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El Pajarito Verde (Notas cordobesas)

De Cordobapedia

Cuando don Ricardo Martel y Fernández de Córdoba, Conde de Torres Cabrera, ilustre prócer de feliz memoria, era jefe provincial del Partido Conservador, celebraba semanalmente, según ya digimos en su necrología, una reunión con sus correligionarios, para cambiar impresiones acerca del desarrollo de la política, sobre los sucesos de actualidad y la labor del partido o para transmitir a sus amigos las instrucciones que recibiera del insigne y malogrado Cánovas.

Todos los sábados, entre nueve y diez de la noche, congregábanse en uno de los salones del piso bajo del Palacio de Torres Cabrera, contiguo al destinado a exposición permanente de productos agrícolas, los conservadores más significados de Córdoba y los que frecuentemente solían venir de los pueblos de la provincia, ya para cuestiones políticas, ya para negocios particulares.

Allí se suscitaban animadas discusiones, allí se hablaba de todo, siendo el alma de la conversación el Conde de Torres Cabrera, siempre locuaz, siempre ingenioso; a quien nunca faltaba en los labios una frase oportuna y discreta para contestar a la pregunta intencionada o a la broma de cualquier concurrente.

El respetable don Antonio Quintana era el consultor general; el rígido y severo don Fernando Madariaga, el incansable peticionario de mejoras en todos los órdenes, en todas las clases, en todas las instituciones y principalmente en el ejército; el nervioso don Pablo Antonio Fernández de Molina, el incorregible impugnador de las opiniones de los demás; el inquieto y activo don Juan Tejón y Marín, el maestro en limar asperezas y aunar voluntades.

En aquellas reuniones formábanse diversos grupos constituídos por las personas que tenían las mismas aficiones, y en el de los amantes de la literatura siempre llevaba la voz cantante don Juan Menéndez Pidal o don Manuel Fernández Ruano y en el de los labradores don Antonio Ariza Víctor.

Frecuentemente se escuchaban allí frases de ingenio que hubiera aprovechado, con gran éxito, en sus obras, cualquier autor cómico de nuestros días. En una reunión, a la que asistió don Santos Isasa, le fué presentado uno de los conservadores más conspicuos de nuestra capital. Como era hombre que no ejercía profesión alguna, limitóse el autor de la presentación a decir a don Santos el nombre del correligionario que le presentaba. Era este alto, delgado, con abundante cabellera rizada y largas patillas rubias. Formaban parte de su indumentaria, sin duda porque la noche estaba lluviosa, unas polainas de reluciente charol. A Isasa extrañóle el tipo de este colega en política, hasta entonces desconocido para él, y, aprovechando el primer momento oportuno, dijo en voz baja a Torres Cabrera:

oiga usted, Conde, ese señor que me presentaron hace poco ¿es un domador de fieras?

El personaje de las patillas rubias y las polainas se quedó, según la frase vulgar pero gráfica, con este sobrenombre.

El Adalid. Recorte de 1889. El Palique

Publicábase en Córdoba, durante aquella época, El Adalid, órgano de Romero Robledo, periódico batallador como el político cuya causa defendía, y escrito con desenvoltura, ingenio y gracia por dos literatos cordobeses tan infortunados como notables, Enrique y Julio Valdelomar. Tenía dicho periódico una sección titulada Palique, en la que los Valdelomar publicaban semblanzas de personas conocidas, especialmente de los adversarios políticos; parodiaban, siempre con intención y donosura, la canción más popular de la zarzuela en boga; comentaban las noticias de la prensa; hacían la crítica de los engendros literarios que frecuentemente invadían, por desgracia, las columnas de los periódicos; censuraban todo lo censurable y sacaban punta a un colchón, si se lo proponían.

Los lunes era buscado con más interés que de costumbre el Palique de El Adalid para saborear, puesta en solfa, la reseña de la reunión celebrada el sábado por los conservadores en el palacio del Conde de Torres Cabrera. El narrador invariablemente decía que le informaba el Pajarito verde y debía ser cierto porque en aquellas referencias bufas no faltaba un detalle de cuanto se hablaba, proponía y acordaba en el sanhedrin ortodoxo, calificativo que daba a las reuniones en cuestión.

Los asiduos concurrentes a ellas no concedieron importancia, en un principio, a las sátiras y mofas de El Adalid pero, en virtud de su persistencia y encono, decidieron averiguar quién era el Pajarito verde que les hacía traición e informaba con tal exactitud de los asuntos del Partido Conservador a los traviesos redactores del órgano del Pollo antequerano. Todas las gestiones que realizaron con este propósito fueron inútiles. Juramentáronse para no decir palabra de cuanto ocurriera o se hablara allí, al abandonar aquellos salones y, no obstante, El Adalid no dejaba ni un sólo lunes de recrear a sus lectores con la chistosísima crónica del sanhedrín ortodoxo.

En una de estas reuniones, el Conde de Torres Cabrera, paseando y conversando con uno de los concurrentes más asíduos, alejóse, inadvertidamente al parecer, del salón donde se verificaba la tertulia; llegó a una de las dependencias inmediatas, destinada a la redacción de La Lealtad y allí se encontraron ambos con don Antonio Quintana que llegaba en aquel momento. Comenzaron a hablar los tres y Torres incidentalmente y en tono casi de broma, preguntó a sus amigos:

¿he enseñado a ustedes el anónimo que recibí hace algunos días?

No, contestaron a coro los dos amigos.

No deja de tener gracia, agregó el Conde sonriente; veanlo ustedes, y al mismo tiempo les entregó un pliego, escrito por las cuatro caras y encerrado en un sobre.

El señor Quintana y su colega lo leyeron con avidez: en el misterioso documento se denunciaba una terrible conjura fraguada para desorganizar el Partido Conservador en la provincia; consignábanse los trabajos realizados con tal objeto y hasta se citaban los nombres de los principales autores de la intriga. Cuando hubieron terminado la lectura, el acompañante de Torres Cabrera y de Quintana preguntó al primero con visible interés:

¿y conocen esta carta los individuos del Comité?
A algunos se la he mostrado, replicó el Jefe provincial de los conservadores y no le han concedido más importancia que yo: esto es una novela inventada por un hombre de gran fantasía o una broma.

El lunes siguiente el Pajarito verde informaba a los lectores de El Adalid, con gran lujo de detalles, de todo el contenido de la misteriosa carta. El traidor estaba descubierto, pues no habla anónimo, ni conjura, ni cosa que se le pareciese. El Conde de Torres Cabrera y don Antonio Quintana, sospechando quien daba cuenta de aquellas reuniones al periódico romerista, idearon esta fábula para comprobar si eran fundadas sus sospechas; mandaron escribir el documento referido y únicamente lo entregaron a la persona que deseaban poner a prueba.

El Pajarito verde cayó en la red, pero sus cazadores, que siempre hicieron de la caballerosidad un culto, jamás lo delataron ni ante los amigos más íntimos. Sin embargo, el correligionario desleal debió advertir cierta frialdad en el trato de aquellos dos hombres, atentos y correctísimos con todo el mundo, y poco a poco empezó a retirarse de las citadas tertulias, hasta que las abandonó por completo. Algún tiempo estuvo alejado de la política, pero cuando, en el transcurso de los años, el Partido Conservador fué objeto de una gran evolución y sustituyeron a sus figuras insignes primitivas otras personalidades el Pajarito verde llegó a ocupar importantes puestos. No es este el primer caso, ni será el último, en que se premie la traición.

Personaje Reseña en el texto
Ricardo Martel y Fernández de Córdoba Conde de Torres Cabrera y Jefe Provincial.
Antonio Quintana Consultor general de la reunión.
Santos Isasa y Valseca Asistente y autor de la frase del "domador".
Enrique Valdelomar Redactor de El Adalid.
Julio Valdelomar Redactor de El Adalid.

Referencias