El Violín De Brindis De Salas es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
Seguramente no habrán olvidado muchos be nuestros lectores a aquel negrazo del color del ébano, alto, fornido, que en varias ocasiones visitó nuestra ciudad y recorrió los principales pueblos de su provincia, dedicándose. a celebrar conciertos de violín.
Era un bohemio de historia interesante y original.
Enamorado, como su padre, del divino arte de la música, a él se consagró por entero, mas no llegó a dominarlo con la perfección admirable que el autor de sus días.
Hombre nervioso, inquieto, no tuvo seguramente la paciencia necesaria para vencer todas las dificultades que se oponen al manejo del violín, para poseer todos sus secretos, como tampoco la tenía para estudiar una obra completa de los grandes compositores y , por estas causas atropellaba las notas, sólo interpretaba trozos de producciones clásicas, unidos, enlazados por él a capricho, aunque pertenecieran a las escuelas más antagónicas, formando un conjunto extraño y en ocasiones grotesco.
No obstante él se juzgaba concertista eminente, titulábase el rey de las octavas y se creía un prodigio en la ejecución..
Muy joven contrajo matrimonio con una yanqui millonaria; poco después dióse a meditar en la diferencia de posición y de raza que había entre ambos y surgió el Otelo, siempre temeroso de que la mujer a quien idolatraba le hiciera un día objeto de escarnio por considerarle un ser inferior a ella.
Entonces Brindis de Salas sintió desbordarse su amor propio, su orgullo que no era escaso y quiso, a todo trance, dar un salto jigantesco [sic] que le colocara en los primeros peldaños de la escala social; brillar en el gran mundo, aturdir a su esposa con el ruido de las ovaciones que a él le prodigaran, cegarla con los resplandores de su gloria. Para conseguir todo esto recurrió al arte unido con los millones.
El extraño matrimonio, la mujer rubia como las espigas y delicada como una porcelana de Sevres y el hombre negro como el ébano y hercúleo como un cíclope, recorrió el mundo, en busca de triunfos y honores.
Brindis de Salas no perdonaba medio de obtener un titulo; una condecoración, por insignificante que fuera, para poder presentarse en los teatros, en los grandes casinos, en los palacios de la nobleza, con el pecho lleno de bandas, medallas y cruces.
Donde quiera que iba procuraba celebrar conciertos en los salones aristocráticos; ofrecía su concurso para todas las fiestas de caridad y no se limitaba a tomar parte en ellas sino que contribuía a aumentar sus ingresos con espléndidos donativos.
De este modo lograba ponerse en relaciones con las personas de más sigificación, obtener el aplauso unánime del público y el elogio entusiasta de la Prensa.
Y el pobre negro se sintió feliz y desaparecieron de su corazón los terribles celos que le ahogaran porque ya su idolatrada compañera no le podía considerar un ser inferior y despreciable.
Pero esta carrera triunfal, lograda a costa de oro, acabó pronto con la fortuna de la yanqui y la esposa del concertista despertó entonces a la temible realidad, para entregarse poco después al sueño eterno de la muerte.
Brindis de Salas quedó sólo y arruinado.
Entonces tuvo que recurrir a su arte, no para obtener triunfos sino para ganarse el pan y sin duda, comprendió todas las miserias humanas al presentársele la realidad en su espantosa desnudez.
En los palacios de la nobleza y en los salones de la aristocracia no pudo alternar ya con las personas que otras veces le llamaron su amigo; en los grandes casinos y en los coliseos de primer orden no tuvo la acogida que otras veces cuando tomaba parte en fiestas benéficas; ahora costábale gran trabajo organizar un concierto aun en los teatros y círculos más modestos de las capitales de provincias y de los pueblos de alguna importancia y en ellos no recaudaba, en ocasiones, ni la cantidad suficiente para pagar los gastos.
Este cambio brusco, este rápido descenso en la escala de la posición social no consiguieron domeñar su altivez, no lograron abatir su orgullo.
Siguió anteponiendo a su nombre en sus tarjetas, programas y reclamos de periódicos el título de Caballero, porque pertenecía a la orden francesa de la Legión de Honor y continuó presentándose ante el público, cuando verificaba un concierto, con el raido frac y la deshilachada pechera cubiertos de bandas y condecoraciones.
En esta triste situación vino a nuestra capital varias veces.
Una noche tomaba parte en una fiesta musical que, en su beneficio, celebrábase en el Gran Teatro.
En un intermedio varios aficionados a la música subieron al cuarto del artista para charlar un rato con éste.
Sobre una silla tenía el violín, un violín de muy poco valor, viejo, roto y lleno de composturas, pero que su dueño estimaba como una joya de valor incalculable, como un magnífico Stradivarius.
Uno de los visitantes sacó un cigarrillo, prendióle fuego y empezó a fumar.
Caballero, por Dios, -exclamó con acento angustioso Brindis de Salas- no fume usted porque el humo perjudica mucho al violín.
La advertencia produjo gran extrañeza a todos los concurrentes, pero ninguno se atrevió a hacer la objeción más insignificante y el fumador apresuróse a arrojar al suelo el pitillo.
Siguió la charla, uno de los contertulios que acostumbraba a hablar a gritos, haciendo alarde de sus pulmones privilegiados, inconscientemente fué elevando la voz hasta ensordecer a sus acompañantes.
Uno de estos, siempre ocurrente y de buen humor que no había olvidado el ruego del concertista, dirigiéndose al hombre de la voz estentórea dijo en tono suplicante, al mismo tiempo que hacia un gesto de cómica alarma: caballero, por Dios, no grite usted que está aquí el violín y le va a matar el gusanillo.
Brindis de Salas continuó su dolorosa odisea por el mundo; durante mucho tiempo no supimos de el y un día leímos con pena, en uno de los periódicos de Madrid, una interesante crónica inspirada en el triste fin del artista.
Había muerto en un hospital de New York, si no nos engaña la memoria, sumido en la más espantosa miseria.
Sólo dejó, como herencia, un violín viejo y roto; un puñado de condecoraciones, todas de escaso valor, y entre las pobres ropas que vestía una prenda cuyo uso no se concibe en el hombre, un corsé del que nunca se despojaba para que diese esbeltez a su busto, con el fin de que lucieran mejor las bandas y cruces.
¡Hasta ese extremo nos lleva la vanidad humana!
Marzo, 1920.
