Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

El Centro Filarmónico Y La Raspa (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


El Centro Filarmónico Y La Raspa es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Varias veces en estas crónicas retrospectivas, al tratar de las fiestas de Carnaval, hemos citado al Centro Filarmónico y La Raspa, las dos comparsas mejores que se han organizado en Córdoba.

Ambas recorrían las calles de nuestra población únicamente el Domingo de Piñata, constituyendo un brillante epilogo del reinado de Momo.

Los ensayos de las dos comparsas referidas duraban largo tiempo y eran mucho mis laboriosos que los de todas las demás, porque había una verdadera competencia artística entre aquellas, en la que cada una quería salir vencedora a todo trance.

Entre el público habla una gran expectación por oir la música del Centro Filarmónico, pues sabía que Eduardo Lucena componía para su estudiantina, todos los años, pasacalles, jotas y mazurkas, originales, alegres, inspiradísimos, en los que palpita el alma cordobesa y para escuchar las satíricas y graciosas canciones de La Raspa.

El Domingo de Piñata, desde las primeras horas de la mañana, la gente formaba grupos en las inmediaciones de las casas donde se organizaban las comparsas a que nos referimos, para verlas salir, y muchas personas las seguían en su larga excursión por la ciudad.

Poco después de las doce de la mañana las notas de un pasodoble marcial, ligero, bellísimo, inundaban con torrentes de armonía la calle del Arco Real y poco después la Estudiantina, en correcta formación, descendía por la escalinata del Centro Filarmónico y el público la saludaba con una ovación atronadora.

Componían aquella agrupación de más de noventa individuos todos los profesores de la Orquesta y gran número de buenos aficionados a la música.

A la cabeza marchaban, dirigidos por el popular Pepe Fernández, los panderetólogos, unos muchachos ligeros como ardillas, entre los cuales sobresalía por su destreza Rafael Boloix; a continuación los violines, flautas, guitarras, bandurrias y detrás el coro que, en honor de la verdad sea dicho, no resultaba tan notable como la sección instrumental.

En esta figuraban los tres Angelitos, como llamábanles sus camaradas: Angel Galindo, Angel Revuelto y Angel Villoslada, de quienes ya sólo queda el último; Nazario Hidalgo y Rafael Dueñas, notables guitarristas; Pepe Serrano, el Chato, a qnien [sic] podía aplicársele el calificativo de artista enciclopédico y otras muchas personas conocidisimas de nuestra capital.

En el centro iba el veterano Prieto, con su enorme calva mal cubierta con el sombrero de estudiante, tan orgulloso de llevar la bandera como si la hubiese arrebatado al enemigo en los campos de batalla.

Al frente de la Estudiantina, Eduardo Lucena dirigíala inquieto, nervioso y, apesar de su modestia exagerada, sentíase ufano, satisfecho, no sin motivo, porque el paso de su agrupación por nuestra capital constituía una marcha triunfal.

Pocas composiciones de música popular habrán obtenido un éxito semejante al Pasacalle del 84, que aún figura en el repertorio de notables orquestas.

Casi a la misma hora que el Centro Filarmónico se echaba a la calle La Raspa, la cual solía reunirse en una casa de la calle de Armas o de la de San Francisco.

Sólo estaba compuesta por aficionados a la música, en su mayoría plateros, y dirigida también por un aficionado que poseía excepcionales dotes para el divino arte, Rafael Vivas.

Sin embargo la sección vocal de esta comparsa siempre era mejor que la del Centro Filarmónico, tanto por el número como por la calidad de las voces.

Constituían la agrupación referida mozos de buen humor y algunos veteranos en andanzas carnavalescas, todos cordobeses de pura cepa, como Merino, Priego, Castejón y otros muchos.

Tan orgulloso como Prieto con la bandera de la Estudiantina de Eduardo Lucena, marchaba Crespo delante de La Raspa con el emblema de esta, una tremenda espina de un cetáceo, sujeta en un enorme tridente.

Esta agrupación se distinguía por el ingenio y la gracia de sus coplas, satíricas en grado sumo, las cuales obtenían tanta popularidad como los pasacalles del inspirado autor de La Pavana.

La Raspa estuvo un largo período de tiempo sin dar señales de vida y, al reaparecer, entre las coplas de su repertorio había una que comenzaba asi:

Hace tres años que me mataron y hoy que a la vida vuelvo otra vez veo con asombro que todo sigue del mismo modo que lo deje.

Varios días después de Carnaval los obreros en los talleres, las criadas en las casas y los chiquillos en las calles no cesaban de repetir dicha canción con una pesadez abrumadora.

Las comparsas aludidas preocupábanse poco de la indumentaria, pues sabían que su música y sus canciones y la perfecta interpretación de una y otras les aseguraban el éxito. El Centro Filarmónico sólo lucía el manteo y el sombrero del antiguo estudiante español, pero no su traje y La Raspa vestía levitas raídas, pantalones pasados de moda, viejísimas chisteras, grandes cuellos de ridícula formas y enormes corbatas, formadas a veces por una cortina o un mosquitero, Muchos de los individuos que constituían esta agrupación se disfrazaban tan bien que resultaban figuras verdaderamente originales y grotescas, no sólo por sus ropas, sino por sus caras. Poníanse descomunales narices de cartón, gafas o quevedos de gran tamaño, desgreñada peluca y otros postizos que, en unión de las pinturas, transformaban por completo sus rostros, convirtiéndolos en raras caretas.

Estas comparsas visitaban a las familias de más significación social, siendo agasajadas espléndidamente.

Una de las casas donde se las recibía y obsequiaba con más beneplácito era la del ilustre jurisconsulto don Angel de Torres y Gómez. Allí se reunían sus amigos y gran número de encantadoras muchachas, para oir a La Raspa, al Centro Filarmónico y a otras comparsas, improvisándose agradabilísimas fiestas, de las que seguramente perdurará el recuerdo en la memoria de algunas personas, jóvenes entonces y que ya peinan canas, como el autor de estas crónicas retrospectivas.

Febrero, 1923.