Apertura De Un Templo Y El Padre Valdilecha es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La solemne inauguración del templo erigido a María Auxiliadora en el Colegio que los religiosos salesianos tienen establecido en el popular barrio de San Lorenzo, de esta capital, trae a nuestra memoria el recuerdo de otro acto semejante y de un padre capuchino que fué honra de su orden.
La real iglesia de San Pablo hallábase casi en ruinas; emprender su restauración podía calificarse de empresa temeraria, por el excesivo costo de la obra, y sin embargo tal empresa fue acometida y llevada a feliz término por otro religioso, don Antonio Pueyo, superior de los misioneros del inmaculado Corazón de María que tienen a su cargo dicho templo, y en la actualidad obispo de una diócesis de Colombia.
El Padre Pueyo, que a su vasta ilustración une excelentes dotes de carácter y una actividad extraordinaria, se propuso restaurar ese monumento y lo consiguió fácilmente.
¿Cómo? Recurriendo a la caridad y a los acendrados sentimientos religiosos de los cordobeses, laborando sin descansar un instante con una perseverancia increíble, desplegando sus múltiples talentos y aptitudes, pues a la par que reunía el dinero para atender a los enormes gastos de la reconstrucción dirigía las obras como un consumado arquitecto y un notable artista, pagaba á los trabajadores y no desatendía tampoco los deberes de su delicado cargo de superior de los misioneros establecidos en nuestra capital.
Transcurrieron algunos años y la restauración quedó terminada felizmente. El templo de San Pablo, que estuvo a punto de derrumbarse, volvió a ser lo que había sido en otras épocas, uno de los mejores de Córdoba; en la actualidad el más artístico.
La empresa que se consideró irrealizable estaba concluida, merced a la constancia y al esfuerzo de un hombre.
Para celebrar la reapertura de la iglesia organizáronse fiestas solemnes, análogas a las celebradas ahora por los salesianos.
En aquellos días se hallaba en Córdoba, predicando en los cultos llamados Siete Domingos de San ]osé, en la iglesia del Salvador, el religioso capuchino fray Luis de Valdilecha.
Era este fraile un ser excepcional; un alma grande una inteligencia soberana, encerradas en la más pobre de las envolturas.
Podía decirse que su cuerpo era casi artificial, pues para andar, para poder moverse, estaba lleno de aparatos ortopédicos que constituían otros tantos silicios del insigne religioso.
Pálido, demacrado, con una demacración inverosímil, más que un ser viviente semejaba una momia envuelta en un hábito.
Pero cuando el Padre Valdilecha subía al púlpito se transformaba súbitamente; parecía que Dios operaba en él, de nuevo, el milagro de la resurrección de Lázaro, diciéndole: levántate y habla.
Y el religioso capuchino vertía el torrente avasallador de su elocuencia, derrochaba los tesoros de su talento, de su inspiración y de su cultura; la figurilla enclenque se agigantaba por momentos y la momia envuelta en un hábito, cuando fulminaba los rayos de la indignación contra las miserias humanas y fustigaba a la sociedad como Cristo a los judíos en el templo, parecía convertirse en una creación apocalíptica.
Filósofo profundo, gran sociólogo, siempre, en sus discursos, trataba de los más transcendentales problemas de orden social que hoy preocupan a todas las naciones, pues de la solución de aquéllos depende la vida de éstas.
Y con una valentía extraordinaria, con una arrogancia hermosa, dirigía las más acerbas censuras a cuantos él consideraba culpables del estado actual de los pueblos, sin reparar en clases y jerarquías, sin hacer excepciones, abarcando desde la persona más elevada hasta la de condición más humilde.
La fama del Padre Valdilecha se extendió rápidamente y no exageramos si decimos que sus discursos produjeron verdaderas revoluciones.
Para asistir a la reapertura del templo de San Pablo vino el Excmo. señor don Marcelo Spínola, Cardenal arzobispo de Sevilla
Hasta él había llegado el renombre de fray Luis de Valdilecha y, al saber que se hallaba en Córdoba, manifestó el deseo de conocerle.
Entre las fiestas organizadas para solemnizar la restauración de dicha iglesia figuraba una velada literaria que se verificó en el patio de la residencia de los misioneros del Corazón de María.
A ella asistieron el Cardenal arzobispo de Sevilla y el fraile capuchino y en ella el eminentísimo señor Spínola tuvo la satisfacción de que le fuera presentado el Padre Valdilecha.
Preguntóle si tomaría parte en la velada, aquel le contestó que no habla sido invitado y entonces el Cardenal le rogó a los organizadores del acto que incluyera en el programa, entre los oradores, al religioso mencionado.
Alguien, al enterarse de que fray Luis de Valdilecha iba a hablar, llamóle separadamente para hacerle una advertencia cariñosa: que prescindiera en aquella ocasión de sus acres censuras a altos y bajos, grandes y chicos, pues allí estaban representadas todas las clases y los fustazos del orador podían levantar verdugones.
Valdilechas, disimulando la indignación que esta impertinencia le produjo, contestó sin vacilar: tengo tanto mundo como usted y no ignoro cómo debo proceder según los casos y las circunstancias; además conozco a la sociedad lo mismo que usted la conozca; ahora bien, yo opino, y en esto no estamos de acuerdo, que se la beneficia más con la censura que con la adulación.
Las anteriores frases dejaron helado al consejero.
Comenzó la fiesta literaria; según consignábase en los programas, distinguidas personalidades hicieron uso de la palabra en representación de la Nobleza, de las Armas, de a Iglesia, del Foro, etc, etc.
Llegó su turno al Padre Valdilecha y este se adelantó hacia la tribuna, produciendo general expectación.
Después de enumerar todas las representaciones que figuraban en el programa, yo, señores, dijo, voy a hablar, en nombre del detritus de la sociedad. ¿Saben qué es el detritus?, añadió, pues es la escoria, que eso y no más representa en la sociedad un pobre fraile.
Tras este genial e intencionado exordio hizo la apología del Cardenal Spínola empezando por acentuar lo desmedrado de su figura, para que resultara mayor el contraste con la grandeza de su alma y la superioridad de su talento.
Y luego habló de muchas cosas, deslumbrando con los fulgores de su pensamiento, seduciendo con los tesoros de su erudición, deleitando con la música sublime de su elocuencia.
AI terminar el acto, el Cardenal Spiriola levantóse para pronunciar breves frases y comenzó declarando que le era muy difícil hablar en aquellos instantes, pues le había embelesado los palabras del Padre Valdilecha.
Poco después el Arzobispo de Sevilla llevábase a la capital de su archidiócesis al ilustre religioso, cuya alma grande y noble, un año mis tarde, había de volar a las altas regiones de la eterna luz, libre de su envoltura carnal, pobre y raquítica.
Septiembre, 1918.
