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Don Bonifacio González L. De Guevara (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Don Bonifacio González L. De Guevara es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Allá por el año 1900 algunos periódicos de Madrid comentaron en tono festivo un documento curiosísimo que habían recibido de Córdoba. Titulábase Manifiesto técnico y en él su autor, don Bonifacio González L. de Guevara explanaba las teorías más originales, incongruentes y absurdas que pudieron ocurrírsele a un mortal.

Empezaba diciendo que cumplía un deber al manifestar a todo el mundo la creación de un nuevo principio en el que debía fundarse toda generación y toda ciencia.

Extendíase después en interminables, elucubraciones filosóficas, metafísicas, teológicas, políticas, fisiológicas, todas ellas muy por encima de la inteligencia humana, para deducir con una lógica aplastante "que el principio del hombre es la naranja en su estado natural que se cría en la luna" y que "la mujer tiene su origen en la lima que se cría en el mismo astro".

Luego demostraba de modo axiomático que él estaba obligado a casarse con la Reina Regente de España para cumplir su misión de gobernar al mundo y, a continuación, consignaba el programa que se proponía desarrollar, como cualquier político adocenado.

Crearía los ministerios de la Razón natural, del Idioma de Higiene, de Contabilidad, de Administración, de Derecho y Comunicaciones.

Suprimiría el cargo de presidente del Consejo de Ministros porque únicamente servía para mantener el divorcio entre aquellos y la suprema autoridad y además originaba los partidos políticos,

Finalmente consignaba que la base de su Constitución era la desaparición de los poros de la tierra, cubriéndola con un cristal, para que no saliera el fuego que encierra en sus entrañas.

Merced a este sencillísimo procedimiento prosperaría la agricultura de modo extraordinario, desaparecerían las enfermedades y las diferencias de raza, siendo todos los hombres de color de rosa, disfrutaríamos la temperatura natural, los viejos se tornarían jóvenes, pues la vejez sólo está originada por la fiebre y, como complemento de todos estos prodigios, consegiríamos la inmortalidad.

¿Quien era el autor del peregrino manifiesto ligeramente extractado?

Con verdadero interés nos dedicamos a averiguarlo y al fin conseguimos satisfacer nuestra curiosidad. Un amigo nos presentó a don Bonifacio González Ladrón de Guevara.

Era un hombre ni joven ni viejo, de aspecto simpático, de mirada viva y penetrante.

Cojeaba un poco, sin que este defecto le impidiera andar muy ligero, gesticulaba mucho al hablar, no podía permanecer quieto un instante; parecía, en fin, un manojo de nervios.

Su traje revelaba que no debía hallarse en muy buena posición, aunque estuviese llamado a regir los destinos del mundo.

A la vez que a escribir manifiestos y a preparar la transformación universal dedicábase a enseñar el idioma Francés y tenia a su cargo la contabilidad en algunos establecimientos industriales.

Cuando supo que su celebre Manifiesto técnico había despertado en nosotros el deseo de conocerle, llenóse de júbilo y con una verbosidad pasmosa empezó a exponernos sus doctrinas, sus planes, sus proyectos, merced a los cuales convertirla la tierra en un paraíso y lograría hacer inmortales.a los hombres.

Oran trabajo nos costó cortar la charla a aquel loco, lo cual conseguimos mediante promesa formal de ir a buscarle otro día para que, más despacio, acabara de explicarnos todas sus extrañas teorías.

Cuando nadie seguramente se acordaba ya del documento comentado por la prensa de Madrid, el bueno de don Bonifacio se destapó como poeta, editando un folleto, impreso en nuestra capital, cuya portada decía así: "El

Poema de la Vida.- Moneda legal.- Vale cien gramos de sangre.- por Bonifacio González L. de Guevara".

En esta obra trascendental, encerrada en un folleto de dieciseis páginas, repetía casi todo lo consignado, en el Manifiesto técnico, pero no en prosa, sino en unos versos tan revolucionarios como las doctrinas de su autor, pues no estaban sujetos a las reglas literarias.

El poema comenzaba con una dedicatoria a su Majestad la Reina Regente de España, dedicatoria de la que reproducimos a continuación los cuatro primeros versos.

Helos aquí:

"Está todo el mundo loco

porque ignora la verdad

y para salvarlo invoco

vuestra infinita piedad".

Don Bonifacio González, sin duda después de haber dado a luz su obra, cayó en la cuenta de que algunos conceptos resultaban oscuros y entonces, para aclararlos, lanzó a los vientos de la publicidad un "Apéndice al Poema de la Vida", digno hermano de este.

Lo terminaba encargando a la Reina Regente que cuando estuviese unida con él por el lazo del matrimonio, viniese a Córdoba para fijar aquí su residencia y no efectuara el viaje en el tren, sino en triciclo, pues como tenía tres ruedas no está expuesto a caídas.

Al mismo tiempo le rogaba que, entre las tropas, trajese a Rafaelito GonzAlez, un hijo que el autor tenía en Madrid.

"en la plaza del Progreso,

esquina de la derecha,

saliendo por la de Atocha

la primera que se encuentra".

Estas elucubraciones semi-literarias, en unión del famoso manifiesto, dieron nombre y popularidad al tenedor de libros y profesor de Francés, que, antes había pasado inadvertido en Córdoba.

Don Bonifacio González salió súbitamente del aislamiento y la soledad en que vivía; a cada paso encontraba un amigo que, después de saludarle cortésmente, interrogábale acerca de sus planes regenadores de la creación y se le ofrecía para auxiliarle en la magna obra.

En los paseos, la tertulia de don Bonifacio era la más numerosa y abigarrada; constantemente hallábase este en el uso de la palabra exponiendo sus teorías y proyectos.

Huelga decir que los amigos improvisados acabaron de volverle loco, si no lo estaba por completo, y que nunca faltaban a su alrededor personas dispuestas a hacerle víctima de bromas pesadas, con intenciones poco piadosas.

En una ocasión, hablando de cacerías, nuestro hombre aseguraba que él tenía necesariamente que hacer blanco en todas las piezas a que disparase, en virtud de las leyes de la Física y lo mismo ocurriría a todos los cazadores si conociesen dicha ciencia,

Sus contertulios organizaron una excursión cinegética para que demostrara con la práctica la certeza de sus teorías; obligáronle a andar medio centenar de kilómetros provisto de una escopeta hermana por su antigüedad de la que había en los exvotos en el santuario de la Virgen de la Fuensanta y, al aproximarse la noche, lo abandonaron en lo más intrincado de la Sierra, donde milagrosamente no murió de frío o devorado por los lobos.

¿Usted entiende de toros?, preguntáronle otros guasones de coleta. coleta.

¡Bah! contestó; yo soy la única persona que posee la verdadera ciencia del toreo, merced a la cual se está libre de cogidas. Esa ciencia es la de las Matemáticas, la Geometría. El toro, al embestir; ya lo hace en linea recta, curva o quebrada, ya describiendo un ángulo o una élise [sic] y quien conoce todo esto se libra muy fácilmente de la acometida.

Algunos individuos, mal intencionados, al enterarse de esta habilidad del infeliz demente, trataron de organizar una becerrada para tener el gusto de verle rodar por la arena, pero la autoridad no permitió, con muy buen criterio la corrida, que tal vez hubiera llevado al diestro matemático a la cama de un hospital o quien sabe si al cementerio.

Don Bonifacio González enamoróse perdidamente de una encantadora señorita, discípula suya de Francés, única prueba que dió de no estar loco y dedicóla un poema incendiario.

Esta producción literaria, aunque fue impresa por su autor, en un folleto, no llegó a circular gracias a haberse incautado oportunamente de la edición la familia del ídolo de los amores del poeta.

Un día llegó a nuestras manos otro documento del original publicista: titulábase Manifiesto al público de todos los países y contenía las mismas. incongruentes y extrañas teorías de todos los escritos anteriores de su autor, pero entre el fárrago de la indigesta prosa que llenaba sus seis macizas columnas encontramos algo que llamó nuestra atención y ¿por qué no decirlo? nos produjo espanto.

Don Bonifacio González contaba una horrible tragedia ocurrida, según decía, el 11 de Octubre de 1866 en una casa de la calle llamada Puerta de Murcia, de Cartagena, donde aquel habitaba con su familia.

A media noche se inició un voraz incendio del que estuvo en peligro de ser víctima el narrador del drama.

Aquel aseguraba que prendieron fuego intencionadamente al edificio dos mujeres, de una de las cuales consignaba el nombre, con el fin de que él pereciera entre las llamas; que para conseguirlo le trasladaron, sólo tenía entonces doce años de edad, desde la habitación en que dormía a otra que estaba próxima al sitio en que comenzó el siniestro y que el móvil del crimen que se trataba de perpetrar era hacerle desaparecer con el objeto de usurparle una herencia.

¿Habría algo de verdad en esta horripilante historia? ¿Contribuiría el hecho referido a privar de la razón a don Bonifacio? Más de una vez nos hemos dirigido esta pregunta y el espectro de la duda se ha presentado ante nosotros, produciéndonos el calofrío del terror.

La locura de aquel desdichado iba en aumento de día en día y el regenerador del Universo perdió las modestas colocaciones conque atendía honradamente a su subsistencia.

Al hallarse sin recursos pensó en marchar a Madrid en busca del auxilio de algunos parientes ¿pero cómo?

Una de las personas que le hacían objeto de sus burlas, brindándole amistad, le entregó un billete de tren para que pudiese efectuar el viaje.

Don Bonifacio González Ladrón de Guevara emprendió contentísimo, ansioso de llegar a la Corte, pero aquel billete sólo tenía validez hasta un pueblo del límite de la provincia de Córdoba y allí detendrían al infeliz viajero.

¿Qué suerte corrió el ser extraordinario que descubriera la inmortalidad y el origen del hombre en la naranja de la luna?

No hemos podido averiguarlo apesar de los muchos años transcurridos desde su desaparición. Acaso esté encerrado en una casa de salud, tal vez moriría en el abandono, de hambre, de miseria, soñando con transformar la tierra en un paraiso.

Octubre, 1919.