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Don Juan Ocaña Prados (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Don Juan Ocaña Prados es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Circunstancias muy deplorables conceden hoy actualidad a una figura interesantísima, la de don Juan Ocaña Prados, hombre que se elevó desde las esferas más humildes, conquistando un puesto respetable en la sociedad y creándose un nombre en el mundo de las letras, merced a su propio esfuerzo, a su incansable laboriosidad, a una voluntad férrea puesta al servicio de una inteligencia privilegiada y de un corazón henchido de nobles sentimientos.

La odisea del señor Ocaña en su juventud fué muy variada, original y pintoresca; su vida en la edad madura ha sido tan ejemplar, que no hemos vacilado en reunir aquí todos los datos y noticias que tenemos de ellas, seguros de que nuestros lectores los saborearán con deleite y despertarán, en aquellos que no le conozcan, las simpatías, la consideración y el afecto al luchador admirable, al ciudadano ejemplar, al escritor original y culto, al funcionario modelo, hoy sometido a una pasividad forzosa, para él mil veces peor que la muerte, porque no llegan a sus retinas los esplendores de la luz.

Don Juan Ocaña Prados nació en la villa de Móstoles, donde recibió la instrucción primaria y, apenas la hubo terminado, dedicóse al humilde oficio que ejercía su padre. Desde muchacho demostró grandes aficiones a la poesía y empezó a componer versos, en los que demostraba excepcionales aptitudes para el cultivo de la gaya ciencia, por lo cual sus convecinos le llamaban el coplero del pueblo.

Cuando contaba la edad de veinticinco anos contrajo matrimonio y trasladó su residencia a Madrid en busca de más amplios horizontes para desenvolver sus aptitudes.

En la Corte abandonó su primitiva profesión y, enamorado del arte escénico, se dió a conocer como actor en el teatro denominado de la Infantil, hoy de Romea, pero a causa de su corta estatura no pudo seguir su nueva profesión.

Al abandonarla, consiguió fin empleo en la fotografía establecida en la casa número de la calle de San Bernardo. Allí conoció al popular actor cómico Ricardo Zamacois quien, enterado de las aficiones poéticas de Ocaña y de su falta de conocimientos literarios, le regaló un tratado de Retórica y Poética, el mismo en que él había estudiado y al que faltaban las primeras y las últimas hojas.

También le proporcionó un pase de favor para que pudiera asistir al Teatro de la Comedia, donde trabajaba una excelente compañía dirigida por el eminente actor Emilio Mario.

El ingenio de Zamacois le sugirió la idea de escribir un juguete cómico para que él lo representase, en el que tuviera que caracterizar diversos tipos. Ocaña, robando horas al descanso, pasaba las noches en su modesto albergue, dedicado a escribir, a la débil luz de una vela o de una lamparilla, y así produjo su primer obra a la que puso el título de Fingir para agradar.

Leyóla a Ricardo Zamacois, quien ofreció estrenarla, pero no pudo cumplir su promesa por habérsele extraviado el manuscrito.

Entonces Ocaña, que se había quedado con un borrador del juguete cómico, lo puso nuevamente en limpio y por mediación de un compañero suyo del taller fotográfico, hizo que llegara a manos de don Luis Calvo Revilla, hermano del gran actor Rafael Calvo. Aquél no creyó que el modesto empleado de la fotografía de la calle de San Bernardo fuese el autor de dicha producción teatral; llamóle y le obligó a modificar en su presencia la primer escena de la obra, convenciéndose así de que había sido escrita por Ocaña.

Don Luis Calvo entregó el juguete cómico al actor Yáñez para que lo estrenase su compañía, que actuaba en el Teatro Martín, pero aquella tampoco lo representó por hallarse a final de temporada.

En la temporada siguiente, por mediación asimismo del señor Calvo, la compañía del Teatro Eslava admitió la comedia Fingir para agradar y antes de ponerla en escena se la compró a su autor en la mezquina suma de cincuenta pesetas, ofreciéndole cuatro pesetas por cada representación que obtuviera en aquella temporada. La obra debía ser estrenada en la función a beneficio del galán joven de la compañía Pedro Ruíz de Arana, pero fué necesario aplazar el estreno a consecuencia de un compromiso ineludible: el de dar a conocer en dicha función otro juguete cómico de Navarro Gonzalvo titulado Zapatero, a tus zapatos , que no logró los favores del público.

Pocas noches después estrenábase la primer producción de Ocaña. Este, que había vuelto a fijar su residencia en Móstoles, fué a Madrid, a caballo, acompañado de varios amigos, para presenciar el estreno, llegando al teatro momentos antes de que comenzara la función. Empezó esta sin que se notaran en el público muestras de asentimiento ni de protesta. En la tercera escena oyéronse murmullos de aprobación producidos por un chiste y al interpretar Ruiz de Arana un tipo de militar resonaron los primeros aplausos, que siguieron casi sin interrupción, convirtiéndose en una ovación clamorosa al final del juguete.

Su autor fué llamado insistentemente al palco escénico por los espectadores, rehusando salir, a consecuencia de su pobre indumentaria. Un cómico de su misma estatura, apellidado Casas, le prestó un abrigo y con él se presentó en el proscenio, acompañado de los principales artistas: la Mavillard, Ruiz de Arana y Mesejo, siendo aplaudido con gran entusiasmo y viéndose obligado a salir cinco veces a la escena.

La obra obtuvo diez representaciones y la empresa del teatro, por causas que desconocemos, no abonó los derechos de aquellas, que se elevaban a la enorme cantidad de cuarenta pesetas, al autor de Fingir pura agrodar .

Poco después Ocaña vió su obra, impresa, en el escaparate de una librería; visitó al editor don Enrique Arregui para pedirle algunos ejemplares y aquél le dijo que había adquirido el manuscrito en doscientas cinco pesetas y que no hubiera tenido inconveniente en comprárselo a su autor por quinientas pesetas.

Así empezó don Juan Ocafia Prados la carrera literaria, que varió por completo los derroteros de su vida.

Personas significadas de Móstoles, al saber que varias empresas teatrales de Madrid habían admitido una obra de Juan Ocaña, decidieron concederle protección y ofreciéronle un modesto destino en el Ayuntamiento de dicha villa, dotado con el haber diario de seis reales.

Ocaña lo aceptó, aunque no se trataba de una prebenda ni cosa análoga, convencido de que era punto menos que imposible vivir solamente de la Literatura.

Después logró otra colocación compatible con aquella, la de escribiente de la Notaría del pueblo, que también tenía una espléndida dotación, treinta pesetas mensuales.

Merced a aquellos dos excelentes destinos consiguió reunir medio duro de sueldo y consideróse feliz porque entonces con diez reales diarios se vivía mejor que hoy con diez pesetas.

El Ayuntamiento de Móstoles construyó en aquella época un magnífico edificio destinado a escuelas y se propuso que la inauguración del mismo revistiera gran solemnidad.

Ocaña concibió la idea de escribir un drama histórico cuyo protagonista seria el famoso alcalde de Móstoles, para que se estrenase en las fiestas con que se celebraría la inauguración del edificio escolar.

Puso manos a la obra aprovechando el escasísimo tiempo que le dejaran libre sus ocupaciones y sin que se enterase de su empresa más que el señor cura del pueblo, a quien pidió libros para estudiar el episodio que había de desarrollar en el drama.

Cuando hubo terminado éste, lo dedicó al Ayuntamiento, que acordó imprimirlo y regalar a su autor la edición completa.

Don Juan Ocaña y otros aficionados al arte teatral comenzaron seguidamente a ensayar la nueva producción para representarla.

El 2 de Febrero de 1883 efectuóse la apertura de las escuelas y puede asegurarse que ese día ha sido el más feliz de la existencia del señor Ocaña.

Invitados por el Municipio asistieron a las fiestas el Rector de la Universidad Central, el Director del Instituto del Cardenal Cisneros, varios diputados a Cortes y otras personas de alta significación.

En el acto de la apertura de las escuelas pronunciáronse elocuentes discursos y, terminados estos, un joven de apariencia humilde y sencilla pidió permiso para recitar unos versos. Concediósele, y el joven aludido; que era Ocaña, declamó de modo magistral una hermosa poesía que llamó extraordinariamente la atención del auditorio. Este le interrumpía con sus aplausos al final de cada estrofa y a la terminación de una que concluía así:

porque el hombre estudioso y aplicado es de todos querido y respetado”

uno de los concurrentes exclamó: eso te pasa a tí, Juanito, frase que fué acogida con una ovación estruendosa.

Aquella noche fué estrenado, con análogo éxito, el drama del señor Ocaña, en tres actos y en verso, titulada El grito de Independencia.

La segunda obra teatral del novel autor produjo gran entusiasmo a las personalidades que habían ido de Madrid para asistir a las fiestas y especialmente al diputado a Cortes señor López Puigcerver, que felicitó calurosamente al dramaturgo.

Los principales periódicos de la Corte reprodujeron la poesía recitada por Ocaña en la apertura de las escuelas y el dueño de una imprenta hizo una lujosa edición de ella para regalarla al autor.

Asimismo la prensa madrileña emitió juicios muy laudatorios del drama, que fué representado varias veces en el teatro de Capellanes, de Madrid, hoy llamado Teatro Cómico.

Algunas personalidades de las que asistieron a los actos referidos, al enterarse de la poco halagüeña situación económica del señor Ocaña y con el deseo de que este encontrara campo a propósito para desarrollar sus no comunes dotes intelectuales, quisieron llevarle a Madrid concediéndole allí protección, pero desistieron de tal propósito por consejos de varios paisanos del joven escritor, quienes les informaron de que había estado ya en la Corte algún tiempo, teniendo que abandonarla porque no le favoreció la fortuna.

El señor Ocaña permaneció en Móstoles ejerciendo el cargo de escribiente en la Secretaría del Ayuntamiento y en la Notaría desde el año 1879 hasta 1886. No cesó en este tiempo de cultivar la Literatura y escribió un apropósito titulado Círculo del Recreo, que fui representado, con mucho éxito, gran número de veces.

En 1886 solicitó y obtuvo el cargo de secretario del Ayuntamiento de Villamantilla, pequeño pueblo de la provincia de Madrid y en 1887, por mediación de don Joaquín López Puigcerver, consiguió el empleo de interventor de la Administración subalterna de Hacienda de Getafe; en 1890, en virtud de ascenso, pasó de la citada Administración subalterna a la de Lucena, comenzando su actuación en la provincia de Córdoba, donde hoy disfruta de grandes simpatías, de muchos afectos, de la consideración general que merece el hombre honrado, laborioso y bueno.

Don Juan Ocaña Prados permaneció en Lucena desde el año 1891 hasta el 1893, consagrando todo el tiempo que le dejaba libre el ejercicio del cargo de interventor de la subalterna de Hacienda, al cultivo de la Literatura, de la que cada día sentíase más enamorado.

Su amistad con don Felipe Ducazcal, uno de los fundadores y propietarios del Heraldo de Madrid , le proporcionó, en aquella época, la colaboración retribuida en dicho periódico

Frecuentemente aparecían en él artículos de costumbres y poesías festivas de Ocaña, quien, por cada uno de estos trabajos, percibía la suma de diez pesetas.

Además el señor Ducazcal ofreció a nuestro biografiado, si algún día lo necesitaba, un puesto en la administración de aquel periódico, retribuido con trece reales.

Un comerciante de Lucena, amigo de don Juan Ocaña, que a la vez lo era del director de La Voz de Córdoba don Dámaso Angulo Mayorga, lo puso en relación con éste y el señor Angulo dió a conocer en nuestra capital al culto escritor, publicando en el mencionado periódico gran número de composiciones en verso del aplaudido autor de El grito de Independencia , en una sección especial que don Dámaso Angulo Mayorga tituló Mosquetazos .

Pronto la firma del gracioso mosquetero adquirió popularidad y el público buscaba las composiciones de aquel para saborear el ingenio y la sal ática de que estaban repletas.

Suprimidas las administraciones subalternas, don Juan Ocaña obtuvo el cargo de investigador de Hacienda en Córdoba, a donde trasladó su residencia.

Aquí dedicóse de lleno al periodismo, ingresando en la redacción de La Voz de Córdoba .

Las excelentes dotes de carácter, las extraordinarias simpatías, la jovialidad y el gracejo del señor Ocaña, granjeáronle, más que la amistad, el cariño de periodistas, literatos y artistas, y en general de cuantas personas le conocieron y trataron, pudiendo decirse que el chispeante autor de los Mosquetazos se convirtió pronto en un cordobés de pura cepa.

El era el alma de las reuniones que escritores y amantes de las letras solían celebrar entonces en el primitivo merendero denominado La Parra, donde tenia pendientes de su conversación amena a todos los amigos que con él concurrían al mencionado paraje.

Perteneció al Ateneo Científico, Literario y Artístico establecido por aquellos tiempos en la calle del Paraíso y tomó parte en varias fiestas celebradas en dicho centro de cultura.

Para asistir a una de ellas, en la que se exigía el traje de etiqueta, como él no lo tuviese, pidió prestada una levita a su amigo don Antonio Muñoz Pérez, actual registrador de la Propiedad de Carabanchel.

Proporcionósela el señor Muñoz Pérez, quien al ver con ella en el Ateneo a don Juan Ocaña le preguntó: ¿que tal le esta la levita?

El ingenioso mosquetero contestóle: cállese usted y retírese que desde que ha oído su voz parece que se me despega del cuerpo.

Y el propietario de la prenda replicó: bueno es que no le tome a usted cariño.

En aquella velada nuestro biografiado recitó, como un consumado maestro de la declamación, una hermosa poesía titulada A los escritores y artistas españoles , que le valió un verdadero triunfo.

Un año próximamente permaneció entre nosotros el señor Ocaña que, cesante a causa de haber sido reformada la ley referente a los investigadores de Hacienda, tuvo que abandonar, con gran sentimiento, a Córdoba y trasladarse de nuevo a Móstoles.

No encontró allí colocación y marchó a buscarla a Madrid, donde un abogado le ofreció dos pesetas diarias porque fuese a escribir a su despacho desde las ocho hasta las doce de la mañana.

Al mismo tiempo, el notario de Carabanchel Alto brindóle otro destino de escribiente y un departamento, para que habitase, en la casa donde se hallaba instalada la Notaría. Este funcionario le daría dos reales por cada pliego de escritura que copiase y una peseta cuando Ocaña se comprometiera a redactar el documento.

El ingenioso escritor aceptó ambas prebendas; instalóse con su familia en la casa de Carabanchel, desde donde diariamente, a las siete de la mañana, emprendía la caminata a Madrid para estar a las ocho en el despacho del abogado y a las doce salía en dirección al pueblo a fin de dedicar la tarde a la pesada labor de emborronar papel sellado.

Don Juan Ocaña, que en los siete meses que tuvo estos destinos se acreditó de andarín capaz de competir con Vargosi y Vielza, efectuaba sus diarias excursiones calzando alpargatas; llevaba las botas envueltas en un papel debajo del brazo y al llegar a Madrid se las ponía, sustituyéndolas en el envoltorio por las alpargatas, para volver a colocárselas cuando abandonaba la Corte y emprendía el regreso a Carabanchel.

De este modo conseguía realizar sus largas expediciones lo más cómodamente posible, a falta de otros medios de locomoción que los suyos propios, y economizar calzado.

Un día venturoso para don Juan Ocaña, recibió este, en Carabanchel, uu telegrama de don Dámaso Angulo Mayorga, preguntándole si le convenía el cargo de secretario del Ayuntamiento de Baena, dotado con 2.500 pesetas anuales. Contestó afirmativamente y marchó, lleno de júbilo, a tomar posesión de su nuevo destino.

A los cinco meses, en Febrero de 1894, renunció la mencionada Secretaría para hacerse cargo de la del Municipio de Villanueva de Córdoba, que tenía asignado el sueldo de 3.000 pesetas, empleo que también le proporcionó el señor Angulo Mayorga.

En Julio de 1895 las luchas políticas, que eran muy enconadas en Villanueva, obligáronle a presentar la dimisión y por segunda vez vino a Córdoba, donde obtuvo un modesto destino en la Diputación Provincial.

Fundóse por aquella época en nuestra capital un importante periódico titulado La Unión y el señor Ocaña fue nombrado administrador del mismo, además de obtener un puesto entre sus redactores.

Entonces publicó el primer tomo de Mosquetazos , libro en que recopiló gran número de composiciones poéticas, festivas y satíricas, escritas con facilidad y mucho gracejo.

Don Juan Ocaña, recordando sus tiempos de actor representó con otros aficionados, muy acertadamente, un juguete cómico denominado Los de Ubeda , en un festival celebrado en el Gran Teatro en honor del batallón de cazadores de Cataluña cuando este recibió ordenes de abandonar nuestra guarnición para ir a Cuba a pelear contra los insurrectos.

Como los empleados de la Diputación Provincial cobraban muy difícilmente el sueldo y el periódico La Unión tuvo corta vida, Ocaña aceptó la Secretaría, que con interés le ofrecieron, del Ayuntamiento de Luque, pueblo en que había estado durante la segunda época de su residencia en Córdoba, para realizar ciertos trabajos que le encomendaron referentes a la administración municipal.

A los seis meses también renunció aquel destino y se trasladó a Pozoblanco para escribir en un semanario titulado El Distrito , del que le nombraron redactor-jefe, y encargarse de la contabilidad en un almacén de maderas.

Medio año solamente permaneció el señor Ocaña en Pozoblanco, pues como la situación económica del periódico El Distrito era poco satisfactoria y excesivo el trabajo en la maderería, decidió aceptar de nuevo la Secretaría del Municipio de Luque, la cual hallábase aún vacante.

En Luque estuvo siete meses y desde allí pasó a Alcaudete para encargarse de la Secretaría municipal, que le ofrecieron y el no vaciló en aceptar, porque se hallaba mejor remunerada que la del pueblo citado anteriormente.

Personalidades importantes de Baena, donde había dejado gratísimos recuerdos el señor Ocaña, hicieron toda clase de gestiones cerca de él para que volviera a ejercer el cargo de Secretario del Ayuntamiento.

Aceptólo al fin nuestro biografiado y a los dos meses de permanecer en Alcaudete marchó a Baena, con el firme propósito de terminar allí su odisea larguísima y penosa.

En Baena el señor Ocaña realizó una labor administrativa, benéfica y literaria, tan intensa como digna de elogios.

Él contribuyó muy eficazmente a la creación del Asilo para ancianos, institución que honra a aquel pueblo, avivando los sentimientos caritativos con artículos que publicaba en la prensa local y allegando importantes recursos con la organización de diversos festivales.

Para que fuese representado en estos escribió un apropósito titulado La caridad en Baena , que obtuvo un éxito extraordinario.

En testimonio de gratitud por su obra bienhechora, el Municipio baenense dirigió un mensaje al Ayuntamiento de Móstoles tributando entusiásticos elogios al preclaro hijo de aquella heroica villa don Juan Ocaña Prados.

El señor Ocaña colaboró asiduamente en el semanario titulado Heraldo de Baena tomó parte en diversos actos literarios y durante su estancia en dicho pueblo publicó dos obras: el segundo tomo de Mosquetazos y un folleto denominado Las Calabazas , conteniendo una serie de donosos artículos, escritos en colaboración con el malogrado poeta cordobés don Enrique Redel, en el que ambos demostraron su ingenio, haciendo toda clase de lucubraciomes acerca de la cucurbitacia [sic], cuyo sólo nombre produce terror a los estudiantes desaplicados y a los pretendientes de muchachas casaderas.

Aunque, como ya hemos dicho, don Juan Ocaña se propuso, al establecerse en Baena, que fuese aquella su residencia definitiva, tuvo que desistir de tal propósito; con gran disgusto, porque se había creado allí muchos afectos y gozaba de un bienestar que pocas veces disfrutó.

La difícil situación económica del Municipio baenense, motivada por la escasez de sus recursos que no estaban en relación con sus excesivos, gastos, era causa de que los empleados de la Corporación cobraran sus haberes con mucho retraso o por partidas mezquinas, y tal irregularidad decidió a nuestro biografiado a renunciar su cargo y admitir otra vez el de secretario del Ayuntamiento de Villanueva de Córdoba, a la sazón vacante, y que reiteradamente le ofrecían.

Para aceptarlo impuso la condición de que todos los partidos le respetarían en su puesto y él jamás intervendría en las maquinaciones y luchas de la política, de la que siempre se ha mostrado enemigo.

En esta forma ha ocupado su puesto en Villanueva el señor Ocaña, hasta hace poco tiempo, con el beneplácito de todos.

Villanueva de Córdoba es la población donde ha permanecido más tiempo don Juan Ocaña y donde ha pasado el periodo mejor de su existencia.

Allí ha vivido veinte años disfrutando de una relativa holgura, de los dulces afectos de la familia, de la tranquilidad, de la paz, de ese ambiente de alegría que sólo se respira en los hogares honrados, cuyos sólidos cimientos son el amor y la fe.

Allí ha visto realizada la principal, la más legítima de sus aspiraciones: poner a sus hijos, pedazos idolatrados de su alma, en condiciones de crearse una posición que les asegure, en el porvenir, si no abundantes bienes de fortuna, al menos el pan de cada día.

Allí, en la Secretaría del Ayuntamiento, ha trabajado sin descanso, con celo y competencia admirables, contribuyendo poderosamente a la prosperidad de aquel Municipio, siendo el consultor y consejero de cuantas personas han desfilado por el y el autor de importantes iniciativas, sumamente beneficiosas para el pueblo y para su administración.

El archivo de la Corporación mencionada está lleno de documentos interesantísimos, que pueden servir de modelo a todos los de su clase, redactados y escritos por el señor Ocaña, con su letra clara, igual, menudita, genuinamente española.

Y en esta ímproba labor ha consumido las energías y, lo que es más doloroso, ha perdido la vista, quedando envuelto en las sombras de una noche eterna, que solamente la divina antorcha de la inteligencia desgarra con sus espléndidos fulgores.

En Villanueva de Córdoba don Juan Ocaña intensificó y consolidó su obra literaria, lo mismo en el libro que en la prensa

Al cumplirse el primer centenario de la epopeya gloriosa del Dos de Mayo, publicó un libro notable titulado Apuntes para la historia de la villa de Móstoles .

Es una serie de episodios, de narraciones, de hechos y de figuras relacionados con la guerra de la Independencia, en los que palpita un alto espíritu patriótico, escritos en correcta y vibrante prosa.

Fruto de largos estudios y de prolijas investigaciones, fué otra obra interesantísima, la Historia de Villanueva de Córdoba, en la que se revela como historiador concienzudo, imparcial, sereno, perfectamente documentado y poseedor de una vasta cultura.

La Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, reconociendo el mérito excepcional de dicha obra, nombró a su autor académico correspondiente y, con este motivo, los intelectuales de Villanueva rindieron un homenaje a don Juan Ocaña, al imponerle las insignias de la docta Corporación cordobesa.

El señor Ocaña recopiló cuidadosamente gran número de sus producciones, unas publicadas en los periódicos y otras inéditas, poesías serias y festivas, sainetes y artículos humorísticos y de costumbres para formar con ellos el tercer tomo de Mosquetazos , el cual no ha podido publicar a causa del extraordinario encarecimiento de las primeras materias del libro que se padece en España desde que se desarrolló la guerra internacional.

Don Juan Ocaña dispensó al autor de estas líneas el honor de que prologara el tercer volumen de los Mosquetazos .

El autor de Fingir para agradar no ha cesado de escribir en la prensa, a la que profesa un cariño ferviente.

El fundó, en unión del dueño de la imprenta de Villanueva de Córdoba, un semanario titulado La Voz de los Pedroches que tuvo corta vida, y colaboró en los periódicos de aquel pueblo Escuela y Despensa y Patria , en El Cronista del Valle , de Pozoblanco, y en casi todos los periódicos de la capital, especialmente en el Diario de Córdoba .

Don Juan Ocaña, hombre de sanas costumbres, amante de su hogar, pocas veces lo ha abandonado para buscar en casinos, cafés y otros centros de reunión el solaz y el recreo que sólo encuentra al lado de su familia.

Unicamente salía gozoso de su casa para venir a Córdoba, siempre que le era posible, con el fin de avivar antiguos afectos, de pasar algunas horas entre los amigos, en amena charla.

De sobremesa en una cena o un almuerzo intimo, gustaba de evocar recuerdos del pasado, de narrar episodios de su vida, de hablar de literatura, de arte, de todo lo que no fuera política ni implicara murmuración.

Ocaña decía muy acertadamente que con estas expansiones echaba una cana al aire, pues ellas le rejuvenecían y servíanle de descanso en su rudo batallar, para reanudarlo con nuevos bríos.

Hace un año próximamente una terrible enfermedad, las cataratas, nubló sus ojos y todos los recursos de la ciencia han sido inútiles para devolverle la vista.

Ciego, inútil para el trabajo, dimitió su cargo y solicitó que se le jubilara.El Ayuntamiento de Villanueva de Córdoba admitióle la dimisión, pero no le jubiló, fundándose en la precaria situación de aquel Municipio, uno de los más ricos de esta provincia, para no sentar precedentes .

Siempre los precedentes sirviendo de estribillo a todas las cuestiones en España.

¡Triste destino el de las personas de talento, condenadas a sufrir toda clase de infortunios y, especialmente, la ingratitud de los hombres!

La labor literaria de don Juan Ocaña Prados es tan variada como intensa. El señor Ocaña la empezó, según ya hemos dicho, escribiendo obras teatrales, y si hubiera perseverado en el cultivo de este genero, seguramente ocuparía un puesto envidiable entre nuestros comediógrafos.

Su primera producción, el juguete cómico titulado Fingir para agradar revela un conocimiento de la técnica teatral impropio de un autor novel.

Los tipos están perfectamente delineados, la trama se desarrolla con naturalidad, el diálogo es fácil y la comedia está llena de chistes de buena ley.

El drama denominado El grito de Independencia tiene el corte de las obras clásica. Los personajes, figuras de gran relieve, se ajustan perfectamente a la verdad histórica; el interés de la acción no decae un momento; la intensidad dramática sube de punto a medida que se acerca el desenlace; la versificación es viril, rotunda, vibrante.

Los apropóitos, escritos para determinadas fiestas, se adaptan perfectamente a los actos que los inspiraran; el titulado La Caridad de Baena es un canto hermoso a la más sublime de las virtudes. sublime de las virtudes.

Además, don Juan Ocaña tiene varios sainetes no representados e inéditos, que son cuadros, de costumbres populares, rebosantes de ingenio y de gracia.

Nuestro biografiado es conocido, principalmente, como poeta festivo; sus Mosquetazos le han valido una popularidad extraordinaria. Estas poesías, con las que viene colaborando, hace más de treinta años, en la prensa de Córdoba y su provincia, son composiciones ligeras en las que comenta donosamente un suceso de actualidad; fustiga un vicio o una mala costumbre; narra una anécdota con mucho gracejo, con sencillez, con la difícil facilidad de que nos hablaba el preceptista.

Algunos Mosquetazos resultan epigramas intencionadísimos, otros sátiras punzantes que a nadie pueden molestar, pues el señor Ocaña jamás personaliza, no apunta cuando dispara su mosquete, guarda a los demás la consideración y el respeto que se le guardan a él.

Muchos Mosquetazos están escritos en el lenguaje del pueblo andaluz, que el antiguo coplero de Móstoles conoce perfectamente.

Don Juan Ocaña ha cultivado también el género serio y es autor de composiciones llenas de pensamientos originales e imágenes bellas, de versificación sonora, como la que dedicó a los Escritores y Artistas españoles.

Antes que su primer volumen de Mosquetazos , el señor Ocaña publicó, en Madrid, un tomito de versos titulado Para muestra , en el que recopiló sus primicias literarias, diversas composiciones que, aunque ligeras, sencillas, acusaban ya a un verdadero poeta.

Don Juan Ocaña, aunque ejerció el periodismo en órganos de la prensa de diversos partidos, siempre permaneció alejado de la política, dedicándose a defender los intereses generales, serena y concienzudamente; a tratar de cuestiones administrativas, de las que posee conocimientos profundos y a escribir crónicas literarias y artículos de costumbres.

Entre estos tiene algunos muy notables, como el titulado El velón de Lucena , que apareció en el Heraldo de Madrid.

En el Diario de Córdoba también publicó una interesante serie de artículos que después, con otros de don Enrique Redel, imprimió en un folleto denominado Las Calabazas .

Siempre rehuyó la discusión y la polémica y si alguna vez las sostuvo fué con exquisita corrección, sin descender al terreno de la chavacanería, que debe estar vedado a la prensa; sin ofender ni molestar a su contrincante.

En don Juan Ocaña se sobrepone el historiador al comediógrafo, al poeta y al periodista; muy por encima de sus demás obras se hallan los Apuntes para la historia de la villa de Móstoles y la Historia de Villanueva de Córdoba.

Su autor, para escribirlas, estudió concienzudamente la materia de que tratan y ha reunido en ellas un caudal de noticias, ordenadas de modo perfecto. En ninguna ocasión se aparta de la verdad, nunca fantasea, como otros historiadores y cuando emite juicios lo hace con imparcialidad completa, con absoluto desapasionamiento.

En resumen: los dos libros citados pueden servir de modelo, como ya hemos dicho, de obras de historia y son, indiscutiblemente, las mejores del señor Ocaña.

Una nota curiosa para terminar estos apuntes biográficos.

Don Juan Ocaña, hombre bondadosa [sic], incapaz de proceder mal con persona alguna, sólo ha tenido un enemigo implacable, con el que jamás pudo conseguir la reconciliación, apesar de que la intentó varias veces.

¿Cuál fué la causa de esta enemistad? Van a saberla nuestros lectores.

El señor Ocaña, durante su residencia en Getafe, conoció al notable escritor don Juan Bautista Amorós, que hizo popular el pseudónimo de Silverio Lanza , quien pasaba allí largas temporadas en una casa de recreo construída por el célebre comediógrafo don Narciso Serra.

El señor Amorós, enterado de las aficiones literarias de don Juan Ocaña y de su poco envidiable situación económica, decidió protegerle y le ofreció una pequeña remuneración por el trabajo de poner en limpio las cuartillas de varias novelas, animándole al mismo tiempo para que publicara un tomito con sus mejores poesías.

Silverio Lanza corrigió estas y escribió el prólogo del libro. Para costear su impresión, algunos aficionados al arte teatral organizaron una función a beneficio del señor Ocaña, la cual tuvo un gran éxito.

En ella estrenóse un apropósito del beneficiado, a quien aplaudió calurosamente el público y felicitó con entusiasmo el popular sainetero Ricardo de la Vega, que se hallaba entre los espectadores.

Con los productos de la fiesta fué editada, en un establecimiento tipográfico de Madrid, la obrita de Ocaña, que se tituló Para muestra, al mismo tiempo que una novela del señor Amorós denominada Ni en la vida ni en la muerte .

Silverio Lanza dedicó un ejemplar de su obra a Ocaña, quien lo prestó, para que lo leyesen, a varios amigos suyos de Getafe, donde no era conocida la nueva producción del ilustre literato.

En ella su autor fustigaba cruelmente a significadas personalidades de Getafe, lo cual produjo gran indignación en dicho pueblo.

Apenas volvió a el don Juan Bautista Amorós, quien entonces hallábase en Madrid, el juez de instrucción, que era una de las personas ridiculizadas en la novela, le procesó y encarceló, al mismo tiempo que secuestraba los ejemplares del libro. Como base del proceso figuraba el ejemplar de la novela dedicado al señor Ocaña.

Según ya hemos dicho, Silverio Lanza jamás perdonó al autor de Mosquetazos el disgusto que éste le produjo inconscientemente y se negó a reconciliarse con su enemigo, apesar de haber hecho gestiones con tal objeto el señor Ocaña siempre que encontró una ocasión propicia.

Noviembre, 1923.

NOTA.- Don Juan Ocaña Prados murió en Villanueva de Córdoba el 12 de Abril de 1928.