Juegos, Bromas Y "Paveos" De Carnaval es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.
Texto
No siempre hemos de decir con el poeta que “cualquiera tiempo pasado fué mejor”, pues en lo que respecta a juegos, bromas y paveos de Carnaval hoy nuestra población demuestra más cultura que hace cincuenta años.
Antiguamente, muchas personas, en esta época, recurrían para divertirse a medios reprobables, pues todos se basaban en causar molestias al prójimo y mofarse de él despiadadamente.
Sólo había una costumbre, original y típica de Córdoba, que a nadie incomodaba pero que, no obstante, era peligrosa: la de aparar tiestos .
Cuando se aproximaban las Carnestolendas, los domingos y días festivos congregábanse las mozas de cada barrio en la calle o la plaza más extensa del mismo y se dedicaban al juego indicado, consistente en arrojar unas y coger otras, situadas a bastante distancia de las primeras, cántaros rotos y otros cachivaches de barro inservibles.
Con mucha frecuencia la vasija en vez de ir a parar a las manos de la moza que la aguardaba, caía al suelo, convirtiéndose en añicos, y entonces el coro que rodeaba a las deportistas prorrumpía en gritos y carcajadas ensordecedores.
Más de una vez la diversión tenia un final desagradable, pues un tiesto mal dirigido hacía blanco en la cabeza de una persona, lesionándola, en ocasiones, gravemente.
En muchas tiendas, durante los días de Carnaval, paveaban de un modo inocente, pero ingenioso, a los amigos de lo ajeno.
En las carpetas para la exhibición de objetos que había en los mostradores, cubiertas por un cristal, colocaban en un ángulo de este, pegada por la parte interior, una moneda de plata.
Y no faltaban parroquianos aprovechados que, en un descuido de los dependientes, pretendieran apoderarse de la moneda, suponiendo ¡oh candidez humana! que alguien la habla dejado olvidada sobre el cristal.
La decepción de los largos de manos al comprobar que se hallaba debajo de aquél era indescriptible.
Nunca faltaban mal intencionados que preparasen una broma de dolorosísirnos efectos para la gente menuda .
En el centro de una calle colocaban un sombrero inservible, con una piedra de gran tamaño dentro.
Raro era el chiquillo que, al pasar, no propinaba un puntapié, con todas sus fuerzas, a la chistera o la cartulina, quedando cojo durante algunas horas, especialmente si el infeliz iba descalzo.
Las vecinas de las calles poco céntricas también solían, más que embromar, molestar a los transeuntes por un sencillo procedimiento. Ataban una cuerda, muy delgada, para que resultase casi invisible, a dos ventanas de ambas aceras, procurando que estuviese a la altura de la cabeza de los hombres y, al pasar éstos, sin advertir el obstáculo, el sombrero tropezaba con la cuerda y caía al suelo, al par que las bromistas prorrumpían en una algazara infernal.
Cuando el transeunte era de elevada estatura la cuerda producía el efecto de dogal o le cruzaba la cara y entonces la impresión resultaba más desagradable.
Pero ninguna lo era tanto como la originada por otra broma, menos molesta, pero más alarmante que las anteriores.
Quienes, merced a ella, se disponían a reír de los incautos llenaban de piedras una caja de lata de las que se destinan a envase de petróleo, colocábanla cerca de un balcón atada a éste con un cordel y, al pasar por la calle un pacífico transeunte, lanzaban al espacio la lata, en la que las piedras producían un ruido terrible.
El transeunte, al oír aquel estrépito infernal, creía que el mundo se le caía encima, pero pronto convencíase de que se trataba de una broma, al ver oscilando, pendiente del balcón, a una considerable altura, la que pudiéramos denominar caja de los truenos.
También en los días de Carnaval y sin duda con el piadoso fin de recordarnos la terrible sentencia “polvo eres y en polvo te convertirás”, algunos muchachos y mozalbetes se proveían de un guante lleno de ceniza, aproximábanse, por la espalda, a los transeuntes, tocábanles, con el guante, en un hombro, y cuando aquellos volvían el rostro les propinaban una guantada, huyendo como alma que lleva el diablo.
No faltaban víctimas de esta distracción que persiguieran a los bromistas, obsequiándoles con algunos estacazos.
Finalmente, las máscaras solían pavear a las muchachas y a los chiquillos ofreciéndoles almendras de yeso y anises consistentes en yeros o arvejones envueltos en una capa de almidón y azúcar.
Pero casi todas aquellas y la mayoría de los jóvenes que frecuentaban los paseos iban provistos de grandes y pintarrajeados alcartaces llenos de exquisitas peladillas de las confiterías de Castillo, de Hoyito o de la Fuenseca, para obsequiar a sus amigas y conocidas.
Y las familias de buena posición social recibían en sus casas a las máscaras, agasajándolas con dulces, y en muchos hogares cordobeses improvisábanse reuniones que sustituían a los modernos bailes y eran la nota más simpática del Carnaval.
Las mozas del pueblo no sólo se entretenían aparando tiestos en calles y plazuelas; también se entregaban a otra diversión, la del columpio, en nuestros típicos huertos y en los grandes patios de las viejas casonas de vecinos.
Entre dos árboles formaban el columpio y en él pasaban horas y horas, entregadas a la broma y al holgorio, rebosantes de alegría, en un mundo feliz, el mundo de las ilusiones y las esperanzas que forja la juventud, separado por muros inaccesibles del mundo de la realidad.
Febrero, 1921.
