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El Bautizo De Un Cuadro (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


El Bautizo De Un Cuadro es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

En el viejo caserón de la plaza del Potro que fué hospital de la Santa Caridad y donde está compendiada la historia de las Bellas Artes Cordobesas correspondiente a la segunda mitad del siglo XIX, tenía su estudio, en un amplio salón del piso alto, el inolvidable artista, historiador y arqueólogo, don Rafael Romero Barros.

Allí pasaba horas y horas entregado al trabajo que nunca le rindió; ya pintando bellísimos paisajes, ya dirigiendo las obras de sus hijos y de sus alumnos predilectos, entre los que figuraban muchachas encantadoras.

Avanzaba el Otoño, un Otoño lleno de tristeza y melancolía, y durante, el atardecer, una legión de jóvenes, alegre y bulliciosa, invadía el vetusto caserón de la plaza del Potro y penetraba en el estudio del benemérito director de la Escuela provincial de Bellas Artes, interrumpiendo con interminable diálogo y sonoras carcajadas el silencio allí reinante, al que pudiéramos aplicar el calificativo de augusto.

Aquellos muchachos eran los amigos y camaradas del Benjamín de la dinastía artística de los Romero e iban a verle pintar el primer cuadro que había de presentar en una Exposición de Bellas Artes de Madrid.

Era un cuadro de grandes dimensiones en el que su autor desarrollaba un asunto delicadísimo, un verdadero poema de dolor, impregnado de las melancolía y las tristezas que flotan en el ambiente de la estación auntunnal [sic].

Una linda muchacha, rosa en capullo, crisálida, dispuesta a convertirse en mariposa, yacía exánime entre gasas y flores. La palidez de, su rostro y de sus manos exangües contrastaba con la blancura de sus vestidos, del velo que la envolvía como una ligera nube, de la corona de azahar que ostentaba su cabeza.

Alrededor del lecho mortuorio agrupábanse el novio de la linda muchacha reflejando en su rostro una angustia suprema; las viejas comadres de la vecindad que comentaban, en voz baja, el prematuro fin de la joven; el anciano que se descubría, con respeto, ante el cadáver; la amiga intima de la infeliz muchacha, que enjugaba el llanto de sus lágrimas con el delantal; en el fondo, asomándose por una ventana, un chiquillo que clavaba en la muerta una mirada de terror y curiosidad.

Los camaradas del pintor pasaban las tardes inadvertidamente, viendo surgir en el lienzo interesantes figuras, correctas de línea, justas de color, admirables de expresión.

Terminada la obra faltábale el titulo y no fué empresa sencilla encontrar uno adecuado.

El autor del cuadro y sus amigos se devanaban los sesos buscando inútilmente unas palabras, una frase que compendiaran el delicado poema del joven artista cordobés.

¡Cuánta ocurrencia peregrina, cuántos alardes de ingenio surgían de aquella reunión de muchachos, en la que el buen humor y la alegría eran las notas características e imperantes!

Al fin uno de los concurrentes al estudio del gran paisajista Romero Barros, en un momento de inspiración, exclamó: ya encontré el titulo, y a continuación dijo el primer verso de un cantar popular, sentimental y bello como todos, que muy bien podría haber sido inspirado por el cuadro de la niña muerta.

Un aplauso cerrado acogió la feliz ocurrencia, y, por aclamación, acordóse que el verso de la copla aludida fuese el titulo de la nueva obra.

Faltaba ya solamente bautizarla y, para efectuar esta ceremonia, hiciéronse los preparativos necesarios.

Una tarde pletórica de luz y de alegría, más propia de la Primavera que del Otoño, reunióse en el templo de las Artes del vetusto caserón de la plaza del Potro toda la legión de jóvenes amigos y admiradores del pintor; aquella tarde iba a celebrarse el bautizo del cuadro.

Allí estaban Enrique Redel, el inspirado poeta y erudito historiador; Emilito Flores, el intrépido gimnasta que subía a los aleros de los tejados, en las calles estrechas, sujetándose con los pies en una pared y con las manos en la que había enfrente; Miguel Algaba, compendio de gracia, ingenio y buen humor inagotables y otros que hace bastantes años rindieron su tributo a la muerte.

Allí estaba también, cautivando a todos con su conversación amena, con sus ocurrencias felices y oportunísimas, aquel malogrado artista, de méritos tan extraordinarias como su infortunio, que se llamó Rafael Romero de Torres.

Para que la ceremonia resultase más pintoresca, algunos de los concurrentes se disfrazaron con los diversos trajes que había en el estudio. Este despojó a un maniquí de una raída sotana, para ponérsela; aquel se colocó una casaca vieja y un sombrero de estudiante; uno aprisionó su cuerpo, muy poco gentil, en un estrecho calzón y una chaquetilla de torero, traje al que no se podía aplicar el calificativo de luces porque la acción del tiempo le había enmohecido los bordados y alamares; otro se envolvió en la tosca chilaba de un rifeño y no faltó quien se ataviase con prendas de mujer para actuar de madrina.

No es necesario decir, tratándose de una reunión de gente joven, que la alegría y la animación no decayeron un instante. El oloroso vino de Montilla caldeó los cerebros, exaltando la imaginación de los artistas, de los poetas, de los eternos soñadores.

Allí se concibieron y explanaron fantásticos proyectos para escalar el templo de la gloria que, desgraciadamente, jamás se hablan de convertir en realidad; improvisáronse versos, brindaron todos, con frases llenas de cariño y de entusiasmo, por el triunfo del joven pintor.

Rafael Romero de Torres arrancó a las cuerdas de la guitarra notas delicadísimas para acompañar las coplas populares que, más que de su garganta brotaban de su corazón, y en aquel ambiente, pletórico de goces inefables, flotó el alma sublime de Andalucía, al conjuro de un mago del arte y del sentimiento.

Tal fue el bautizo del hermoso cuadro titulado ¡Mira qué bonita era! , con el que obtuvo su primer triunfo, en una Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en Madrid, el insigne pintor cordobés Julio Romero de Torres.

Noviembre, 1921.