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Grandes Crimenes Y Crimenes Misteriosos (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


Grandes Crimenes Y Crimenes Misteriosos es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Córdoba no ocupa, afortunadamente, uno de los primeros lugares en la estadística de la criminalidad; aquí no ocurren con frecuencia sucesos sangrientos pero, en cambio, se suelen escribir terribles páginas en la historia del crimen.

Recordaremos algunos hechos de esta clase acaecidos durante el siglo XIX que, por su magnitud o por el misterio que los envolvía, impresionaron hondamente al vecindario.

En los comienzos de la mencionada centuria un doble y espantoso asesinato llenó de terror a la ciudad y de indignación a todas las personas honradas. Un pastelero, domiciliado en la plaza del Potro, a impulsos de unos celos infundados, mató a su esposa y a su hija, acribillándolas a puñaladas.

El feroz criminal expió su delito en el patíbulo.

Algunos años después fué el tema de todas las conversaciones, durante varios meses, la desaparición misteriosa de un vecino de esta capital, apellidado Barrena, persona muy conocida y que gozaba de general estimación.

Cuantas gestiones se efectuaron para averiguar su paradero resultaron infructuosas.

Andando el tiempo y cuando ya nadie se acordaba del suceso referido, en una cuadra de la posada de San Rafael unas caballerías hundieron parte de un tabique, dejando al descubierto un hueco, especie de alacena, en el que había el esqueleto de un hombre. Por varios trozos de ropa que conservaba se pudo comprobar que aquellos restos eran los del señor Barrena.

Ni las autoridades ni sus agentes, poco afortunados en Córdoba para descorrer el velo del misterio tras el cual se hallan ocultos muchos crímenes, lograron descubrir a los autores del emparedamiento de la persona citada.

Hace más de cuarenta años, en las primeras horas de una noche del estío, dos hombres penetraron en una taberna del Realejo, pidieron unas copas, apuraron su contenido de un trago y, después de pagar, marcháronse, sin que entre ambos se hubiera cruzado palabra alguna.

Apenas habían pisado la calle uno de los individuos a que nos referimos caía al suelo como herido por un rayo.

El personal de una barbería próxima acudió a auxiliarle y vió, con asombro, que estaba muerto, a causa de una tremenda puñalada que le había partido el corazón.

El autor del crimen fue el sujeto que acompañaba a la víctima y que huyó apenas hubo realizado el hecho, perdiéndose en el laberinto de calles de la parte baja de la población.

El cadáver no pudo ser identificado ni se logró detener al agresor.

Una mañana, junto a un depósito de aguas o alcubilla conocido por el Sombrero del Rey que había en el campo de la Victoria, cerca de la puerta de la Trinidad, apareció el cadáver de un hombre al que le faltaba la cabeza.

¿Quién era aquel desgraciado? Un obrero francés que prestaba sus servicios a una empresa de ferrocarriles.

Supúsose que le asesinaron, para robarle, en una modesta hospedería de la carrera de los Tejares en que se albergaba y se propaló el rumor de que la cabeza había sido arrojada a un pozo.

Con este motivo se procedió a registrar los de muchas casas, sin resultado alguno, y, al fin, la cabeza fue encontrada en un haza muy distante de la ciudad.

Tampoco se logró esclarecer este hecho que, durante algún tiempo, tuvo pendiente la atención del vecindario.

No le interesó menos otro crimen misterioso ocurrido varios años después. Al llegar a la Estación férrea de Córdoba un tren procedente de Sevilla, en un departamento reservado para señoras, se encontró, degollada, a una modista, francesa, apellidada Harrisson, que había emprendido el viaje desde la antedicha capital andaluza.

Infructuosas resultaron todas las investigaciones efectuadas para averiguar el móvil del crimen que no fue el robo, pues a la víctima se le encontró el dinero y las alhajas que llevaba al salir de Sevilla y tampoco se consiguió descubrir al asesino.

Un día de feria de Nuestra Señora de la Salud fue turbada la alegría propia de tal fiesta por el crimen más horrendo que registra la crónica negra en Córdoba.

Un vecino de esta capital que afortunadamente no era cordobés y cuyo nombre omitimos por creer que no se debe perpetuar el de los criminales, marchó a una huerta de la Sierra con el objeto de pedir a la encargada de la finca dinero para asistir a ta corrida de toros que se había de celebrar aquella tarde. Negóselo la mujer y el sujeto aludido le asestó gran número de puñaladas hasta dejarla, al parecer, exánime.

Seguidamente degolló a dos niñas de corta edad, hijas de la mujer aludida, y mató de un tiro a un hombre que se dedicaba a las faenas campestres.

Realizadas tales hazañas regresó a la ciudad y fué tranquilamente a ver la corrida de toros.

Gracias a que la mujer herida no murió y al celo de un benemérito capitán de la Guardia Civil, don Vicente Paredes, estos espantosos delitos no quedaron impúnes.

Finalmente, en un paraje solitario extramuros de la ciudad, conocido por la Esquina de Parada, se encontró, muerto violentamente, a un conocido platero llamado Manuel Cruz,

El juez realizó innumerables diligencias para descubrir al autor o autores del hecho, la policía trabajó sin descanso con el mismo fin, pero también en esta ocasión todas las gestiones resultaron infructuosas y el crimen quedó en el misterio como quedaron los de que fueron víctima el señor Barrena y la señora Harrisson y otros cometidos ya en nuestros días.

Julio, 1922.