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La Bombilla (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Bombilla es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Hace ya bastante tiempo, en los primeros años de estar establecida, en el campo de la Victoria, la taberna titulada "La Bombilla", constituía, durante las épocas de feria, uno de los rincones típicos de Córdoba.

Nada extraordinario advertíase allí en todo el día ni en las horas de la noche en que es mayor la animación en calles y paseos; sólo veíase un constante desfile de bebedores y únicamente se registraba algún escándalo de menor cuantía originado por el exceso de alcohol, pero al avanzar la madrugada, cuando la feria y casi toda la ciudad quedaban desiertas, variaba, por completo, el aspecto de "La Bombilla".

El amplio local de la trastienda llenábase de grupos, formados alrededor de las mesas y veladores, en los que un novelista hubiese encontrado tipos dignos de estudios personajes originalísimos para sus obras.

Formaban, invariablemente, la reunión más numerosa quince o veinte hombres, jóvenes casi todos, aunque en sus rostros se advirtiesen las huellas de una vejez prematura, provocada por la mala vida.

Eran cómicos y titiriteros de los teatrillos y los circos instalados en e! campo de la Victoria. Concluidas las funciones en que trabajaban iban a la taberna para descansar un rato y restablecer sus fuerzas con algunas copas de vino y, mientras las apuraban, sostenían una animada conversación,. siempre sobre el mismo tema: sus contratas, sus éxitos, sus temporadas buenas, sus adversidades e infortunios. Al tratar de éstos, un viejecito muy simpático, muy alegre, con la faz arrugada más que por los años por los afeites y pinturas, decía un chiste, una frase ingeniosa que producía la carcajada general y ahuyentaba la nube de tristeza por unos instantes.

Aquel viejo era el "gracioso" del teatrillo ambulante, un cómico mejor que muchos actores de fama.

Súbitamente aparecían en la taberna dos figuras extrañas; un hombre fornido, recio, de elevadísima estatura y otro pequeño, con enorme cabeza y luenga barba. Un poeta hubiese creído que se trataba de Hércules acompañado de su gnomo.

Eran el gigante aragonés y el enano que enseñaba al público la galería de figuras de cera.

Ambos engrosaban la reunión descrita y el gigante la amenizaba narrando cuentos baturros.

Luego llegaba Pacaventos, el gran Pacaventos que lo mismo actuaba de prestidigitador y adivinador del pensamiento, que de gimnasta o payaso.

Y aquel individuo extraordinario, charlatán sempiterno empezaba a contar sus aventuras, sus odiseas, pintorescas y variadísimas; cómo ideó el sensacional ejercicio consistente en que pasara sobre él un automóvil, sin lastimarle, absorbiendo la atención de su auditorio, excitándole la curiosidad, haciéndole olvidar, por unos instantes, penas y sinsabores.

En un rincón, el sitio más oscuro de la trastienda, adivinábase más que se veía otro grupo interesantísimo para el curioso observador.

Constituíanlo ocho o nueve hebreos con la indumentaria característica de su raza. Abraham, tipo venerable de luenga barba blanca; Samuel, figura arrogante y majestuosa; David Soto, popularísimo en toda Andalucía.

Eran los vendedores de turrones, dátiles, cocos y babuchas establecidos en las tiendas de la puerta de Gallegos y en los pequeños portales de las viejas casas, hoy sustituidos por modernos edificios, de la calle de la Concepción.

Hablaban pausadamente y en voz muy, baja de sus negocios, de las ferias que habían recorrido aquel año y de las que se proponían visitar, en tanto que saboreaban, sorbo a sorbo, el café humeante en recios vasos de vidrio.

Al mediar la madrugada penetraba en la taberna un hombre alto, de color cetrino, con larga perilla, vestido unas veces a la europea y cubierta la cabeza con un gorro griego y otras veces vistiendo el vistoso traje del moro argelino. Era Castillo, el vendedor ambulante de específicos, el inventor del sanalotodo, del moderno bálsamo de Fierabrás.

Sentábase, sólo [sic], ante un velador, pedía una gaseosa que le refrescase la garganta, seca por la charla contínua, y permanecía allí media hora, abstraído de cuanto le rodeaba, tal vez pensando la farsa de que se valdría a la mañana siguiente para embaucar a los incautos y sacarles el dinero.

Alrededor de dos mesas unidas, llenas de copas de aguardiente, discutían a grandes voces, bromeaban con frases de mal gusto, reían. a carcajadas produciendo gran alboroto, varios individuos que tenían impreso en la faz el sello de la truhanería.

Quien fuese buen fisonomista, a poco que se fijara, reconocería en ellos a los cojos, mancos y paralíticos que, durante la mañana, asediaban a los transeuntes en el centro de la población para pedirles una limosna y, a la par, a los pequeños industriales que por tarde y noche, recorrían la feria, el paseo del Gran Capitán, las calles contiguas, los cafés y los casinos, ofreciendo a todo el mundo el juguete de moda, el ratón y el gato, la rata mecánica o el reloj concadena por una "perra gorda".

En esta amalgama de tipos heterogéneos se destacaban por su extraordinario relieve y hasta parecía que "La Bombilla" no era marco apropiado para ellos, cuatro o cinco jóvenes de aspecto simpático, de formas correctas, irreprochablemente vestidos a la última moda, llenos de alhajas, que no bebían "medios" de Montilla ni copas de vulgar aguardiente, sino coñac o vinos de marcas renombradas y sostenían una conversación culta y amena, cambiando impresiones acerca de sus viajes o respecto a los incidentes de la última corrida de toros.

¿Pregunta el lector quienes eran es tos personajes? Pues tomadores, carteristas y descuideros de fama. El primitivo "Manitas de plata", maestro en el arte de sustraer relojes aunque estuviesen pendientes de sólidas cadenas; el auténtico "Pollo de los brillantes", sin rival en el deporte de apoderarse de la cartera del prójimo, aunque la llevara oculta en el más recóndito bolsillo, y otros discípulos de Caco, tan aventajados en su "profesión" como estos.

De vez en cuando dirigían a los demás parroquianos de la taberna una mirada de desdén olímpico o de conmiseración, pues tenían que trabajar diariamente muchas horas para reunir unas miserables monedas y, en cambio ellos se adueñaban en pocos minutos de grandes fajos de billetes o de joyas de valor incalculable.

Con las primeras claridades de la aurora se esfumaban todos aquellos personajes como las figuras de un cuadro fantasmagórico y los sustituía una legión de ganaderos, tratantes, gitanos, que entre copa y copa concertaban compras, ventas y cambalaches, apelando a todos los recursos del ingenio y la fantasía para obtener el mayor beneficio posible en los negocios.

Entonces "La Bombilla" no era albergue de Monipodio y sus camaradas, ni una evocación de la famosa Corte de los milagros: era sencillamente, un trozo de los incomparables y poéticos mercados de Andalucía.

Septiembre, 1920.