El Paseo Del Gran Capitán es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
El paseo veraniego de Córdoba, no obstante ser una vía construída a la moderna, conservó hasta hace treinta años sellos característicos de nuestra vieja ciudad, que hoy ha perdido por completo.
Paseo construido en el primitivo de San Martín y en sus inmediaciones, había en estos lugares edificios, algunos casi en ruinas, que nos producían la sensación de las antiguas históricas urbes en que por fortuna no ha entrado la piqueta mal llamada del progreso, en las que cada piedra nos evoca una historia o nos recuerda un hecho memorable.
Pretendióse que este paseo fuera a la vez, la calle principal de la población, el centro de su vida andando el tiempo, y, por este motivo, se empezó a construir en él edificios suntuosos como el Gran Teatro y el Café contiguo; el palacio de los Marqueses de Gelo; la casa de don Juan de la Cruz Fuentes, hoy de los Marqueses del Mérito, que con sus tonos oscuros y los sauces de su patio tenía aspecto de mansión funeraria, y la alegre morada de don Mamerto Pulido, semi-oculta entre un primoroso jardín, hoy convertido en solar.
Allí se establecieron dos de las fondas principales de la capital, la Española y la de Oriente, y allí se edificaron otros dos cafés, no tan amplios pero sí de tan excelentes condiciones como el que ostenta el calificativo del inmortal Gonzalo de Córdoba, los denominados Cervecería y de Colón, que ya también han desaparecido.
Contrastaban con estas modernas construcciones la inmediata a la Cervecería, una típica y vieja casa llena de ventanas desiguales, de escalones, coronada por una torre con multitud de arcos, casa que servía para albergue de viajeros modestos y en la que, además, hallábase instalado un aguaducho con honores de taberna.
En el espacio ocupado por la casa referida, al que se unió un pedazo de la vía pública, se levantó el Casino de la Peña, un buen edificio que, con el Café Cervecería, forma en la actualidad el Círculo de la Unión Mercantil.
Mayor que el contraste anotado era el que se advertía entre las fincas mencionadas y la medio derrumbada casona en que hallábanse, verdaderamente entre montones de escombros, las oficinas de la Administración de Hacienda.
El acceso a tales oficinas resultaba tan arriesgado y difícil como el pase de las Termópilas y, cuando se estaba dentro de ellas, nacía el temor de no volver a salir ante la inminencia de un derrumbamiento.
Por encima de uno de sus muros forales semiderruídos asomaba sus ramas torcidas una higuera, deseosa, tal vez, de ocultar con ellas aquel padrón de ignominia, que desapareció al ser edificadas en dicho lugar la Audiencia, una casa particular y una escuela pública.
Apesar de ser la calle del Gran Capitán la más importante de nuestra población y de haber transcurrido medio siglo desde que se abriera su primer trozo, aún quedan en él dos solares, lo cual demuestra la indolencia característica de los cordobeses.
La parte exterior de uno de ellos fué utilizado durante muchos años, para establecer un café veraniego y la interior siempre se destinó a teatro o circo.
El otro solar ¡para cuántas y cuán diversas instalaciones ha sido utilizado!
En una parte del mismo tuvo un taller de herreria, durante muchos años el popular y notable artífice Pedro Romero, que, por una de sus genialidades se hacia llamar el Cometa , y en el resto del espacioso paraje estuvieren el Teatro de Variedades, un teatro provisional exclusivamente para verano; el café, también veraniego, denominado E l B uen Retiro , cuyo principal aliciente era un sexteto formado por señoritas austriacas; el Tiro de Pich ó n conque Manolo Cuevas resolvió el problema de la vida cuando el incendio ocurrido en la Feria de Nuestra señora de la Salud le destruyó una magnífica colección de figuras de cera; el bazar titulado Martillo Sevillano, donde las ventas se efectuaban por medio de subasta y que servia de punto de reunión nocturna de muchas familias; la clínica ambulante del Doctor Sequab, pues allí instalaba su relumbrante carroza para realizar las curas que producían el asombro de los incautos; el circo de la famosa domadora de elefantes Condesa de Valsois y, finalmente, el salón de espectáculos del señor Ramirez de Aguilera, que hay en la actualidad.
Exornaban este paseo preciosos naranjos que, en Prirnavera, embalsamaban el ambiente con el delicado aroma del azahar, y con sus copas de verdor perenne, embellecían en todas las estaciones dicho paraje.
Los naranjos fueron sustituidos en mal hora por unas palmeras raquíticas, una de ellas jibosa, que sirvió de motivo a la gente de buen humor para innumerables bromas y ocurrencias felices, como la de obsequiarla con una serenata, a cargo de la murga, para la que, sus iniciadores, invitaron al vecindario por medio de una chistosísima alocución publicada en la Prensa local.
Casi todas las palmeras se secaron y entonces reemplazóselas con los árboles, desiguales y poco esteticos, que hay en nuestros días.
Iluminaban la hermosa calle del Gran Capitán, además de los faroles que aparecen a ambos lados de ella, unos artísticos candelabros colocados en su centro, que también han desaparecido y que en más de una ocasión sirvieron de tribuna para oradores espontáneos en manifestaciones o actos semejantes.
Numerosísimo público de todas las clases sociales acudía, durante las noches de estío, almencionado lugar, especialmente los domingos y días festivos, las vísperas de las festividades de San Juan y San Pedro y cuando las bandas militares de música tocaban obras como “La Batalla de los Castillejos”, acompañada de clarines, tambores, cornetasy fuegos de artificio, o como “La Cacería”, con sus trinos de pájaros y su coro de cazadores.
En tales noches el Gran Capitán presentaba un aspecto brillante; a ambos lados, al rededor de interminable fila de mesas de los cafés congregábanse los amigos y las familias, formando animadas tertulias y, por el centro, discurrían sin cesar, mostrándose incansables, las muchachas, los jóvenes, entregados a la dulce charla que inspiran los amoríos y las quimeras propios de los pocos años.
Tropas que regresaban triunfantes, de los campos de batalla; regimientos que iban a verter su sangre por la Patria en remotas tierras, desfilaron marciales por el centro del paseo que ostenta el dictado del guerrero inmortal, entre los vítores y aclamaciones de una multitud ebria de entusiasmo.
La avenida del Gran Capitan se vistió de gala para recibir la visita oficial de Alfonso XII después de su coronación.
En el centro levantóse un arco artístico y severo coronado por los escudos de la provincia de Córdoba y, limitando el lado derecho, se instaló una larga tribuna desde la cual innumerables damas y señoritas arrojaban flores al pasar el Monarca, en un soberbio carruaje, por el centro de la engalanada vía.
La crónica negra registra dos sucesos sangrientos ocurridos en el paseo del Gran Capitán.
Cierto día un beodo hizo un disparo de pistola contra un soldado que prestaba el servicio de centinela en la puerta de la Administración de Hacienda y ambos, estuvieron tiroteándose durante largo rato, hasta que el borracho cayó exánime atravesado de un balazo, en el urinario que hay en la esquina de la calle Torre de San Hipólito, que le servía de barricada.
En las primeras horas de una madrugada estival, en que numeroso público disfrutaba del fresco en dicho paraje, unos gitanos sostuvieron una reyerta, agrediéndose con armas blancas y de fuego.
Uno de los contendientes murió en la riña, a causa de una terrible puñalada, y uno de los proyectiles disparados hirió en el pecho al general don Santiago Díaz de Ceballos, gobernador militar de Córdoba, que se hallaba sentado en la puerta del Casino La Peña.
Nada diremos acerca de la prolongación de la calle en que venimos ocupándonos porque, además de ser muy reciente, ha quitado su primitivo carácter al lugar en que buscábamos esparcimiento, durante las veladas veraniegas, en nuestra juventud, al que servían de fondo las típicas y populares tabernas de Angel Ordóñez y Francisco Gama, con sus frescos patios, llenos de plantas y de flores.
Hoy puede decirse que el hermoso paseo del Gran Capitán se halla en la decadencia; sólo sirve de de paso para las innumerables personas que se congregan en los cinematógrafos, donde actualmente se halla reconcentrada la atención del público.
Junio, 1920.
