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Emilio López Domínguez Y Ricardo Peré (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Emilio López Domínguez Y Ricardo Peré es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Fueron dos bohemios incorregibles, dos hombres de ingenio y de gracia, que pasaron la vida desafiando al infortunio, sin que las contrariedades ni la miseria hiciéranles perder un instante el buen humor.

Emilio López Domínguez pertenecía a una aristocrática y bien acomodada famlia de Lucena.

Sus padres realizaron esfuerzos inconcebibles, sin resultado alguno, para conseguir que estudiara una carrera. En vista de que el mozo, en vez de dedicarse al estudio, se dedicaba al vicio y pasaba la existencia de diversión en diversión, decidieron, aunque les costara gran pesadumbre, no librarle del servicio militar, esperanzados en que se modificarían sus costumbres en el Ejército, pero la esperanza no se llegó a convertir en realidad.

López Domínguez volvió de la milicia tan calavera como era antes de vestir el uniforme.

Dominábale el vicio de la bebida y su familia, al tener la triste convicción de la imposibilidad de que lo abandonara, le aconsejaba que, al menos, bebiera en su casa para evitar espectáculos lamentables.

No puedo, objetaba él a sus consejeros, porque para mi lo de menos es la bebida; el alisiente [sic] está en la taberna, en la charla, en la discusión con los amigos.

Sus padres llegaron hasta el extremo de instalar en una amplia habitación de su domicilio una especie de taberna con barriles, mesas y vasos para que llevase allí a sus camaradas y se distrajeran y embriagaran sin salir a la calle, pero este supremo recurso tampoco surtió efecto; Emilio López Dominguez continuó sin alterar lo más mínimo sus usos y costumbres.

Como. ya hemos dicho, estaba dotado de verdadero ingenio, de mucha gracia, de una afición a las Letras casi tan grande como la que tenia al vino y al aguardiente, y sobre todo poseía una facilidad asombrosa para versificar.

Escribía en verso con tan extraordinaria rapidez que, durante algún tjempo, estuvo publicando un Semanario titulado La Revista Municipal, en el que comentaba, lo mismo en romances que en quintillas o redondillas, las sesiones del Ayuntamiento, y este periódico, a semejanza de las revistas de toros, poníase a la venta momentos después de haber concluido dichas sesiones.

Jamás escribió en serio, pues esto hubiera sido un sarcasmo en quien tomaba la vida abroma; sólo cultivó, lo mismo en prosa que en verso, el genero festivo y especialmente la crítica. Con las innumerables semblanzas de personas conocidas que escribió, todas en sonetos, composición que dominaba de manera pasmosa, se podrían formar varios volúmenes curiosísimos.

Cualquier noticia que leía en la Prensa inspirábale un comentario ingenioso y en todos los periódicos de Córdoba tuvo a su cargo, en distintas épocas, una sección en prosa y verso destinada a tales comentarios.

También colaboró en cuantos periódicos satíricos vieron la luz en nuestra ciudad y fundó algunos, como el primitivo Incensario, en los que, dicho sea en honor de la verdad, llevó la censura hasta un límite reprobable.

La exajerada [sic] dureza de muchos de sus escritos le originó procesos y encarcelamientos que ni le hicieron variar de ruta ni aminoraron su constante buen humor.

En una ocasión desafióle una persona zaherida por él; los padrinos de su adversario invitáronle a que eligiera arma y eligió la navaja de muelles; no es necesario agregar que el lance quedó terminado en aquel momento.

Las genialidades de López Domínguez regocijaban a todo el mundo.

No hubo poco que hablar de aquel famoso concurso que inició en uno de sus periódicos para conceder un premio a quien acertare cuál era el hombre más feo de Córdoba, premio que, según dijo luego, le era imposible conceder, porque los cuarenta y nueve mil habitantes de esta población habían acertado, manifestando que el más feo era el Jefe de la Guardia municipal, individuo que, en efecto, nada tenía de Adonis.

Ni dejó de ser objeto de sabrosos comentarios una observación que hizo acerca de la anomalía de que un peluquero completamente calvo anunciara con bombo y platillo un específico merced a cuyo empleo se obtenía una abundante cabellera.

Ni tampoco pasó inadvertida como sátira contra quienes aprovechan una identidad de nombres y apellidos para darse el gusto de verse en letras de molde en los periódicos, aunque sólo sea en una miserable gacetilla aclaratoria, la advertencia publicada por él de que no era un Emilio López al que habían dado garrote en una ciudad mejicana, según informes de la Prensa.

López Domínguez, como derrochó su capital en poco tiempo, por su espíritu bohemio no se avenía a la sujeción que requiere un destino y con el producto de las Letras no podía vivir, lo cual sucede a casi todos los escritores, sufrió toda clase de privaciones, tuvo épocas en que se encontró sin hogar, sin un pedazo de pan conque calmar los rigores del hambre, pero ni aún en esas críticas situaciones se le vió triste.

Su rostro, de enorme y acaballada nariz, de boca desdentada no menos grande, parecía una de esas caretas de cartón que tienen la mueca de una sarcástica sonrisa.

Ya en su vejez, cuando comprendió que le faltaban las energías para continuar la odisea que empezara en su juventud, realizó gestiones para conseguir un destino y le nombraron empleado de consumos, pero no para prestar servicio en una oficina ni siquiera en un fielato, sino en una caseta, de punto.

Y era lo que él decía: quien toda la vida ha sido un punto ¿qué destino ha de tener más adecuado que éste?

En los alrededores de la población, sentado en la puerta de su garita, le veíamos constantemente escribiendo, siempre jovial sin que por su semblante cruzara una sombra de tristeza.

Un día Emilio López Domínguez no se presentó al cumplimiento de su obligación; indagóse qué le ocurría y se supo que estaba enfermo.

Al día siguiente fué conducido al hospital y poco después dejaba de existir en el frío lecho de la caridad oficial, solo, sin un pariente, sin un amigo que le acompañaro [sic] en aquel duro trance.

Pero el infeliz bohemio, el ingenioso periodista, el festivo poeta, aun después de muerto conservaba en su faz, romo la mascara de cartón, la mueca de una sarcástica sonrisa.

  • * *

De Ricardo Peré, si hubiera tenido menos edad que Emilio López Domínguez, podría haberse dicho que era su discípulo más aventajado.

Ambos pensaban de igual modo, los dos tenían las mismas aficiones y uno y otro se propusieron y lograron pasar la existencia en broma, poniendo siempre al mal viento buena cara y desafiando a las adversidades y la miseria.

Tampoco Peré se sometió jamás a la sujeción que impone un cargo o un destino cualquiera y, por esta causa, abandonó muy pronto las múltiples colocaciones que le proporcionaron sus amigos y prefirió a la vida tranquila del empleado la azarosa del bohemio que ignora todos los días dónde podrá comer y albergarse al siguiente.

Hombre de ingenio valíase de él para proporcionarse los medios de subsistencia, pero como el ingenio se cotiza a muy bajo precio en los mercados, Ricardo Peré nunca logró disfrutar de una posición desahogada.

Amante de la literatura y del periodismo, como su colega en andanzas, aunque no con las excelentes dotes de éste para cultivarlos, escribió en semanarios festivos y satíricos y fué quien primeramente publicó en Córdoba, durante las temporadas de ferias y en otras épocas del año, periódicos y folletos para explotar el anuncio, intercalado entre artículos y poesías.

Puede asegurarse que estas publicaciones constituían la principal fuente de sus ingresos.

En sus grandes apuros aguzaba el ingenio de modo extraordinario para no perder su puesto en el festín de la vida como él llamaba crónicamente [sic] a la existencia.

En cierta ocasión heredó de unos parientes unos artefactos para elaborar chocolate, industria a que, en otros tiempos, se dedicaban muchas personas en nuestra capital, porque gran número de familias tenía la costumbre de que les fabricaran el chocolate para su consumo en sus propios domicilios.

¿Qué hacer con aquellos armatostes? ¿En qué utilizarlos? Peré meditó mucho y al fin surgió en su cerebro una idea luminosa; la de montar una fábrica de chocolate, así como suena, en su propia casa, que apenas tendría una docena de metros cuadrados de superficie.

Sin pérdida de tiempo mandó timbrar papel de escribir y sobres con este rótulo: "La Cordobesa. Gran fábrica de chocolates". Se informó de las principales casas que se dedicaban a la venta, al por mayor, de cacao y azúcar, y a cada una de ellas escribióle en el papel timbrado, anunciándole la instalación de la nueva fábrica y pidiéndole muestras de los productos antedichos.

Por este procedimiento reunió, sin que le costara un cuarto, los artículos necesarios para elaborar un par de arrobas de chocolate.

Entonces, previas algunas lecciones de una persona perita en tal industria, se dedicó a hacer la competencia a Matías López.

Trabajó sin descanso una semana; ¡por primera vez en su vida! y al fin logró confeccionar una pasta que tenía el color y el olor del chocolate.

Enseguida visitó, sin prescindir de uno siquiera, los establecimientos de comestibles y las especerías, para ofrecer los ricos productos de la gran fábrica que acababa de montar, pero como todo el mundo le conocía nadie se atrevió a comprarle una libra siquiera.

Ricardo Peré volvió a su casa triste, desalentado; él que no había sentido el desaliento jamás.

Nuevamente comenzó a aguzar el ingenio y otra vez el caos de su cerebro fué iluminado por los resplandores de una idea salvadora.

Buscó a varias despenseras y les prometió una gratificación a cambio de que le prestaran un servicio que no había de proporcionarles trabajo ni molestias: se reducía a preguntar en todos los establecimientos de comestibles por donde pasaran si tenían chocolate de Peré.

Las mujeres cumplieron perfectamente su cometido, obteniendo en todas partes una respuesta negativa.

Pocos días después el flamante industrial presentábase nuevamente en las tiendas ya recorridas, para ofrecer la mercancía, y los comerciantes, recordando que algunas personas les habían pedido el famoso chocolate, no tuvieron ya inconveniente en adquirir pequeñas partidas.

Huelga decir que estas se apolillaron en los estantes porque nadie volvió a solicitar el chocolate de Peré.

Pero su autor decía muy serio que los tenderos habían obtenido un gran beneficio con la compra: el de matar todos los ratones que se comían los géneros.

Nuestro hombre era el terror de los propietarios de casas; como siempre se hallaba falto de recursos, muy raras veces podía pagar los alquileres de sus viviendas y recurría a toda clase de estratagemas para que la habitación le resultara gratuita.

Una vez el dueño de una casa, compadecido de la situación de Peré y para que abandonara aquella, pues adeudaba dieciocho o veinte mensualidades, no sólo se las perdonó, sino que le dió la cantidad suficiente para que alquilara un piso y pagase los gastos de mudanza.

Este acto de generosidad conmovió profundamente al inquilino moroso.

Un par de días después una mujer fué a arrendar la vivienda que Peré acababa de abandonar, entregando la suma que le exigieron como fianza.

Cuando, transcurrido un mes, el cobrador del dueño de la finca fue a que le abonasen el importe del alquiler, vió, con asombro, que Ricardo Pere seguía habitando allí, muy tranquilo.

El dinero que recibió para arrendar un piso y trasladarse a él sirvióle para abonar la fianza de un supuesto inquilino de la vivienda que debía dejar, en la que continuó como si nada hubiese ocurrido.

En otra ocasión, obligado a mudarse, halló una casa deshabitada, con papeleta indicadora de alquiler, en uno de los lugares más apartados de la población.

Fué a recoger la llave al sitio que indicaba la cédula para ver la finca y a las pocas horas la devolvió, diciendo que no le convenía la casa.

Pasaron días y como nadie se presentara con el propósito de alquilarla, su administrador decidió ir a visitarla para apreciar el estado en que se hallara.

Al llegar ante ella quedó profundamente sorprendido; no tenía cédulas en las ventanas, la puerta se hallaba abierta y dentro oíase ruido de gente.

Peré, antes de devolver la llave, mandó hacer otra anáIoga; con ella abrió la puerta de la casa en cuestión y allí estableció sus reales, aguardando estóicamente que llegara el momento en que, descubierta la estratagema, le plantaran de patitas en la calle.

El final de este pobre diablo no fué tan triste como el de Emilio López Domínguez.

Tuvo la suerte de que regresara de América un hermano suyo, poseedor de una buena fortuna, que le protegió, asignándole una pensión mensual suficiente para que pudiera vivir con holgura.

Ricardo Peré se transformó en apariencia; sustituyó la luenga barba de religioso capuchino por grandes patillas; dejó de usar sus prendas inseparables, un grueso chaquetón azul y una cartulina de descomunal tamaño para vestir a la moda, pero en el fondo continuó siendo el bohemio de siempre.

Al poco de haber variado de fortuna sintióse enfermo, con un padecimiento en el estómago.

¡Será mala mi suerte, exclamaba, que cuando no tenía que comer digería hasta las piedras y ahora que puedo costear buenos manjares me hace daño la alimentación más sana!

Luego sufrió un terrible golpe; el fallecimiento de su hijo, en tierras lejanas, donde le había proporcionado una excelente colocación su tío, el protector de esta familia.

Y un par de años más tarde Ricardo Peré, abatido por los dolores físicos y morales, abandonaba el festín de la vida.

La muerte fue compasiva con el llevándoselo antes de que se desarrollara la espantosa tragedia en que perecieron su hermano, la esposa y la hija de este, víctimas de un horrible naufragio.

Octubre, 1916.