El Padre Cordobita Y El Piñón es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Quién no conoció al último fraile exclaustrado que hubo en Córdoba? ¿Quién no recuerda á aquel religioso dominico, ya muy anciano, menudito de cuerpo, de faz simpática, verdadero manojo de nervios, prodigio de actividad, que se llamó don Antonio Córdoba, generalmente conocido por el Padre Cordobita?
Era una de las figuras más populares y simpáticas de esta ciudad, y mucho tiempo tardaron el vecindario y los vendedores de la plaza del Salvador y los fieles asiduos concurrentes al templo de San Pablo, en acostumbrarse á la falta de aquel venerable sacerdote, cuando bajó al sepulcro, cargado de años.
Como que el templo citado no se concebía sin él, que pasó gran parte de la existencia bajo aquellas naves, ó en sus alrededores.
Levantábase apenas clareaba para celebrar la Misa á que concurrían los mercaderes y las personas que iban á hacer la despensa en los felices días en que el fervor religioso estaba más arraigado que ahora en todos los corazones.
Después recorría gran parte del barrio, conversando y bromeando con todo el mundo, no sin haber reñido antes á las despenseras que se ocultaban en los rincones del patio del exconvento de San Pablo para trasladar de los canastos al bolsillo parte de la compra, realizando ese delito generalmente llamado sisa, del que muy pocas del gremio estarán libres.
El Padre Cordobita al ver tales operaciones, montaba en cólera y ¡era menuda la reprimenda que las infieles criadas sufrían!
Robar á sus amos y además cometer el robo en el atrio de un templo, constituía para el viejo sacerdote el colmo de la maldad y de la frescura.
Solo se sofocaba casi tanto como al sorprender ese trasiego de las criadas, cuando oía dentro de la iglesia, durante la celebración de los cultos, llorar á un niño ó cuchichear á dos mujeres.
Entonces suspendía el Santo Sacrificio, la novena, el sermón ó el acto que estuviera practicando, para reprender á quienes turbaban el silencio que debe reinar en la Casa de Dios y ordenarles que se marcharan inmediatamente.
Los domingos en lugar de la primera Misa decía la de doce, llamada del comercio, porque á ella asistían los dueños y dependientes de casi todas las tiendas del barrio.
En varias épocas del año se multiplicaba, se desvivía, no paraba un instante para organizar cultos que eran famosos por su solemnidad y esplendor: los del mes del Rosario, la novena en honor del Beato Posadas y la fiesta que el Comercio dedicaba y aún dedica á la Virgen el dos de Febrero.
¡Cómo ponía el templo, todo lleno de colgaduras, de luces, de flores, de macetas de albahaca y otras plantas olorosas, y cómo gozaba al escuchar los merecidos elogios que, por su obra, le dirigían los fieles!
El agetreo [sic] de tales épocas en vez de fatigarle y agotar sus energías las aumentaba de un modo extraordinario.
Entonces era cuando verdaderamente estaba en su centro, según la frase vulgar muy gráfica en ciertos casos.
Tenía el Padre Cordobita un auxiliar digno de él y no menos popular que el viejo fraile exclaustrado; el famoso sacristán conocido por el Piñón.
Hombre activo y servicial como pocos, ayudaba eficazmente á la realización de todos los proyectos é iniciativas del anciano sacerdote; lo mismo barría y fregaba las naves del templo que adornaba los altares, vestía los santos, sacaba el dinero al vecindario para costear las fiestas, dirigía la palabra á los fieles pronunciándoles pláticas originalísimas, rezaba el Rosario, imponía orden en la iglesia ó se desgañitaba en las procesiones vitoreando á las imágenes.
Su entusiasmo llegaba al colmo en los cultos dedicados al Beato Francisco de Posadas y era muy natural y lógico porque José Santos, el Piñón, desciende en línea recta de la familia de aquel varón insigne que vemos en los altares.
El Padre Cordobita, que tenía á su lado al Piñón desde pequeñuelo, profesábale gran cariño; sin embargo, le trataba en ciertas ocasiones con dureza, y hay que convenir en que muchas veces tenía razón para ello, porque Santos cometía trastadas mayúsculas.
Y no era la más pequeña ni la menos frecuente, la de salir muy temprano á la compra, ofreciendo volver enseguida para ayudar la Misa al Padre Cordobita y regresar á las nueve ó las diez de la mañana, más rojo que de costumbre, pues á los efectos del humor herpético que padece uníanse los de las innumerables chicuelas que había trasegado.
Pero al buen cura se le pasaba pronto el mal humor; el sacristán le pedía perdón con lágrimas de arrepentimiento y..... hasta otra.
Todos los sábados el Piñón, provisto de un cepo enorme, visitaba los establecimientos de comercio pidiendo para la Misa de doce del domingo.
Cuentan las crónicas que la recaudación disminuía poco á poco hasta que el sacerdote decía al postulante: va á ser preciso suprimir esta Misa; entonces José Santos contestaba: el sábado próximo procuraré hablar al alma á los feligreses, para que sean más espléndidos y, en efecto, debía emplear un lenguaje muy elocuente porque la colecta aumentaba de modo extraordinario, para empezar otra vez el descenso á las pocas semanas.
Un día la reprimenda del Padre Córdoba, por alguna barrabasada del mozo, fué terrible y ]ose Santos juró vengarse del cura.
Aquella tarde, como de costumbre, visitó las casas de la vecindad, cepo en mano, pidiendo para el culto de María, pero cuando llegaba á lugares en que tenia confianza, sustituía tal frase por esta: para comprar una casa á doña María, y no hay que decir el efecto de la sustitución, pues doña Maria era una anciana que cuidaba al antiguo fraile dominico.
Enteróse este de la gracia y si le hubiera valido pulveriza al Piñón.
Santos procuraba siempre, cuando iba á descargar su conciencia del peso de los pecados, buscar un confesor que no fuese su cura, pero un día, por circunstancias inevitables tuvo que acercarse al tribunal de la penitencia en que se hallaba el Padre Cordobita.
Arrodillóse ante él, entonó el Confiteor Deo y empezó la enumeración de las culpas y faltas que había cometido.
Acúsome padre, dijo, cuando ya iba á terminar la relación, de que algunas veces, ofuscado por las riñas de usted, le dirijo entre dientes palabras ofensivas.
-¿Cuales son esas palabras ? -preguntó el sacerdote.
-Me dá vergüenza ahora de repetirlas -contestó el penitente.
-Dilas sin temor -insistió el viejo sacerdote.
Y el Piñón debió decir algo terrible, porque el buen Padre se levantó furioso de su asiento y corrió tras el sacristán, que había creido prudente tomar el olivo, esclamando [sic] con toda la fuerza de sus pulmones: pues bien, eso y mucho más digo yo de ti y hasta de tu familia, siempre que me haces alguna charranada.
Don Antonio Córdoba, apesar de estas genialidades hijas de su temperamento nervioso, era un sacerdote modelo, fiel cumplidor de sus deberes, caritativo, que consagró toda la existencia á practicar el bien y á procurar el engrandecimiento de la Religión Católica.
