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Antoñuelo Picardias (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Antoñuelo Picardias es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Era un hombre terrible; profesaba doctrinas demoledoras. A su juicio se imponía la destrucción de todo lo existente para crear sobre sus ruinas un mundo nuevo en el que imperase la igualdad más perfecta.

No pronunciaba discursos de propaganda en reuniones públicas porque en sus tiempos no se abusaba de la verborrea como ahora, ni escribía en los periódicos porque sus manos, acostumbradas sólo al manejo de cubetas y palaustres, no sabía coger una pluma, pero en las tabernas, especialmente cuando tenía cuatro copas de más, había que oir las arengas revolucionarias que dirigía a sus amigos y compañeros.

En días de elecciones no descansaba un instante. Veíasele en todas partes repartiendo candidaturas , así decía él; haciendo la apología de los futuros diputados o concejales a quienes recomendaba, o amenazando, con comerse los hígados del elector que no le hiciera caso.

Pues bien: este Ravachol en miniatura era, en el fondo, un infeliz; ni le mascaba la nuez a los hombres ni se tragaba los niños crudos.

Amigo del jaleo, del alboroto, limitábase a lo ya indicado; a hablar mucho en las tabernas, a agitarse mucho en épocas electorales y a gritar hasta enronquecer apenas se promovía el más pequeño tumulto.

Esto bastaba para que se le considerase como un individuo peligroso y al primer anuncio de revueltas, algaradas o motines, Antoñuelo Picardías daba invariablemente con sus huesos en la cárcel.

Tal fama llegó a obtener de terrible revolucionario, que las autoridades decidieron hacerle desaparecer y, en efecto, anocheció y no amaneció, según la frase gráfica del pueblo. Le recogieron al efectuarse una leva de gente maleante; embarcáronle y allá fue, en compañía de vagabundos, bribones y gandules, a hacer propaganda de sus doctrinas disolventes en una isla de salvajes.

Nadie volvió a saber del agitador de guardarropía; a los dos o tres años de ausencia alguien dijo a la madre de Antoñuelo que su hijo había muerto y la pobre mujer lloró, vistió de luto y contó la desgracia a sus amigas.

Pero he aquí que, cuando menos se esperaba, Picardías volvió a aparecer en Córdoba. No había muerto, estaba vivo y sano, alegre como antes de su excursión recreativa , con el buen humor que nunca le había faltado; pero sin las ideas demoledoras que torturaron su cerebro en la juventud.

Ya no iba a las tabernas para pronunciar discursos revolucionarios, sino para contar las pintorescas aventuras de su destierro, abultadas por la fantasía meridional del narrador.

El pobre diablo, desengañado, convencido de la inutilidad de sus predicaciones, desistió de sus propósitos de regenerar al mundo y se agarró de nuevo a las cubetas y el palaustre, pero como el oficio de peón de albañil andaba mal ideó una empresa que seguramente no le convertiría en capitalista pero si le proporcionaría los recursos indispensables para ir viviendo, con poco capital y menos trabajo.

Picardías se transformó, de la noche a la mañana, en empresario artístico, formando una magnífica compañía de polichinelas.

Encargó a un carpintero que le hiciese las cabezas de la señá Rosita , el señó Cristobita , la tia Norica y demás personajes indispensables, vistió los muñecos del modo más grotesco que pudo y en la feria más próxima formó una barraca con cuatro palos y unas telas de costales viejos y empezó a celebrar funciones.

La tiendecilla estaba continuamente llena de niñeras, soldados y chiquillos que reían hasta destornillarse cada vez que el señó Cristobita descargaba su porra sobre la cabeza de la señá Rosita o decía cuatro palabras mal sonantes a la tia Norica.

Antoñuelo Picardías había resuelto el problema de los garbanzos y, si en su juventud adquirió popularidad por sus predicaciones anárquicas, en la edad madura la obtuvo mayor por sus polichinelas.

No se celebraba feria ni velada de barrio en que no estableciera su tinglado para solaz y deleite de maritornes y muchachos y llegó a constituir una nota tan característica de esas fiestas del pueblo y a adquirir tal renombre que actuó con sus muñecos en las típicas verbenas organizadas por el Circulo de la Amistad y más de una vez le llamaron en casas aristocráticas para ver el original espectáculo de los polichinelas.

En su barraca no eran siempre las más graciosas las escenas representadas por los figurones, sino las que se desarrollaban entre el público y Antoñuelo .

Frecuentemente cuando Picardias estaba más entusiasmado moviendo sus grotescas figuras y simulando un gracioso diálogo entre ellas, un rapaz travieso levantaba la colcha tras de la cual maniobraba el artista, quien, al ver puesta al descubierto toda la maquinaria, dirigía los epitetos [sic] más cariñosos no solo al autor del desaguisado sino a su familia.

En cierta ocasión uno de esos pequeñuelos, que son verdaderamente la piel del diablo, asomóse por un desgarrón de la colcha y arrojó un higo verde al hombre de los muñecos con tal tino que se lo estrelló en un ojo.

Antoñuelo hirguióse indignado, asomó la cabeza por encima de las cortinas y exclamó con rabia: respetable público: no quisiera más que saber quien me ha dado este jigazo pora... el final del discurso no se puede transcribir.

Baste al lector saber que los padres del chico quedaron bastante mal parados en boca del orador.

Bien supo lo que hizo quien puso a este sér [sic] original el sobrenombre de Picardías ; para comprender cuan justificado estaba el apodo bastaba asistir a una función de sus polichinelas.

El lenguaje de éstos no podía ser más escogido; ni un carretero ni una verdulera, en el momento de mayor ofuscación, intercalarían en su diálogo tantos ternos, tantas intergenciones [sic] y tantas frases soeces como el señó Cristobita y la señá Rosita .

Asistía a uno de dichos espectáculos un conocido aristócrata, acompañado de sus hijas, y al oir aquel lenguaje envió con uno de sus sirvientes un recado al artista para que se expresara de otro modo porque se hallaban presentes las hijas del Marqués X.

Antoñuelo contestó al aviso: diga usted al señor Marqués que como mis puchinelas no son de la aristocracia sino del pueblo no saben hablar de otra manera.

Y el Marqués y sus niñas, ruborizadas, tuvieron que abandonar más que de prisa la barraca.

No siempre eran muchachos los que hacían víctima de sus travesuras a Picardías ; a veces personas mayores y de buen humor le jugaron malísimas partidas.

Un día de feria, a las altas horas de la madrugada, hallábanse él y su mujer entregados al descanso en un mal petate extendido en la barraca, y una charpa de bromistas tuvo una idea diabólica y la puso en práctica inmediatamente: la de trasladar de sitio la tiendecilla de los polichinelas.

Los cuatro mozos más fornidos de la reunión tiraron a un mismo tiempo de los cuatro palos clavados en el suelo que servían de armazón al antilugio [sic] arrancándolos y llevándose entera la barraca, con sus esteras y pedazos de costales, a lugar bien distante del que habla ocupado has. , ta entonces.

El aire fresco de la noche despertó al matrimonio que, con estupor indescriptible, vióse tendido al raso, enmedio del llano de la Victoria

Los autores de la broma, que esperaban el efecto que ésta produjera a Antoñuelo y su costilla, les explicaron lo ocurrido y diéronles una cantidad en concepto de indemnización .

Picardías , viejo ya y torpe, falto de dentadura que facilitara el uso de los pitos para simular las diversas voces de los grostescos [sic] personajes de sus farsas tuvo que buscar otro medio de ganarse la vida con los toscos muñecos de madera y los utilizó en el primitivo deporte infantil que conocemos por la original denominación de ¡Pim, pam, puml

El señó Cristobita, la señá Rosita y la tia Norica , aparecen en las ferias y veladas, formados en hilera en el fondo de la humilde tiendecilla, sufriendo pacientemente los pelotazos de la gente menuda, quizá en justo castigo por mal hablados que fueron durante su actuación como polichinelas.

Si la deportación modificó las ideas de Antoñuelo Picardías ni los años ni los padecimientos le han quitado el buen humor y el ingenio para cometer travesuras cuando se presenta la ocasión.

Relataremos una de las mayores como final de los recuerdos de este típico cordobés, original y popularísimo.

Una noche llegó nuestro hombre a su casa más tarde que de costumbre y con mayor número de copas en el estómago que de ordinario.

Su mujer le recibió dirigiéndole todos los improperios que figuraban en et repertorio de los polichinelas, corregido y aumentado, y no le arañó porque Antoñuelo puso pies en polvorosa.

La dignidad del marido rebelóse contra la humillación que acababa de sufrir y el esposo ofendido concibió una atroz una horrible venganza.

A la mañana siguiente, apenas clareó el día, dirigióse compungido y lloroso a la iglesia próxima en busca del sacristán.

¿Qué te sucede? preguntóle éste, al verle en tal estado.

Una desgracia inmensa, espantosa, contestó Picardías . Mi mujer, mi pobrecita mujer, ha muerto de repente hace dos horas.

Al llegar a este punto se detuvo para lanzar un sollozo capaz de mover las aspas de un molino de viento y continuó su relación: aunque tú sabes que yo soy pobre, estoy resuelto a hacer un sacrificio, el último, por ella, que todo se lo merecía. Quiero costearle un entierro de los más baratos, pero sin que le falte el doble.

Concertaron el acto fúnebre y Picardias se marchó con el corazón encogido, prometiendo volver poco después para pagar el funeral y encargando al sacristán repetidamente que no se olvidara del doble.

En efecto, al cabo de un rato, empezaron a doblar las campanas de la iglesia.

Las comadres del barrio enseguida hicieron indagaciones para averiguar quien había muerto y de boca en boca corrió la noticia de que la difunta era la mujer de Antoñuelo Picardías.

¡Que lastima! exclamaban muchas mujeres.

¡Quien había de pensarlo! decían algunas, cuando anoche estaba tan buena y tan sana como nosotras.

Cuando todo el barrio comentaba la desagradable e inesperada nueva, la esposa del inconsolable viudo se echó a la calle, tranquilamente, como todos los días, para ir al mercado.

Ni la fatídica inscripción que apareciera en el festín de Baltasar produjo un pánico, un asombro tan enorme como la presencia de la muerta resucitada.

La pobre mujer, ignorante de cuanto ocurría, estuvo a punto de volverse loca al ver que todo el mundo huía de ella, lanzando gritos de terror.

Al fin se enteró de las causas de aquellas manifestaciones y de quien era el autor de la broma fúnebre.

Y huelga decir que, el señó Cristobita era manco aporreando a la señá Rosita en comparación con la mujer de Antoñuelo acariciándole con arañazos y bofetadas cuando le echó la vista encima.

Junio, 1919.