El Padre De La Tiple es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Aunque parecía un ogro era una excelente persona, lo que se llama un infeliz; hombre honrado, laborioso, afable, incapaz de jugar una mala partida a su mayor enemigo.
Tenía un defecto, uno solo; la exageración en el cariño paternal que constantemente poníale en ridículo.
Esta exageración no correspondía por igual a todos sus hijos, se acentuaba en una de sus hijas a quien, en mal hora, se le ocurrió cultivar el arte en una de sus más difíciles manifestaciones, el canto.
Era una muchacha hermosa, de grandes y expresivos ojos negros, de arrogante figura, pero de pésima voz y con un oído infernal.
No obstante, empeñóse en ser tiple y, a duras penas, estudió la carrera, soñando con obtener en su ejercicio un brillante porvenir.
El padre de la “diva”, el buen padre, realizaba, gustoso, toda clase de sacrificios para conseguir que la niña llegara a la meta de sus aspiraciones, seguro de que en día no lejano eclipsaría a las “estrellas” de más fama, llegando a ser una Patti o algo parecido.
No perdonaba ocasión de que su “pimpollo” luciera las admirables facultades que la adornaban y sus progresos en el estudio.
Apenas tenía noticia de que se iba a celebrar un beneficio, una velada musical o una “cachopinada” intima, acudía a ofrecer el concurso de la tiple y ponía en juego toda clase de resortes e influencias para que aquella figurase en el programa.
Convencido de que la Prensa es una palanca poderosa para encumbrar a todo el mundo y especialmente a los artistas, procuraba cultivar con gran cuidado la amistad de los chicos que emborronan cuartillas, colmándoles de atenciones y agasajos.
Donde quiera que actuaba la cantante, su padre erigíase en algo así como la sombra de los Madgyares, no les abandonaba un momento, haciendo resaltar los méritos de la diva y mendigando también el bombo para ella, enmedio de un aluvión de frases encomiásticas, casi todas ridículas y de una infinidad de cigarrillos conque incesantemente obsequiaba a los chicos de la Prensa.
La labor de este buen padre en favor de su hija ocasionó más de un incidente cómico.
En cierta ocasión celebrábase un festival benéfico y el hombre con apariencias de ogro se deshacía en elogios a cuantas personas tomaban parte en aquel, para que, en justa compensación, elogiasen los piropeados a la tiple.
Entre los números del programa figuraba un asalto de armas; cuando hubo terminado éste, nuestro hombre se dirigió a un aristócrata que se había distinguido en la sesión de esgrima, diciéndole con la mejor buena fé del mundo: ¡pues vaya que usía maneja bien el sable!
En la misma fiesta acercóse a un grupo de concurrentes que la comentaban diciendo entusiasmado: esto resulta magnífico.
Sí, contestó uno de los del grupo que no le conocía; únicamente lo echa a perder esa señorita que, cuando canta, parece que le pisan el rabo.
El padre bonachón estuvo a punto de desmayarse.
Un aficionado al divino arte solía celebrar en su casa veladas musicales en las que actuaba la Patti en ciernes.
En una de dichas veladas el progenitor de la cantante aburrió de tal manera con su pesadez a dos o tres profesionales de la música y un periodista que estos decidieron embromarle de una manera un poco pesada.
El concierto terminó a las altas horas de la noche, de una noche crudísima de invierno.
Los autores de la broma, cuando calcularon que aquel pelma estaría ya durmiendo sobre los laureles de su niña, se dirigieron a ia casa de la presunta víctima y comenzaron a llamar desaforadamente a la puerta.
Al cabo de un rato, una criada asomóse a un balcón, preguntando malhumorada: ¿quién es?
¿Está don Fulano? contestaron los importunos visitantes.
Esta durmiendo, agregó la domestica.
Pues dígale usted, añadieron los músicos y el periodista, que se asome un instante, pues tenemos que darle un recado urgente, relativo al concierto celebrado esta noche en que ha obtenido un gran triunfo su hija.
Oir esto el padre, echarse de la cama y salir al balcón en paños menores todo fué uno.
Señores, ¿qué desean ustedes? interrogó a los guasones.
Pues deseábamos, y usted dispensará la inoportunidad de la visita, le replicaron, que nos dijese usted como se titula la última obra que ha cantado su hija.
La víctima de esta burla sangrienta en vez de emprenderla a tiros con sus autores, satisfizo su curiosidad y hasta les dió las gracias por el interés que les inspiraba la niña.
El infeliz sufrió un enfriamiento que le tuvo en el lecho varios días.
Un periodista, harto del asedio del hombre cataplasma, al ser invitado a una “cachopinada”, en que debía mayar nuestra cantante, para evitarse un tabardillo decidió no asistir a la fiesta y escribió su revista de memoria, limitándose a reproducir el programa y a añadir la coletilla de que todos los números fueron interpretados de manera insuperable.
El día siguiente, apenas empezó a circular el periódico, presentóse en su Redacción el padre de la tiple en busca del autor de la reseña, diciendo que necesitaba verle de precisión para un asunto importantísimo.
No se encontraba allí el periodista quien, al enterarse de la visita del hombre con apariencias de ogro fué a su casa sin perder momento, porque los malos ratos hay que pasarlos pronto.
Recibióle aquel, como siempre, cortés, afable, deshaciéndose en cumplidos.
Apenas le oyó la artista presentóse también, pero en actitud opuesta a la de su padre.
Hallábase roja de ira, con los ojos inyectados en sangre, presa de una indignación indescriptible. Caballero, exclamó con tono melodramático: usted y yo hemos sido objeto de una burla sangrienta que no se puede tolerar.
Ese murguista que celebró anoche una cencerrada en su casa, como allí no van más que malos aficionados, quería darse pisto e incluyó mi nombre en el programa, sin contar conmigo.
Usted tuvo el buen gusto de no asistir a la reunión, poco menos que de candil, y él le ha sorprendido enviándole una revista en la que se consigna que tomé parte en la fiesta.
¡Bah, una artista de carrera estudiada en el Conservatorio, alternando con niñas que sólo cantan acompañadas del soplillo o la escoba y con infelices rascatripas!
Usted comprenderá que yo no puedo permitir esto y que estoy en mi derecho de exigir una satisfacción terminante, rotunda.
El periodista, asustado ante la actitud de aquella arpía, le ofreció solemnemente publicar una rectificación que dejase en el lugar que le correspondía la fama de la tiple y se marchó antes de que esta le arañase.
Huelga decir que los concurrentes a la “cachopinada” aludida estaban hartos de oir en otras celebradas en la misma casa a la nueva Patti.
El padre de la tiple murió sin haber experimentado la satisfacción de ver incluido el nombre de su pimpollo, no ya en la lista de una compañía de ópera, ni siquiera en la de un cuadro de zarzuela del genero ínfimo.
La infeliz tuvo que resignarse a formar parte del coro, en calidad de zumaya o figuranta, como se dice en jerga teatral, no para cantar sino para lucir el palmito y las buenas formas.
Noviembre, 1925.
