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Dos Mendozas Populares (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Dos Mendozas Populares es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Entre los tipos que han desfilado por Córdoba, con los cuales, por la originalidad de unos y las extravagancias de otros, se podría formar una interesante galería, ocupan lugar preferente dos que ostentaban el ilustre apellido de Mendoza, al que, si no dieron brillo, concedieron, al menos, popularidad.

Uno de ellos era hombre de carrera; poseía el título de profesor de Instrucción Primaria, además de una inteligencia muy despejada y bastante cultura.

Sin embargo, esas condiciones para nada le sirvieron, pues dominado por el vicio de la embriaguez, arrastró una existencia mísera, rodó por cárceles y hospitales y murió, relativamente joven, en el abandono mas completo.

Un día apareció en la barriada de Alcolea un hombre menudito, enjuto de carnes, locuaz hasta la exageración, vestido astrosamente. cubriendo su cabeza con una mugrienta gorra, que iba de choza en choza y de cortijada en cortijada, para ofrecer sus servicios como maestro de primeras letras; este era Mendoza.

A bastantes vecinos de aquel barrio, muchachos y personas mayores, enseñó a leer y escribir, porque, además de tener dotes especiales para la labor docente, la realizaba con un desinterés laudatorio.

El no ponía precio a su trabajo; conformábase con lo que le daban; una mezquindad, una limosna; las sobras de la comida, unos mendrugos de pan, una miserable moneda de cobre.

Cuando reunía algunas de éstas íbase al Economato para gastarlas en aguardiente, su bebida predilecta, y luego, si los efectos del alcohol se lo permitían, marchábase a dormir, a la sombra de un árbol en el verano o a la oriIla de un camino, a pleno sol, en el invierno.

Muchas personas le convidaban por oir su conversación ingeniosa y amena y algunas hacíanle víctima de bromas pesadas que llenaban de indignación a Mendoza.

Un artista y un médico, ambos también muy populares en Córdoba. encontráronle un día, en la puerta del Economato, bajo la influencia soporífera de una descomunal borrachera y, aprovechando aquella circunstancia, convirtiéronse en peluqueros y le transformaron la cabeza en un mosáico; tal era el número de trasquilones que lucía después de la tomadura de pelo.

No contentos con tal operación le hicieron una enorme coronilla v le tiznaron de lo lindo la cara.

Cuando el pobre maestro despertó de su letargo y se dió cuenta de lo ocurrido, pronunció uno de sus más elocuentes discursos, tronando contra los autores de la felonía.

El establecimiento de una escuela en Alcolea y el grado extremo de degeneración a que el alcoholismo condujo a Mendoza, le obligaron a abandonar por completo aquella barriada para establecer sus reales definitivamente en Córdoba. Y aquí consolidó entonces su fama, a la vez que de beodo, de hombre ingenioso y de recursos.

En los Juzgados y en la Audiencia, lugares donde tuvo que comparecer más de una vez por escandalizar o disponer de lo que no era suyo, no se borrará fácilmente el recuerdo de este individuo, que hubiera sido un adversario temible en el foro.

En cierta ocasión fué encausado por viajar en el tren, sin billete, desde Alcolea hasta Córdoba y ¡hubo que oirle en el acto del juicio!

Calificó a la Compañía ferroviaria de cínica por haberle denunciado, cuando él era quien debió querellarse contra aquella y pedirle una indemnización por daños y perjuicios.

¿Parecían un absurdo tales afirmaciones? pues, no obstante, eran muy lógicas.

El subió al tren para buscar a un individuo que le debía seis reales y exigirle, antes de que se ausentara, el pago de la deuda; el tren emprendió la marcha, sin previo aviso, faltando a uno de los más importantes requisitos que deben observar los empleados de las empresas de ferrocarriles y, a consecuencia de este abuso, tuvo él que venir a

Córdoba, donde nada tenía que hacer, dejando abandonadas sus ocupaciones en Alcolea y viéndose obligado a pagar, sin necesidad, hospedaje y manutención en la capital y el billete de regreso a la barriada.

No es necesario decir que el Juez quedó absorto ante estas argumentaciones y acaso vacilaría al emitir su fallo.

Falto de albergue en nuestra capital el extravagante maestro estableció sus reales en un solar cerrado por una valla que había en la plaza del Tambor. Quitó unas tablas para poder entrar y salir, formó un montón de paja que le servía de lecho y se encontró la casa puesta.

La policía recibió orden de buscarle, por tener alguna cuenta pendiente con la justicia, y una noche se encaminó al solar indicado, en el que hallóle entregado al sueño tranquilamente.

Mendoza, al ser despertado, montó en ira y arremetió contra los guardias, acusándoles de haber allanado la morada de un ciudadano pacifico, pues habían penetrado en su domicilio sin un mandamiento judicial.

Esta violación de las leyes no le excusó de pasar el resto de la noche en los calabozos de la Inspección de Vigilancia.

Un día el pobre beodo hallóse en la situación más difícil de su azarosa existencia.

Sentía las horribles torturas del hambre, del frío y del cansancio; inútilmente había llamado a las puertas de los asilos y los hospitales, pues como no estaba enfermo ni inútil para el trabajo en ninguna casa de Beneficencia le admitían. ¿Qué hacer, por tanto?

Como la necesidad aguza el entendimiento, nuestro hombre tuvo una idea luminosa; se encaminó a la Audiencia y solicitó ser recibido por el Fiscal.

Después de sostener una verdadera lucha con porteros y ugieres que le interceptaban el paso, logró encontrarse frente a frente con el funcionario antedicho.

Señor Fiscal -exclamó con tono melodramitico- vengo a pedir a usía que me mande a la cárcel.

¿Ha cometido usted algún delito? -le preguntó el representante del Ministerio público.

No señor -contestó Mendoza- pero no me queda más recurso que el indicado para poder comer y dormir bajo un techo.

El Fiscal manifestó a su extraño interlocutor que le era imposible accede; a su original pretensión y entonces Mendoza exclamó, entre iracundo y jovial: ¡Ya lo creo que me enviará usía a la cárcel! y, acto seguido, empezó a dirigirle toda clase de insultos e improperios.

Cuando acabó su letanía, el repetido funcionario díjole sonriente: pues se ha equivocado usted, amigo, porque apesar de todas sus injurias no ordeno que le prendan.

¡No! gritó con asombro el bohemio, pues páselo usía bien, y echó a correr, no din haberse apoderado antes de la escribanía del bufete.

El funcionario mandó a un alguacil que saliera en husca de aquel hombre y le quitara la escribanía, pero sin detenerle y la orden fue inmediatamente cumplida.

¿Creen los lectores que el maestro ambulante se dió por vencido? iQuias! Entonces tuvo un pensamiento verdaderamente genial: penetró en una fonda, pidió que le sirvieran un opíparo almuerzo y cuando lo hubo devorado ordenó que le pasaran la cuenta al Fiscal de Su Majestad.

Pero la página más original de la vida de este ser extravagante y gracioso está escrita y conservada en el archivo de la Audiencia.

Una pareja de la Guardia civil le sorprendió en el momento en que se apoderaba de un pavo, después de matarlo, en el cortijo de Pai Jirnénez, próximo a Alcolea.

Instruyósele el proceso consiguiente por este hecho y la vista de la causa constituyó un acontecimiento en nuestro Palacio de Justicia.

Abundaron los incidentes cómicos durante las declaraciones del procesado y los testigos. Aquel calificó a uno de estos de animal; el Presidente del Tribunal le llamó a orden, advirtiéndole que en aquel lugar no podía aplicarse tales adjetivos y Mendoza contestó sin vacilar un instante: advierto al señor Presidente que animal no es adjetivo sino sustantivo.

Terminada la acusación y cuando Mendoza esperaba una brillante defensa oyó, con estupor, decir a su abogado que estaba conforme con la petición del fiscal.

Seguidamente el Tribunal preguntóle si tenia algo que exponer y entonces el acusado pronunció el discurso más pintoresco y gracioso que se ha oido y oirá en la sala de una audiencia.

Empezó dando las gracias a su letrado por la elocuentísima defensa que le había hecho y después presentó una serie de argumentos irrefutables para demostrar que no había cometido delito alguno.

Yo -decía con acentos de convicción profunda- marchaba tranquilo por la vía férrea e inesperada, súbitamente, apareció ante mi ese terrible animal; ese animal dañino, que si en las poblaciones puede considerarse un ave de corral en los campos es una fiera; se me abalanzó furioso y comenzó a picotearme con saña; yo le golpee; el pavo, al sentir los golpes, arreció en sus acometidas, y tras una lucha terrible, desesperada, homérica, logré vencer a la fiera y causarle la muerte de un certero golpe.

Estaba tranquilo porque había obrado en defensa propia y esperaba confiado la absolución de los tribunales.

Pero además de concurrir en el hecho la eximente que acabo de exponer había otra circunstancia importantísima en mi abono.

Yo me limité a extinguir un animal dañino porque el pavo, en los campos, causa perjuicios incalculables además de ser un peligro para las personas y, por tanto, merezco, al menos, la gratitud de mis conciudadanos, ya que no se me conceda otra recompensa mayor como en otros muchos casos análogos se ha concedido.

Cuando Mendoza terminó su discurso la sala de la Audiencia había perdido toda su imponente severidad; los magistrados, el fiscal, el público, los alguaciles, todo el mundo menos el letrado defensor reía a carcajadas como si asistiera a la representación del sainete más gracioso.

El Tribunal, ateniéndose a, las sólidas argumentaciones de aquel informe inesperado y suigeneris no sólo absolvió al procesado, sino que le entregó unas cuantas pesetas, en pago de su admirable oración forense.

Y pocos días después el defensor se dió de baja en el Colegio de Abogados.

  • * *

El otro Mendoza a quien aludimos en el comienzo de estas líneas no tenía parentesco alguno con el original maestro de instrucción primaria; estaba muy por debajo de él en cultura y en nivel intelectual, pero entre ambos había importantes puntos de contacto: la afición desmedida al aguardiente y a apoderarse de cuanto hallaban en el campo, pues los dos sustentaban la extraña teoría de que, de puertas afuera de la población, la propiedad era un mito.

Físicamente se diferenciaban mucho; el Mendoza de que ahora tratamos, alto, enjunto [sic] de carnes, con la cara roja por los efectos del alcohol, de ojos pequeños, de boca grande y desdentada, semejábase al presidiario que Espronceda presenta en su inmortal Diablo Mundo.

Este hombre dedicábase a la honrosa y poco tranquila profesión de contrabandista o matutero y puede asegurarse que constituía la constante pesadilla de los empleados de consumos de nuestra ciudad.

Siempre les tenía en jaque, pues cada día inventaba un nuevo procedimiento para introducir el contrabando y no pasaba noche sin que dejara de tirotearse con una ronda.

El operaba en todas partes y por todos los sistemas conocidos y sin conocer antes de su tiempo; lo mismo cruzaba a nado el Guadalquivir, en el mes de Diciembre, conduciendo unas corambres de aceite para pasarlas por las alcantarillas que trepaba el muro de una huerta y desde el cogía, con cordeles, las garrafas del alcohol que sus compañeros tenían ocultas entre piedras o matorrales.

Jamás temió a los encuentros con los consumeros, pues decía que como eran unos infelices que iban a ganarse dos pesetas lo mismo que él no tiraban a dar ni él les disparaba con el propósito de hacer blanco.

Y cuando llegaba la ocasión hasta los defendía enérgicamente.

Una vez fue declarado cesante uno de dichos empleados porque no impidió que Mendoza introdujera un poco de aguardiente por el sitio en que aquel prestaba servicio.

Enteróse el contrabandista y, lleno de santa indignación fué en busca del visitador que había propuesto la cesantía para manifestarle que tal decisión era injusta.

Si usted hubiera estado en el lugar de ese infeliz lo mismo paso con el aguardiente.

Eso es mucho decir, objetó el visitador.

Eso lo demuestro esta misma noche, si usted quiere, replicóle Mendoza, y estoy dispuesto a hacer una apuesta.

Entre diez y doce de la noche, agregó, voy a introducir una partida de contrabando por las inmediaciones de la puerta de Almodóvar; adopte usted todas las medidas que juzgue convenientes para impedirlo, en la inteligencia de que, si lo consigue, yo dare una cantidad igual al valor del alijo, pero si no lo logra usted perderá otra suma análoga.

Picado el amor propio del visitador este aceptó la apuesta y apenas llegó la noche distribuyó una legión de hombres, con instrucciones severísimas, en todos los alrededores del paraje indicado.

El prescindió aquella noche de reconocer los fielatos y las garitas y se dedicó a pasear, en su caballo, por el sitio que había de ser teatro de la operación.

Ya cerca de las doce los consumeros que se hallaban más distantes vieron un carro que marchaba en dirección a la ciudad.

Sus conductores lo detuvieron detrás del cementerio de Nuestra Señora de la Salud; varios individuos bajaron del vehículo y se adelantaron, sin duda para explorar el terreno.

Advertido todo esto por el visitador mandó a los vigilantes que se ocultaran con el fin de que el carro siguiera hasta llegar al punto donde habría de ser descargado el contrabando, porque sin duda el vehículo aquel lo conducía.

Entonces los empleados saldrían de su escondite, haciendo fracasar los planes de Mendoza

Efectivamente, cuando los exploradores se convencieron de que el campo estaba libre de enemigos, el carro volvió a emprender su marcha, muy lentamente y con toda clase de precauciones.

Al llegar al sitio, que hace tiempo desapareció, conocido por la Hoyada, paróse de nuevo y los hombres que en él iban principiaron a sacar bultos y a ocultarlos entre los escombros.

A una señal convenida un batallón de consumeros, provisto de tercerolas, salid de sus escondites, cercando a los contrabandistas.

Los bultos semiocultos entre los escombros de la Hoyada eran corambres.

Momentos después llegaba el visitador, al galope de su caballo, exclamando con extraordinario júbilo: Mendoza ha perdido la apuesta.

Pero al mismo tiempo, a bastante distancia y merced al silencio de la noche oíase una carcajada y una voz que decía: quien ha perdido es usted, señor visitador, pues yo he introducido por aquí una docena de bombonas con alcohol mientras los empleados de usted perseguían unos pellejos llenos de aire.

Huelga decir que quien así se expresaba era el famoso contrabandista, que se hallaba montado en la cerca de la huerta del Rey, subiendo con unos cordeles la última bombona

Cuando los consumeros registraron la citada finca el alcohol estaba ya en el otro extremo de Córdoba.

Mendoza, para descansar del rudo trabajo de su profesión de contrabandista y para dejar tranquilos algún tiempo a los empleados de consumos, dedicábase a la recolección de la aceituna en la época en que tal faena se realiza, y esta operación producíale también pingües ganancias.

¡Como que cogía el fruto ageno para venderlo como propio!

Todos los años arrendaba en los ruedos de Córdoba un olivar que tenia poco más de una docena de árboles; allí iba depositando toda la aceituna de que, durante las noches se apoderaba en las fincas próximas, y de allí la traía, para venderla, a la luz del día y sin temor alguno, dispuesto a justificar, en cualquier momento, que procedía de sus olivares.

A la vez que efectuaba la recolección, si hallaba al paso un cerdo, un pavo o una gallina, lejos del caserío y sin persona que lo guardara, lanzábase sobre él, ligero como el lobo sobre su presa, e iba al fondo de uno de los sacos dispuestos para el transporte del oleaginoso fruto, en cumplimiento de la teoría, sustentada por los dos Mendozas, de que lo que hay en el campo es de quien primero lo coge.

Este hombre, que siempre salió airoso de las empresas más arriesgadas y de las aventuras más comprometidas, tuvo la desgracia de tropezar una vez en su camino con un guardia municipal tozudo y enérgico; cuestionaron por un fútil motivo, el matutero agredió a su adversario, procesáronle por atentado contra los agentes de la autoridad y fue a dar con sus huesos en la cárcel, donde pasó una temporada de algunos años.

Pero hasta allí se ingenió para buscarse la vida; empezó vendiendo a los presos vinagre, con un cincuenta por ciento de agua, para aliñar los ranchos, y cuando reunió algún dinero con este comercio, casi llegó a montar un café en toda regla dentro de la prisión.

Así, a la vez que ganaba un modestito jornal para atender a sus gastos, pasaba distraído las horas interminables de quien no goza de libertad.

Y hallábase relativamente contento; sólo echaba de menos su cuotidiano [sic] desayuno, las dos o tres copas de aguardiente con que mataba el gusanillo.

Nuestro hombre se dió en pensar cómo podría burlar la rigurosa vigilancia que se ejerce en la cárcel, para no carecer de su bebida favorita y, al fin, encontró el medio, a que otros problemas mucho más difíciles que éste se le habían presentado y había resuelto, durante su vida de contrabandista.

El terror de los consumeros logró saborear la pita diariamente como en las épocas en que podia visitar las tabernas cuando se le antojaba.

Su familia le llevaba la comida; de ella formaba parte un puchero con ensalada y en el fondo de aquel pucherito, oculto debajo de la verdura, iba un pedazo de tripa de la que se usa para las morcillas, amarrado por sus extremos y lleno de amílico.

Desde el día en que su imaginación le sugirió este feliz invento, consideróse dichoso y ni siquiera pensaba en el día de la libertad.

Recobró, al fin, ésta, vióse en la calle y sufrió una de sus mayores amarguras.

Estaba suprimido el impuesto de consumos y, por lo tanto, ya no era posible volver a dedicarse a su antigua profesión.

¿Qué hacer? Tuvo que recurrir al trabajo, al verdadero y honrado trabajo, por primera vez en su vida.

Entonces se dedicó a las faenas del campo, a la recolección del fruto ageno, pero no para él, sino para su dueño legítimo, saltando por encima de la teoría que siempre mantuvo acerca de la propiedad.

iQuién había de decirme, exclamaba con amargura, que al cabo de mis años tendría que coger aceitunas para que las vendiera otro! ¡Esto clama al cielo! iY todo por la maldita idea de haber suprimido los consumos!

Mendoza fué, seguramente, el único español que no sintió la muerte de Canalejas.

Diciembre, 1918.