Calceteros Y Alpargateros es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Entre las industrias cordobesas que han desaparecido, muchas de las cuales hemos citado en estas crónicas restrospectivas [sic], figuran dos que tuvieron gran importancia en otros tiempos: la fabricación de calcetas y la de alpargatas.
La primera adquirió su mayor desarrollo en los comienzos del siglo XIX; entonces, no sólo las mujeres, sino infinidad de hombres, se dedicaban exclusivamente a hacer calcetas y, a pesar de su módico precio, del producto de ellas vivían muchas familias, lo cual demuestra que el uso de tal prenda hallábase muy generalizado.
Era, en efecto, un elemento indispensable de la indumentaria de los campesinos y de muchos obreros de la ciudad, que rechazaban los calcetines por considerarlos prendas de lujo, impropias de la clase proletaria.
Lar calcetas distinguíanse de las medias en que carecían de punta y talón y se las sujetaban con una trabilla.
Confeccionábaselas con hilo muy grueso, de color moreno, o azul si se las destinaba a las mujeres y los chiquillos.
La mayoría de los individuos dedicados a la fabricación de calcetas habitaba en el barrio de la Ajerquía, especialmente en la Cruz del Rastro, por lo cual denominábase Arquillo de Calceteros a un arco que se levantaba en aquel sitio.
Dichos industriales dedicaban muchas horas, diariamente, al trabajo; sólo daban paz a las agujas para ocuparse en convertir las madejas de hilo en grandes ovillos, valiéndose de las primitivas devanaderas de caña.
Ocupaciones favoritas de las viejas eran las de hilar y hacer calceta; siempre veíase a la abuelita manipulando con la rueca y el huso o con las agujas de hacer media, una de ella apoyada en la aiguilla, sujeta en la cintura con el cordón del delantal.
Generalmente rodeaban a la anciana sus nietecillos y merecían oirse las catilinarias que les dirigía cuando le cortaban la hebra, le enredaban la madeja en las devanaderas o le echaban a rodar los ovillos.
En las interminables veladas del invierno casi todas las mujeres, sentadas alrededor del brasero, mataban las horas haciendo calcetas y hasta las mozas, refractarias a esta ocupación, las confeccionaban para regalárselas a sus novios, adornándolas en la parte superior con caprichosas labores.
Había también muchos vendedores de calcetas que durante la mañana establecían sus puestos en la plaza de la Corredera y sus inmediaciones y en el resto del día recorrían la población, ofreciéndolas de casa en casa.
Aunque variaba el valor de aquellas según su tamaño y calidad, el precio medio no solía exceder de un real, suma con que hoy no se pagaría ni el hilo.
La industria de la calcetería, como otras muchas, era casi hereditaria; pasaba de padres a hijos y de generación a generación. Por esta causa, a todos los miembros de una familia apellidada Ruiz, de la que aún quedan algunos individuos, les aplicaba la gente el apodo de Calcetas.
Y apropósito de la familia indicada vamos a relatar un incidente gracioso.
Varios aficionados al arte de Talía trabajaban en el teatro Moratín, situado en la calle de Jesús María; uno de los aficionados en cuestión, perteneciente a la familia a que antes aludimos, al presentarse en escena tenía qne [sic] decir: yo soy el Rey, y apenas hubo terminado la frase un espectador gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡mentira, tú eres Calcetas!
Huelga decir que tal exclamación produjo en el público una ruidosa carcajada.
La industria de la alpargatería cordobesa, que hoy también ha desaparecido, estuvo, asimismo, en su apogeo durante la primera mitad del siglo XIX y los comienzos de la segunda.
Las alpargatas procedentes de las fábricas de nuestra capital eran muy distintas de aquellas, semejantes a sandalias, que se confeccionaban en las provincias del Norte y de las que hoy se fabrican en Valencia y Murcia, con lona de diversos colores, a veces adornadas con hebillas y bordados, las que pudiéramos calificar de calzado de lujo.
Las alpargatas cordobesas diferenciábanse de las demás en que tenían la pala hecha de un tejido de cordelillo de cáñamo y en ella varias presillas para atar las cuerdas que la sujetaban al pie.
Casi todas las alpargaterías hallábanse instaladas en las calles de Carnicerías, San Pablo y Almonas y en los portales de ellas veíase constantemente a gran número de hombres ocupados en las distintas faenas de tal industria o en despachar los pedidos que recibían de la capital y de los pueblos.
El calzado a que nos referimos formaba parte del traje que la clase obrera vestía para el trabajo, el bombacho y la blusa, pero concluída la diaria labor los campesinos lo sustituían por los botines abiertos, llenos de correillas y pespuntes, y los obreros de la ciudad por los recios zapatones de cordobán amarillo.
También fabricábase aquí antiguamente otras alpargatas denominadas esparteñas, porque tenían la pala y suela de esparto.
Las usaban los molineros, poceros y, en general, todas las personas que trabajaban dentro del agua, así como los pescadores de ranas que, según es sabido, se zambullen en los arroyos para cogerlas.
Asimismo las utilizaban en los lagares para pisar la uva, por considerarlas más limpias que cualquier otra clase de calzado.
Además de haber talleres dedicados solamente a la confección de las esparteñas las hacían en otros donde se fabricaba sogas, espuertas, serones y demás efectos de esparto, establecidos, generalmente, en la calle por este motivo llamada de la Espartería y en los portales de la plaza de la Corredera.
Carreros y trajinantes, cuando venían a Córdoba, compraban gran cantidad de calcetas y alpargatas para venderlas en los pueblos, y el viajero veía en los caminos, mezcladas con las típicas diligencias y las recuas de recios burros portadores de grandes sacos llenos de trigo, otras muchas caballerías cargadas de paños burdos, de lienzos de hilo, de sombreros de felpa, de botas de cordobán, de alpargatas de cáñamo y esparto, de calcetas, de zahones, de paquetes de agujas y de otra infinidad de artículos pertenecientes a las industrias cordobesas ya desaparecidas.
Noviembre, 1924.
