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La Fiesta Del Carmen (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Fiesta Del Carmen es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Antiguamente el día de Nuestra señora del Carmen era de fiesta para los cordobeses; un día tan típico, y valga la palabra, como los de Santiago y la Asunción de la Virgen.

Las mujeres madrugaban más que de ordinario para concluir temprano los quehaceres domésticos indispensables a fin de poder asistir a las solemnes funciones religiosas que, por la mañana, celebrábanse en las iglesias de los conventos de San Cayetano, Nuestra Señora del Carmen y Santa Ana, y engalanadas con los trapitos de cristianar , con el vestido de seda y la mantilla de blonda, ostentando en el pecho la cruz de oro o de filigrana cordobesa, pendiente de una larga cadena y al brazo el pesado catrecillo, dirigíanse a los templos citados, llenos de encanto y de poesía.

En ellos todo era sencillez, todo modestia, como conviene a la Casa de Dios; los altares se hallaban adornados con las plantas y flores características de nuestros patios y huertos, abundando las macetas de albahaca que mezclaba su fresco perfume con el del incienso.

Solamente el aceite y la cera, en artísticas lamparas y brillantes candeleros de metal iluminaban la iglesia, dejándola en una semi-oscuridad qne [sic] invitaba al recogimiento y la meditación.

El órgano severo llenaba las amplias naves de notas y acordes majestuosos; la voz del predicador resonaba vibrante, persuasiva, ensalzando las glorias de la Reina del Carmelo.

Cuando el sacerdote concluía la imponente ceremonia de consumir el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo sacristanes y monaguillos, provistos de grandes cepos de lata, recorrían el templo para recoger las limosnas de los fieles y no había devoto, por humilde que fuera su condición social, que dejará de echar una moneda de dos cuartos con el objeto de contribuir a los gastos del culto.

Por la tarde acababa la novena en honor de la Virgen y, en la primera mitad del siglo XIX, cuando los reiigiosos carmelitas ocupaban el convento de la Puerta Nueva, era sacada procesionalmente la imagen de Nuestra Señora del Carmen por las principales calles del barrio de la Magdalena.

Acompañábala gran número de hombres de todas las clases sociales, con cirios, pues entonces las mujeres no formaban parte de las procesiones, y una extraordinaria multitud esperaba el paso de la preciosa efigie.

Casi todas las casas de la carrera tenían los muros recién blanqueados y en sus balcones ostentaban, como colgaduras, colchas de vivos colores, muchas de viejo damasco rojo.

Las personas de edad avanzada veían la procesión desde ventanas y balcones para que no las molestasen los transeuntes; las mozas y las muchachas sentadas en recias sillas de anea, ante las puertas de sus viviendas, barridas y regadas con esmero.

Hace cuarenta años, como final de los cultos que se verificaban en la iglesia de San Cayetano, también recorría procesionalmente sus alrededores, el Campo de la Merced y algunas calles del típico barrio de Santa Marina la imagen de la Virgen del Carmen, en unión de las de San José y Santa Teresa.

En el acompañamiento figuraban muchos vecinos del barrio citado y del de la Merced, entre los que piconeros y toreros tenían numerosa representación.

En el Campo de la Merced apiñábase un inmenso gentío que vitoreaba con entusiasmo delirante a la Reina del Carmelo y, a su paso, disparábanse cohetes, encendíanse luces de bengala y se quemaban ruedas y castillos de pirotecnia.

Delante de estas procesiones iban postulantes con grandes cepos que el público llenaba varias veces de monedas de cobre y de plata.

El 16 de Julio efectuábase la inauguración del paseo veraniego de la Ribera y de los baños del Guadalquivir.

Los peones camineros municipales barrían cuidadosamente aquel poético paraje, hoy abandonado, y lo regaban con el agua del río, la cual extraían por medio de una bomba colocada con este objeto.

Los operarios de la Fábrica del Gas trabajaban activamente para terminar la instalación de los faroles sostenidos en postes de madera que constituían el alumbrado extraordinario del paseo.

El popular Mendoza, conocido generalmente por Balesteros, no cesaba de dar órdenes, haciendo alarde de una prodigiosa actividad, para que no faltara un detalle en las típicas y sencillas casetas de sus baños, instaladas en ambas margenes del río.

Aquella noche gran parte del vecindario de la ciudad acudía a la Ribera, por la que era muy difícil el tránsito a causa de la aglomeración de gente.

El público ocupaba los asientos de piedra negra que hay sobre el muro de contención del Guadalquivir, las sillas del Asilo que entonces instalábanse en los paseos y las que sacaban de sus viviendas los moradores de las casas contiguas.

Una larga fila da mesillas de arropieras con diminutos faroles de lata que alumbraban como luciérnagas, extendíase desde las inmediaciones de la Cruz del Rastro hasta el final del paseo.

De!ante de la iglesia parroquia1 de San Nicolás de la Ajerquía situábase la Banda municipal de música para amenizar la velada, interpretando alegres composiciones.

La gente joven discurría por el centro del paseo entretenida en amena charla y los mozos obsequiaban a sus novias con melosas arropías y ramos de jazmines.

En las amplias banquetas del embarcadero, iluminado con dos grandes faroles de petróleo, la gente aguardaba turno para pasar, en las barcas, a la margen izquierda del río, donde la mayoría dé as personas prefería bañarse por estar el agua más limpia que en la orilla derecha.

Y eran frecuentes las discusiones entre individuos que se disputaban la primacía para embarcar y las reyertas con los graciosos que se obstinaban en dar bomba a las lanchillas con la sana intención de que se asustaran las mujeres.

Juanico el barquero, los hermanos Montes y sus camaradas no cesaban de cruzar el Guadalquivir con las casi prehistóricas barquillas cargadas de gente.

Las casetas de los baños también estaban siempre llenas de público; en las destinadas al sexo femenino, oíase, sin cesar, un griterío ensordecedor. Los buenos nadadores salíanse de ellas para lucir sus habilidades enmedio del río.

Cuando concluía la bulla en los baños muchas personas dedicábanse a pasear, en las viejas barcas, por el Guadalquivir, desde el molino de Martos hasta el Puente.

Las muchachas cantaban a coro sentidas barcarolas, cuyas notas perdíanse en el espacio interrumpiendo el silencio augusto de la poética y hermosa noche estival cordobesa.

Jnlio [sic], 1923.