El Tabaco es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
La escasez del tabaco en Córdoba lo convierte en nota de actualidad y constituye un problema, para los fumadores, más grave que el de las subsistencias, porque hay muchos hombres que prefieren fumar a comer.
Y eso que el vicio importado de América, según dicen, por Pedro Mundo, uno de los aventureros que acompañaron a Colón para descubrir a América, debiera haber desaparecido, en vez de progresar extraordinariamente, a causa de la mala calidad, cada día peor, del tabaco y de su encarecimiento constante.
¡Qué diferencia entre lo que se fumaba hace sesenta años y lo que se fuma hoy!
Antiguamente la mayoría del tabaco vendíase picado o en purillos para picarlos y muy poco en cigarrillos de papel, lo cual se explica si se tiene en cuenta que el cigarro constituye una distracción y, al adquirirlo hecho, gran parte del entretenimiento desaparece.
Eran dignas de observar todas las operaciones que antaño realizaba un obrero para fumar un cigarro.
Suspendía su trabajo, sacaba la bolsa de cuero que encerraba el tabaco, de ella un purillo, picaba parte de el con una navaja y, cuando tenia la cantidad suficiente, guardaba el resto del puro en la bolsa, ésta y la navajilla en la faja y comenzaba muy lenta, muy pausadamente, la tarea del despalillado.
Luego extendía la picadura en la palma de la mano izquierda, sobre ella la oprimía y frotaba con la derecha a fin de que quedase muy fina la picadura y, hecho todo esto, la envolvía en el papel, previamente sujeto, de un pico, entre los labios.
Entre las proporciones de aquel cigarro y de los pitillos que hoy expende, liados, la Tabacalera, había la mismas diferencia que entre una viga de molino y un palillo de dientes.
Como que el papel parecía, por sus dimensiones, una sábana; un papel basto, encerrado en unas carteras de gran número de hojas, que tenía estampada en la cubierta la marca del fabricante.
Las marcas mis populares entonces, las preferidas por la clase obrera, eran la del Toro y la vaca y Las tres naranjas, mientras los fumadores de las demas clases sociales preferían el papel de Layana, por considerarlo más higiénico.
Hecho el cigarro, el trabajador sacaba de un bolsillo la bolsa de los avios de encender, desliaba una larga cinta que la envolvía, cogía el pedernal, el eslabón y un trozo de yesca y, cuando lograba prender fuego a esta, a fuerza de golpes, la aproximaba, sobre el pedernal, al cigarro, para encenderlo.
En todas estas manipulaciones y en fumar el pitillo invertía más de media hora; así se explica que en los contratos de los obreros, especialmente de los agrícolas, se consignase el número de cigarros que debían fumar durante la jornada.
A las bolsas de cuero para guardar el tabaco sustituyeron las petacas, de cuero también, en cuya fabricación se distinguió nuestra capital, como en todo lo referente a la industria de los cordobanes y guadamecíes.
Eran grandes, de piel muy gruesa y basta, cosidas a pespunte y el lujo de ellas consistía en que estuvieran labradas, formando el dibujo cuadritos, rayas o arabescos.
Algunos fumadores mandaban hacer, exprofeso, grandes petacas, especialmente los campesinos y los que tenían que permanecer largas temporadas fuera de las poblaciones, para llevar buen aprovisionamiento de tabaco.
El popular picador de toros cordobés conocido por el Ruso poseía una en que cabía dos libras.
A aquellas primitivas petacas sustituyeron otras pequeñas, de finas y perfumadas pieles, y luego, cuando se generalizó la adquisición de los cigarrillos liados, aparecieron las pitilleras, hoy en boga, hechas, mas que de piel, de finos metales.
Al generalizarse el uso de los fósforos desaparecieron las bolsas de los avios de encender, indispensables para los hombres del pueblo.
Tales bolsas constaban de uno o dos departamentos, destinándose en la de dos, uno a la yesca y otro al eslabón y el pedernal; eran de badana o de paño y se cerraban liándoles una larga cinta, cosida por uno de sus extremos a la parte que servía de cubierta.
Las mozas regalaban a sus novios bolsas de fina gamuza o de terciopelo, llenas de pespuntes de colores y caprichosos bordados y algunas hasta adornadas con espejillos, que los mozos reservaban para lucirlas en las fiestas y causar envidia a más de cuatro.
Las personas que se daban poca maña para hacer un pitillo, en vez de los cuadradillos, las cajetillas o los cuarterones de tabaco picado compraban los mazos de cigarros a que unos llamaban atados por la cintura y otros de estrignina, por ser excesivamente fuertes, o los paquetillos de a real, los cuales resultaban muy superiores a los que hoy se venden a elevados precios.
Los cigarrillos más caros, a los que hoy tienen que recurrir todos los fumadores por la mala calidad del género, estaban reservados entonces para la gente de dinero.
Lo mismo sucedía respecto a los puros; muchos aficionados a esta clase de cigarros fumaban los purillos de a cuarto y la generalidad los puros de diez céntimos, entre los que había muchos de calidad superior.
Un médico muy reputado en Córdoba sabia escoger los buenos, los regaba con coñac, secábalos perfectamente y los encerraba en cajas de cedro que habían contenido habanos, echándoles una poca de vainilla.
Aquellos cigarros tenían un sabor y un olor exquisito y el médico aludido no los hubiera cambiado nunca por el Carucho más excelente ni el Aguila Imperial mejor presentada.
Después, cuando las clases corrientes de tabaco empezaron a ser infumables, aparecieron nuevas elaboraciones, que pudiéramos llamar aristocráticas, como los cigarrillos emboquillados, los Sussini; los turcos, que en honor de la verdad, no han obtenido carta de naturaleza entre nosotros.
Hace cuarenta años no había tantos estancos en Córdoba como hay en la actualidad y ninguno formaba parte de otro establecimiento.
Ocupaban pequeños portales y su instalación era modestísima.
Observábanse en ellos dos detalles característicos: las monedas falsas que aparecían clavadas en el mostrador y los cuadros que adornaban las paredes, formados, generalmente, por laminas de los periódicos ilusrrados El Motin o La Lidia, a los que ponían marcos los estanqueros habilidosos con listones de cedro procedentes de las cajas de habanos, formando combinaciones más o menos artísticas.
Entre los estancos más populares y antiguos de nuestra capital figuraban los denominados de Santa Ana y de la Administración, el primero por hallarse en la calle de aquel nombre, hoy de Angel de Saavedra y el segundo en un local anejo al de la Administración de Hacienda, en la calle del Huerto de los Limones, actualmente de Góngora.
Había, además, un par de estancos mejor presentados que los restantes, que se titulaban tabaquerías, uno en la calle de Ambrosio de Morales y otro en la del Conde de Gondomar.
Así como el vicio de fumar, en vez de disminuir a causa de las dificultades que se oponen a su fomento, se desarrolla mas cada día, hay otro que ha desaparecido casi por completo, el de tomar rapé.
En tiempos muy remotos este fué un vicio que imperó entre las clases sociales más elevadas, no llegando apenas al pueblo.
Reyes, magnates, Príncipes de la Iglesia, hombres de alta alcurnia usaban el rapé y llevaban siempre consigo la tabaquera bien repleta de polvo, el cual ofrecían a las personas de su confianza, dispensándoles un verdadero honor.
Tampoco faltaban damas linajudas que, a hurtadillas, no tenían escrúpulo de ensuciar su delicada nariz y más tarde el albo pañuelo con el polvo del tabaco.
En la sala de reunión de las casas antiguas, sobre una mesa, al lado del braserillo de azófar con candela para encender los cigarros se hallaba la caja de rapé, a la disposición de las visitas.
Este vicio originó una industria que llegó a tener gran importancia, la confección de las tabaqueras.
A las primitivas cajas de madera o de metal sustituyeron las de hueso, marfil, ágata, concha, nácar, plata y oro con incrustaciones, con pinturas, con relieves, con grabados, cinceladas, que constituían primorosas obras de arte, algunas de excepcional valor.
La platería cordobesa se distinguió en esta clase de trabajos, como en todos los que realiza.
Hoy en algunos museos de antigüedades y casas de nobles y viejas familias se conservan cajas de rapé que son joyas de merito extraordinario.
La importación del tabaco en España también produjo un tipo legendario, original, al que rodeó el pueblo de la aureola de su admiración, el contrabandista.
Aquel hombre fornido, de tez tostada por las inclemencias del tiempo, con patillas de boca de hacha, que vestía el clásico traje andaluz, calzaba recios y altos botines de cuero cordobés, llenos de pespuntes y correillas y cubría su cabeza con un pañuelo de seda rojo y un sombrero de catite; aquel hombre que, trabuco al brazo, estaba constantemente dispuesto a jugarse la vida, en defensa de la carga de tabaco que le había de proporcionar el sustento durante algunos meses; aquel hombre decidor, alegre, rumboso, que siempre tenía una copla o un requiebro para las mozas en los labios, una moneda en el bolsillo para socorrer al pobre y un puñado de postas en la bocacha para hacer frente a los carabineros.
Dos pueblos de la provincia de Córdoba, Iznájar y Benamejí, dieron gran contingente de estos contrabandistas típicos, de los que ya sólo queda el recuerdo evocado en novelas y romances antiguos y las figuras de barro conque muy acertadamente los representan algunos modestos artistas de Málaga.
La desaparición del contrabandista clásico, y valga el calificativo, no implica la del contrabando.
Hoy no sólo se introduce tabaco clandestinamente, de diversas partes, sino que se cultiva en distintas regiones, sobre todo en la andaluza; dígalo, si no, nuestra Audiencia provincial, donde hace algunos años fué preciso constituir una sección especial para que entendiera en las innumerables causas instruidas por ese delito.
Un ilustre prócer y un notable periodista, ambos cordobeses, el Conde de Torres Cabrera y don José Navarro Prieto, sostuvieron campañas muy acertadas en el diario local La Lealtad para que se autorizase el libre cultivo del tabaco en España, pero como otras muchas, resultaron infructuosas.
El Estado se afana en buscar nuevas fuentes de riqueza nacional y, no obstante, siega una de las más ricas v caudalosas.
Febrero, 1919.
