Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

El Incendio De La Corredera (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


El Incendio De La Corredera es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

La plaza de la Corredera constituye la verdadera actualidad de Córdoba cuando las fiestas de la Navidad se aproximan.

Esa vetusta plaza, construida casi en su totalidad con madera a fines del siglo XVI; hecha de material, a causa de haberse derrumbado gran parte de ella, por disposición del corregidor don Francisco Ronquillo Briceño, en el siglo XVII; esa típica plaza con sus cincuenta y nueve arcos y sus cuatrocientos treinta y cinco balcones, que ha perdido gran parte de su carácter y de su belleza, al edificarse en ella el antiestético mercado, cuando llegan estos días adquiere una animación extraordinaria; centenares de personas la visitan constantemente para aprovisionarse de los artículos indispensables en la cena de Noche Buena y en las comidas de Pascua, para adquirir las panzudas zambombas, las pintarrajeadas panderetas que han de acompañar los villancicos, para comprar las toscas figuras y las casitas del nacimiento .

En tales días la Corredera, con su bullicio y algazara, trae a nuestra memoria el recuerdo de todo su pasado, íntimamente unido al de muchos episodios de la historia cordobesa y ante nuestra imaginación desfila multitud de cuadros, de escenas, de hechos, tristes y sombríos unos, alegres y pintorescos otros, todos llenos del encanto de lo desconocido, de lo que sólo sabemos por la tradición.

Nuestra fantasía reconstruye en el mercado de Sánchez Peña el lóbrego edificio de la cárcel, a continuación el primitivo Pósito, más allá la Lonja establecida en el viejo mesón llamado de la Romana.

En los portales parécenos ver las hornacinas con las imágenes de Vírgenes y Cristos, ante una de las cuales se acostumbraba a depositar los cadáveres de las personas muertas violentamente.

Frente a la cárcel la siniestra plataforma, llamada por sarcasmo el teatro, donde se levantaba la horca o se colocaba el garrote para que expiaran sus delitos los condenados a muerte y donde también, más de una vez, se aplicaron los tormentos de la Inquisición.

En diversos lugares, las posadas en que se hospedaban arrieros y traginantes, los famosos agujeros de Villafranca y donde buscaban refugio, en noches de frío y lluvia, los truhanes y los manteses, toda la cohorte de Monipodio.

Y cerca del Arco bajo la fuente de piedra con su pilón de grandes dimensiones, ante el cual dijera don Pedro el Cruel, indignado porque las mujeres hubiesen contribuido a derrotarle en la batalla del Campo de la Verdad, que lo había de llenar con senos de cordobesas.

Y creemos presenciar las famosas corridas de ocho y dieciseis toros, con caballeros en plaza, con diestros de renombre, a algunas de las cuales asistiera Felipe IV.

Y la imaginación reconstituye las múltiples y variadas fiestas celebradas en la Corredera con distintos motivos, desde las que se efectuaron para conmemorar la batalla de Lepanto, a poco de librarse ésta, consistentes en el simulacro de la toma de un castillo y de un combate naval, hasta las verificadas para colocar la lápida de la Constitución que luego fuera arrancada y hecha pedazos, y, ya en nuestros días, las de fuegos artificiales que Alfonso XII presenciara desde el balcón principal de la fábrica de sombreros de don José Sánchez Peña.

Y en ese mismo balcón creemos oir la elocuente palabra de fray Diego de Cádiz, predicando al pueblo cordobés, y la fogosa y vibrante de don Rafael Riego alentando a las masas para que se aprestasen a defender las ideas liberales.

Y al fijar la vista en el frente contiguo a la antigua calle de Odreros, hoy de Sánchez Peña, distinto de los demás, pues carece de arcos y portales y tiene ventanas en lugar de balcones, recordamos el incendio formidable que, hace unos ochenta años, destruyó gran parte de dicho frente, el cual, ignoramos por qué causa, modificóse al ser reconstruído, perdiendo desde entonces la plaza de la Corredera la igualdad que se notaba en sus cuatro lados, exceptuando la parte ocupada por la cárcel y el pósito, igualdad que contribuía poderosamente a aumentar su belleza.

¿Cómo ocurrió aquel incendio? ¿Dónde tuvo su origen? No hay documento que lo consigne y, por este motivo, creemos oportuno y curioso hacerlo constar ya que merced a una feliz casualidad nos enteramos, hace tiempo, de los antecedentes y detalles del siniestro por un testigo presencial del mismo.

Habitaba en una de las casas que fueron destruidas por el fuego un individuo llamado José Prieto, tambor mayor de los milicianos nacionales.

Las hijas de Prieto, que eran cuatro, todas jóvenes y no mal parecidas, se dedicaban a confeccionar buñuelos en un puesto que establecían delante de su domicilio.

A causa de las revueltas políticas, muy frecuentes en aquella época, vino a Córdoba un numeroso contingente de tropas; entre ellas figuraban algunas baterías de Artillería que instalaron sus cañones en la Corredera.

Como este era el sitio más céntrico de la población, al que acudían las mujeres para aprovisionarse de viandas, convirtiéronlo en punto de reunión los soldados, siempre deseosos de requebrar a las mozas.

José Prieto, al ver que la plaza estaba tomada militarmente, ordenó a sus hijas que quitaran el puesto y se marcharan a la casa de unos tíos suyos domiciliados en la calle del Crucifijo, a fin de evitar cualquier riesgo que pudieran correr.

Las muchachas obedecieron el mandato de su padre; encerraron en el portal de su habitación los lebrillos, el caldero y el anafe, colocando sobre este un montón de virutas de las que le servían para encender la candela y fueron a refugiarse en la morada de sus parientes, donde no las amenazaría peligro alguno.

No había transcurrido media hora cuando de la casa del tambor mayor de los milicianos nacionales empezó a salir una densa columna de humo.

Una chispa desprendida del hogar del anafe prendió a las virutas y la llama de estas incendió la techumbre.

El fuego se avivó y extendíó con rapidez aterradoras y en pocos momentos cuatro casas hallábanse convertidas en una hoguera enorme. En una de ellas un modesto industrial conocido por Tobalillo almacenaba una gran cantidad de cenachos de palma que sirvieron de admirable pasto para alimentar aquel jigantesco [sic] hornillo.

Hubo momentos en que se creyó que toda la plaza quedaría convertida en un montón de escombros.

Los artilleros colocaron los cañones frente a los edificios donde se desarrollaba el incendio para derrumbarlos, por la imposibilidad de dominar el fuego, pero se desistió de tal propósito ante la consideración de que, probablemente, se causarían daños mayores.

Los soldados que desde hacía algunas horas eran nuestros huéspedes, en unión de muchos paisanos, trabajaron sin cesar, denodadamente, y al fin consiguieron, cerca de media noche, extinguir uno de los incendios más voraces ocurridos en Córdoba, el cual estuvo a punto de destruir gran parte de la histórica plaza de la Corredera.

Diciembre. 1919.