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El Velon Y La Lampara Electrica (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


El Velon Y La Lampara Electrica es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Súbitamente apagóse la lámpara eléctrica por habérsele fundido los filamentos; instantes después separósela del hilo conductor del fluido y del salón principal de la casa pasó al desván de los trastos viejos e inservibles.

La casualidad la colocó cerca de un velón deteriorado y sucio que, a pesar de su deplorable estado, erguíase orgulloso con la pretensión de dominar a todos sus compañeros de infortunio.

¡Hola camarada! dijo, al verlo, la lámpara eléctrica; el destino me ha traído junto a ti para que nos consolemos mutuamente de la terrible ingratitud de los hombres de que ambos somos víctimas.

Tú y yo prestamos a la humanidad un servicio de excepcional importancia, disipamos las tinieblas de la noche, sustituyendo con nuestra luz los resplandores del astro-rey que ilumina los mundos durante el día; fuimos símbolo del progreso y nada de esto se tuvo en cuenta; cuando nos inutilizamos, porque todo tiene fin, se nos trajo aquí como pudieran habernos arrojado a un vaciadero de inmundicias.

Las quejas, contestó el velón, no están justificadas en ti; lo estarían si yo las formulase. Tu imperio tiene que ser efímero porque tu vida es muy corta; el mío ha durado siglos y está a punto de restablecerse; tú representas la actualidad frívola que pasa, yo puedo servir de emblema a la tradición gloriosa que se perpetúa.

¡Bah!, esclamó [sic] la lámpara eléctrica, pues, no obstante la brevedad de mi existencia, he visto y disfrutado mucho más que tú.

¡Qué brillantes fiestas presencié en el suntuoso salón al que inundaban con torrentes de luz millares de bombillas multiculores!

Allí damas elegantísimas, de belleza excepcional, mal cubiertas por vaporosos trajes que dejaban admirar la morbidez de las formas y la corrección de las líneas, acompañadas lo mismo por jóvenes barbilampiños que por señores de respetabilidad, entregábanse a la danza, pero no a la danza grave y respetuosa de tus tiempos, sino al baile de moda importado de América, que tiene una reminiscencia de las orgías paganas.

¡Qué espectáculos tan interesantes, que escenas tan sugestivas he presenciado y cuántos secretos y confidencias he sorprendido en noches memorables!

Tú desconoces todo esto que constituye un mundo completamente distinto del mundo en que viviste.

Es cierto, replico el velón, pero no te envidio. ¡Qué valen esas fiestas de relumbrón, de farsa y de oropel si se las compara con las veladas de antaño, sencillas y llenas de encantos inefables!

Entonces yo era objeto de toda clase de cuidados; se me limpiaba diariamente para que estuviera brillante como el oro; tenia aditamentos y adornos que fui perdiendo en el transcurso de los años, pantallas de latón llenas de caprichosas labores; cadenillas pendientes del asa, en cuyo extremo estaban sujetos el apagador y las tijeras conque hábiles manos femeninas recortaban y despabilaban la torcipa [sic] para que produgese [sic] mejor luz.

En las interminables noches del Invierno, cuando la familia estaba sola, se me colocaba en el centro de la mesaestufa y alrededor de ella sentábanse hombres, mujeres y chiquillos, dedicándose cada uno a la ocupación que prefería; los hombres a leer novelas de las llamadas de a cuartillo de real la entrega o a matar el tiempo con juegos inocentes; las mozas a confeccionar primores; las viejas a hacer calceta y los muchachos a estudiar, a recortar las vidas de estampas o a poner en correcta formación los soldados de plomo.

Cuando había visita se me trasladaba a la repisa de la chimenea y allí, al lado de la tabaquera llena de incrustaciones o entre los juguetes de los chicos, presidía la tertulia en que se hablaba de todo, sin recurrir jamás a la murmuración.

En Verano, yo iluminaba la galería del patio, adornada con jarrones, lámparas y jardineras, donde las familias podían respirar frescas brisas, perfumadas por nardos y jazmines.

En las grandes solemnidades, cuando se abría el salón principal y se quitaba las fundas blancas al estrado de caoba y damasco, también recurríase a mí para que cooperase a iluminar la estancia destinada a la fiesta.

Más limpio y reluciente que de ordinario, despojado de pantallas y cadenillas, con los cuatro mecheros encendidos, se me colgaba del techo, frente a la lámpara, que no se desdeñaba de fundir sus rayos con los míos, y desde allí presenciaba el baile, un baile muy distinto del que tú acabas de describirme, señorial, respetuoso, acompañado pbr una música llena de bellísimas y delicadas cadencias.

Mi luz jamás se confundía, como la tuya, con la luz del día, porque antiguamente las personas de todas las clases sociales se entregaban al descanso muy temprano; a las nueve de la noche en el Invierno y a las diez en el Estío el implacable apagador se posaba sobre mis mecheros, encargándose de sustituirme en los dormitorios la capuchina, también de metal reluciente, a la que yo pudiera considerar como hija mía, la mariposa que encerrada en un pequeño nicho velaba al niño o al enfermo.

Unicamente en las épocas de exámenes se me tenía encendido durante horas y horas, a veces hasta que albareaba el nuevo día, acompañando al estudiante, que no levantaba la vista de los libros.

Pues no merece la pena, le objetó la lámpara elécirica, haber contado varios siglos arrastrando una vida tan monótona y falta de atractivo como la tuya. Yo, en mi corta existencia, he visto y disfrutado mucho más que tú.

Sí, agregó el velón, has visto la farsa social; has disfrutado de efímeros placeres, que siempre originan el cansancio del cuerpo y muchas veces producen heridas mortales en el alma. ¡Qué diferencia entre esos falsos goces y los goces puros, inefables, del antiguo hogar, que yo presenciara y compartiera; de aquel hogar cristiano, modelo de buenas costumbres, templo de la familia, donde se rendía culto al verdadero amor que dignifica y ennoblece!

Además te equivocas al considerarme muerto como tú; sufro una tremenda crisis pero mi existencia no ha concluido todavía. ¡Quien sabe el destino que me tendrá reservado el porvenir!

Al llegar a este punto del diálogo penetró, en el desván un hombre; dirigió una mirada escrutadora a los trastos viejos amontonados allí y al ver el velón, deteriorado y sucio, una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.

Lo cogió lleno de júbilo; examinólo detenidamente y se dispuso a marchar con él.

¿A donde me llevas?, le preguntó el velón.

Al sitio en que te corresponde estar, contestó el interrogado. A un palacio moderno que su propietario ha querido convertir en museo de preciosas y riquísimas antigüedades.

Allí, limpio, brillante, restaurado, podrás erguirte de nuevo orgulloso como un rey; tendrás por trono un bellísimo contador de ébano y marfil; por dosel ricas colgaduras de damasco.

A tu alrededor te rendirán pleitesía relucientes ollas de cobre, artísticas porcelonas [sic], primorosas figuras de china, pintarrajeados barreños de Talavera.

Tapices y cuadros de gran mérito cubren los muros de la estancia; su riqueza y magnificencia te harán creer, a veces, que has pasado del mundo de la triste realidad al de las más fantásticas y halagadoras ilusiones.

Los filamentos fundidos de la lámpara eléctrica se retorcieron de rabia al oir estas manifestaciones y al ver alejarse, henchido de gozo, al deteriorado y sucio velón de Lucena.

Noviembre, 1925.