Don Vicente Fernández Y Don León Torrellas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Hoy que causa estragos en casi toda España una terrible epidemia, de la que no se ha librado la provincia de Córdoba, los médicos forman parte esencialísima de la nota de actualidad y vamos a aprovechar la ocasión para evocar el recuerdo de dos de los más populares que hubo en nuestra ciudad hace cincuenta años: don Vicente Fernández y don León Torrellas.
Ambos hicieron de su profesión un sacerdocio y prestaron extraordinarios servicios en Córdoba, que fueron recompensados con varias honrosas condecoraciones concedidas al primero y con el honor póstumo que el Ayuntamiento tributó al segundo poniendo su nombre a una de las nuevas calles de la población, a más del afecto que a los dos profesaba su numerosísima clientela, formada lo mismo de familias linajudas y opulentas que humildes y pobres.
Don Vicente Fernández era, en todas las acepciones de la frase, lo que vulgarmente se llama un hombre chapado a la antigua; observaba los usos y costumbres que aprendió de sus padres y abuelos.
Solterón empedernido habitaba solo, sin más compañía que una vieja sirviente, en una casa muy modesta, de carácter genuinamente cordobés.
Tenía el patio lleno de flores y plantas medicinales que él mismo cuidaba y llevaba a muchos enfermos, además de obsequiar con ellas a cuantas personas iban a verle.
La habitación principal servíale, a la vez, de sala para recibir visitas, de estudio y hasta de gabinete de operaciones, si llegaba el caso.
Sus paredes estaban cubiertas con estampas de santos encerradas en marcos de paja o de papel picado; con adornitos de cera; con flores artificiales; con relicarios, todo ello, regalo de las monjas de los conventos de, esta capital, pues era el médico de todos, sin excepción alguna.
Formaban el mobiliario varias sillas y un enorme sofá cubiertos de gutapercha, dos o tres armarios desiguales, grandes y desvencijados, macizos de viejos libros y, durante el invierno, en el centro de la sala, una tarima con un antiguo brasero de azófar.
Don Vicente Fernández celebraba allí las consultas, reconocía a los enfermos, estudiaba y recibía a los amigos.
Sencillo en todo, éralo en el vestir, pero los domingos y días festivos sustituía su indumentaria corriente por la levita y el sombrero de copa y, en las grandes solemnidades, el Corpus y la Semana Santa, salía a la calle con frac, ostentando todas sus condecoraciones, y hasta sustituía el bastón ordinario con las borlas de cordobán por otro de caña magnífico y borlas de seda y oro.
Don Vicente Fernández leía mucho, estaba suscrito a las mejores obras de Medicina que se publicaban en su tiempo y poseía grandes conocimientos de la ciencia a que se consagrara; por este motivo sus compañeros le juzgaban indispensable para todas las consultas.
Las personas de buena posición utilizaban los servicios de este medico por su fama de hombre de ciencia; los pobres porque para ellos era el médico ideal; ordinariamente explicaba el modo de hacer las medicinas en la casa del enfermo, con muy poco dinero, cuando recetaba era seguro que el valor del potingue no excedía de un par de reales. Cualquiera hubiese dicho que don Vicente Fernández tenía declarada la guerra a los boticarios.
La última vez que el cólera invadió nuestra población y causó en ella innumerables victimas, el doctor Fernández trabajó sin descanso, durante el día y la noche, acudiendo solicito a todas partes donde le llamaban, sustituyendo a sus compañeros enfermos, asistiendo gratuitamente a los pobres y hasta socorriéndoles en muchos casos.
Por esta admirable campaña el Gobierno le concedió una condecoración, la que el lucía con más orgullo cuando, ya muy anciano, pero siempre erguido, le veíamos con su viejo frac y su sombrero de copa, ir a visitar Sagrarios el Jueves Santo o a presenciar el paso de la proce$ión del Corpus Christi.
Don León Torrellas era un hombre que, sin necesidad de la ciencia médica que poseía, sólo con sus simpatías, con su ingenio y con su gracia, hubiese curado a muchos enfermos de esos en quienes las dolencias morales se sobreponen a las físicas.
Era un manojo de nervios, no podía estar quieto un instante; ya en sus últimos tiempos, como si no le pesaran los años, encontrábasele a cualquier hora en la calle, siempre casi a la carrera, para poder cumplir todos sus compromisos.
Pero esta prisa se le olvidaba al llegar a la casa de los enfermos; sentábase a la cabecera del lecho, cuando no en el lecho mismo, reconocía al paciente y, aunque estuviese en estado agónico, le daba unos ánimos inconcebibles.
Tú, le decía, porque don León Torrellas tuteaba a casi toda su clientela, no tienes más que aprensión, dentro de un par de días estás bueno y sano.
Ahora vengo de ver a otro que se quejaba de lo mismo que tú, pero aquel estaba verdaderamente grave, y le he encontrado preparándose para asistir a un baile. Con media docena de visitas lo he puesto así.
Esta charla consoladora servía de prólogo a una serie de chascarrillos interminables, que contaba con mucha gracia.
Suyo es aquel, hoy popularísimo, referente a la perspicacia de los médicos.
Practicaba conmigo, decía, un muchacho recien licenciado y yo le inicié en algunos secretillos de nuestra profesión.
Demostréle la conveniencia de que el médico apareciera como un sér [sic] superior al enfermo, para tener sobre él gran ascendiente y le indiqué uno de los medios de conseguirlo. Consistía en averiguar, por la simple observación, si el paciente se ajustaba al régimen que se le hubiera impuesto.
Por regla general, casi todas las enfermedades exigen la dieta en el primer periodo de su tratamiento; muy pocos la guardan, pero procuran ocultarlo al doctor.
Pues bien, dije a mi discípulo, hay un medio de saber casi siempre si el paciente ha faltado a tal prescripción, lo cual produce en aquel una sorpresa indescriptible.
Basta con hacer una detenida inspección ocular en el lecho y sus alrededores; si el enfermo ha comido, en el ochenta por ciento de los casos se hallarán unas migajas de pan, un pedazo de cáscara de una fruta o cualquier otro resíduo [sic] de la alimentación.
En el instante de efectuar este descubrimiento el médico debe exclamar con tono de reprensión: no necesito reconocerle para saber que no está usted mejor, pero es por su culpa, por no obedecer mis prescripciones; encargué a usted que permaneciese a dieta y, no obstante, ha comido, y precisamente lo que más daño le hacia: al llegar aquí se menciona aquello de que se han encontrado los residuos. Y no es necesario agregar que el enfermo y su familia quedan maravillados de la ciencia y penetración del médico.
Mi discípulo, agregaba don León Torrellas aprendió la lección admirablemente y anhelaba que llegase el momento oportuno de poder demostrar su perspicacia.
Llamáronle un día a visitar a un pobre que yacía en humilde lecho, víctima de cruel dolencia.
Le puso un plan curativo, en el que figuraba la dieta en primer termino.
Llegó al día siguiente y apenas entró en la habitación empezó a inspeccionarla con gran escrupulosidad.
Cuando hubo terminado el examen repitió sin omitir palabra la amonestación consabida: veo que está usted peor y la culpa es suya por no obedecer al médico. Le encargué que permaneciera a dieta y le ha faltado tiempo para comer.
¡Ay doctor!, contestó el enfermo, yo le juro a usted que no he tomado más que la medicina.
¡Querrá usted engañarme!, siguió diciendo el flamante galeno; a mí, que puedo hasta determinar lo que ha comido usted; precisamente ha sido lo que más podía dañarle, pajas.
El lecho del paciente era un jergón roto y, por sus agujeros, había salido parte de la paja que contenía, eparciéndose alrededor de la cama.
El médico, tomando al pie de la letra la lección, que aquellos eran los residuos de la alimentación dada a su cliente.
Con este y otros chascarrillos, muy bien contados, con cuatro frases ingeniosas, aquel hombre de rostro simpático, alegre, de patillas blancas, en cuyos labios nunca se borraba una sonrisa bondadosa, lograba levantar el espíritu más decaído y llevar el consuelo al corazón más atribulado.
Por eso disfrutaba de la estimación de grandes y chicos, y todos le querían, y ganaba mucho dinero, apesar de que entonces los médicos cobraban dos reales por cada visita a los pobres y una peseta a las personas de buena posición.
Muchos días don León Torrellas tenia que interrumpir dos y tres veces el itinerario de las visitas para ir a su casa con el objeto de vaciar los bolsillos, pues materialmente no podía con el peso de los cuartos, apesar de asistir gratuitamente a innumerables enfermos y socorrer a muchos.
Así, burla burlando, prodigaba su ciencia y sus consuelos y, al par que las dolencias físicas, curaba las morales, muchas veces mas agudas y de efectos mis terribles que aquellas.
Noviembre, 1918.
