, dedicarnos á nuestra propia enseñanza, haciendo el ensayo y el modesto aprendizaje de trasmitir nuestra pobre y limitada sabiduría.
Ya podremos pregonar en muy alta voz que ha llegado una época feliz para la ciencia. El pobre y el rico: el artesano y el hacendado; el industrial y el obrero; y todos los que se sientan inspirados por ese suave aroma que la ilustración exhala, podrán venir á estos centros á enseñar y á saber, á instruirse y á trasmitir sus conocimientos, á perfeccionarse y á perfeccionar con su ejemplo, con sus virtudes y con los arranques de su inteligencia; porque al hacerlo se encuentran poderosamente auxiliados por unas leyes bienhechoras y sabias, que no distinguen de condiciones, ni de clases, ni de gerarquías, ni de nacimientos, ni de nada absolutamente que sea aborrecible por desigual y por monstruoso.
Caben aquí en fraternal consorcio, unidos por el agradable lazo de la honradez y de la probidad, todos los hombres que sean amantes de la ciencia: que deseen ilustrarse: que pretendan enriquecer su inteligencia y su razon: que tengan hábitos de verdadera virtud: que aspiren á nutrir su espíritu con las purísimas esencias de las buenas doctrinas; y que, prescindiendo de cierto género de sus opiniones particulares dentro de esa esfera que engendra la malquerencia y la rivalidad, no lleven ni mas tendencias, ni mas ambición, ni mas propósito que el de colocar las ciencias á la poderosa altura que les compete, procurando el bienestar de todos, y que la sociedad, por medio del trabajo, de la laboriosidad y de la honradez se cimiente en el rigoroso centro de su mas importante y provechoso mejoramiento.
No es mucho presagiar que en la Universidad libre, que en este solemne momento se inaugura, habrán de obtenerse aquellos grandiosos resultados. A ellos habremos de contribuir todos con la ayuda de nuestra pequeña inteligencia y de nuestra débil palabra, por cuyo medio, si no conseguimos todo el alto fin á que aquí somos llamados, habremos llenado, en la parte que posible nos sea, los bienhechores sentimientos de la Excma. Diputación Provincial, que, llevando á cabo el espíritu de la ley de enseñanza libre á las esferas de esta Universidad, ha abierto con su iniciativa, con sus recursos y con su apoyo material y moral un ancho palenque, en donde, sin mas garantía que el talento, la aplicación y la virtud, puedan tener ingreso todos los que aspiren á cultivar las ciencias, á seguir una carrera útil y provechosa y á convertirse en hombres dignos de una sociedad culta y civilizada.
El pensamiento de la creación de esta Universidad se halla enaltecido en sí mismo. Nuestros aplausos tal vez pudieran, por débiles, oscurecer en parte su grandiosa brillantez, y así es que lejos de quererlo conmemorar con nuestras incoloras frases, sellamos nuestros lábios y le guardamos en lo mas íntimo de nuestro corazon un lugar predilecto, cercado de la profunda gratitud que sentimos por nosotros, por la generación presente y por nuestros hijos, que mas que nadie habrán de experimentar los sazonados y provechosos frutos que ha de ofrecer el completo desarrollo de un pensamiento tan gigantesco como noble y bienhechor.
Y no es nuestra gratitud solo para la Excma. Diputación Provincial, que con una solicitud digna de todo encomio ha concebido y llevado á efecto la creación de esta Universidad. Héla también para el eminente repúblico Excmo. Sr. D. Manuel Ruiz Zorrilla, porque durante la época memorable de su estancia en el Ministerio de Fomento ha propuesto leyes de tan importantes condiciones como la de la libre enseñanza, que ha elevado nuestra pátria, en esa parte, al nivel de las naciones mas civilizadas de la tierra; y héla también para el Ilmo. Sr. Don Federico de Castro, celoso Rector de la Universidad de Sevilla, y uno de los mas grandes hombres con que cuenta nuestra enseñanza oficial, por haber favorecido el pensamiento que aquí nos ocupa, con esa proverbial honradez que tanto le distingue y con esa esmerada solicitud, que siempre se le ha notado en todo aquello que tiende al desarrollo y al cultivo de las ciencias basadas en el ancho principio de la libertad bien entendida.
Por último: no debemos concluir sin espresar nuestro profundo reconocimiento hácia el dignísimo Director y elocuentes Profesores del Instituto Provincial por el cariñoso esmero con que han auxiliado el pensamiento de la rápida instalación de la Universidad.
Y vosotros, mis respetables compañeros en el profesorado, vosotros que abandonando por un instante la curación de vuestros enfermos y el despacho de vuestros asuntos forenses, me habéis dispensado la honra y la dicha de haberos dirigido mi palabra, recibid el testimonio de mi aprecio sin límites, pidiéndoos, como á toda esta culta sociedad que se ha dignado escucharme, me dispense por estos momentos en que he abusado de su indulgente y benévola atención.
