Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Don Mariano Serrano (Notas cordobesas)

De Cordobapedia

Las personas muy ancianas que tengan buena memoria seguramente recordarán a uno de esos servidores del hospital de San Jacinto, de hábito pardo y tosco, que hace muchos años postulaba para dicho establecimiento benéfico y era, sin duda, el hermano más popular de los Dolores.

Siempre se le veía en la calle leyendo o rezando y en todas las casas donde le entregaban el óbolo de la caridad invitábanle para que entrase y descansara, más que con este propósito con el de oirle un rato.

El postulante del hospital de los Dolores, un humilde hijo del pueblo, sencillo, afable, bueno, cariñoso, era lo que el vulgo llama muy apropiadamente un alma de Dios.

Su aspiración única consistía en poder terminar la carrera eclesiástica, que estaba estudiando, y apropósito de tales deseos charlaba con los bienhechores del hospital de incurables, y les contaba los planes que tenía para el porvenir, y les enseñaba oraciones, y la gente de buen fondo pasaba un rato agradable con la conversación de aquel hombre, que poseía un corazón de niño.

El hermano vió al fin llegar el día en que sus sueños se convirtieron en realidades; a costa de grandes trabajos y sacrificios terminó la carrera, la llamada entonces corta o vulgarmente de misa y olla, hoy suprimida, y cambió los pardos y toscos hábitos que vistiera por los del sacerdote.

Desde el momento en que logró este cambio consideróse feliz, aunque su posición no varió gran cosa; pero él, nacido en la pobreza, la amaba como la amó Jesucristo y nunca pretendió salir de ella

Los productos de su Misa representaban para él tanto como la renta de un Roschild, aunque no los percibía diariamente y, por regla general, para obtenerlos, tenía que emprender grandes caminatas.

Pero don Mariano Serrano, que así se llamaba el presbítero, era un andarín consumado; lo mismo en su juventud que en su edad madura recorría leguas y leguas, sin mostrar cansancio ni fatiga.

Conocedores de su resistencia física y de su extraordinaria afición a la cacería, sus protectores le encomendaban ya la Misa dominical en el poblado de Trassierra, ya en la colonia de Alcolea, ya en el santuario de Santo Domingo.

Y don Mariano, en vez de rehusar estos encargos, los acogía con indescriptible júbilo y esperaba anhelante el domingo para emprender las excursiones.

Antes de que amaneciera disponíase para la marcha; preparaba una mochila con el almuerzo, un bollo de pan con aceite y unas cuantas aceitunas; ocultábala debajo de los raídos hábitos; armábase de su escopeta y allá iba, hacia el santuario donde debía celebrar el Santo Sacrificio.

Y, según él aseguraba, por mucha distancia que tuviera que recorrer, el camino se le hacia corto, distraído con la caza, después de haber invertido parte del tiempo en sus rezos diarios.

¡Y que días pasaba más deliciosos! Después de haber cumplido su sagrado ministerio, a almozar; un almuerzo de príncipe, pues al bollo con aceite y las aceitunas, siempre se unía alguna fruta que le regalaban en las fincas próximas.

Cuando terminaba el banquete, a caza; a hacer ejercicio cerro arriba, cerro abajo, ya en busca de una liebre, ya tras una perdiz que, al fin, solía caer, merced a la constancia y a las buenas piernas de su perseguidor.

Y luego, al atardecer, a visitar a las familias que residían en las huertas y en los caceríos [sic] de las inmediaciones.

En todas partes recibíanlo con agrado; labradores y excursionistas campestres le obsequiaban, este con fruta, aquel con hortaliza, el de más allá con media docenita de huevos. Y don Mariano Serrano regresaba a Córdoba con la mochila mucho más repleta que la llevó, arrastrando una carga enorme, pero sin perder su ligereza ni cansarse jamás.

Cuando había conseguido matar un par de perdices o de conejos no cabía en si de gozo; ¡como que ya tenia asegurada la manutención durante toda la semana!

Daba la caza para que se la vendieran en el mercado y con el producto de ella y con los regalillos sobrábale para la subsistencia en los siete días y, en su virtud, destinaba el producto de la Misa al fondo de reserva.

Puede asegurarse que don Mariano Serrano tenía el vicio de andar mucho; cuando no le precisaba para el cumplimiento de su obligación, hacía excursiones, por capricho, a Almodóvar del Río, a Posadas y a otros pueblos, sin temor a los rigores del calor ni del frío, sin que le preocupase poco ni mucho el estado de los caminos y carreteras, pues salvaba todos los obstáculos con facilidad asombrosa.

Don Mariano poseía dos raras habilidades; una era la de domesticar perdices y codornices.

Causaba admiración verle abrir la jaula del más brusco de estos animales, para él desconocido, sacarlo de ella, empezar a acariciarlo y súbitamente convertirlo en la más dócil y mansa de las aves.

Colocábasela en un hombro, sobre la falda y allí la tenia, inmóvil, como un pájaro disecado, todo el tiempo que se le antojaba.

La otra habilidad del humilde sacerdote consistía en fabricar anteojos. Sin haber estudiado óptica dominaba perfectamente esta parte de la Física en lo que a la construcción de tales aparatos se refiere y los hacía con gran perfección y de un alcance extraordinario.

Generalmente don Mariano Serrano usaba para confeccionar sus anteojos monturas de otros antiguos y, por este motivo y porque se conformaba con una ganancia muy exigua, vendíalos a precios inverosímiles.

No es extraño, pues, que siempre tuviera encargos de fabricar o componer algunos de esos instrumentos de óptica

Casi todas las familias antiguas de desahogada posición que habitaban las viejas y alegres casas cordobesas, coronadas por amplias azoteas o elevados miradores, poseían un catalejo para recrearse desde tales sitios admirando los encantos de nuestra Sierra con sus poéticas Ermitas o el curso del Guadalquivir por campos de eterno verdor, y la mayoría de los repetidos aparatos era obra del laborioso presbítero.

Merced a estas habilidades lograba aumentar los modestos productos de su carrera y así vivía dichoso, con la felicidad que anhelaba el poeta, de no ser envidioso ni envidiado.

El cura de las perdices, como le llamaban, era una de las figuras más simpáticas y populares de nuestra ciudad.

En su rostro cetrino estaba grabado el sello de la bondad; su cuerpo menudo parecía un manojo de nervios; sus hábitos verdosos y raídos pregonaban la modestia de aquel hombre.

A cualquier hora nos lo encontrábamos, siempre de prisa, siempre ligero, como si los años no le pesaran, ocultando malamente, debajo del manteo, algún objeto abultado; ya era una perdiz o una codorniz enjaulada que devolvía a su dueño, después de haberla amansado; ya la mochila con el almuerzo para emprender la excursión a Alcolea o Almodóvar; ya el anteojo que acababa de componer.

Apesar de su aparente prisa, impuesta sólo porque no podía ir despacio, deteníase en la calle a hablar con todo el mundo, que todo Córdoba era su amigo, ya de cacerías, ya de pájaros, sin que de sus labios saliera jamás una queja, una frase de censura, una palabra que tuviese visos de murmuración.

Como en la época en que era hermano del hospital de San Jacinto, enseñaba oraciones a las mozas y recordando los tiempos en que postulaba para fines benéficos y en todas partes recibía el óbolo de la caridad, nunca dejaba disgustado al chiquillo que le pedía una perra, apesar de ser escasísimos sus recursos.

Mas aunque no lo hubieran sido, aunque la fortuna se hubiera mostrado pródiga con él, seguramente habría vivido y muerto en la pobreza, por lo que dijo Campoamor de otro sacerdote semejante a este:

"El cura del Pilar de la Horadada

como todo lo da no tiene nada."

Noviembre, 1919