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La Fuerza De Una Aleman (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Fuerza De Una Aleman es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Una sociedad titulada La Cordobesa, aunque no estaba constituida por personas de esta capital, proponíase establecer en ella el alumbrado eléctrico y, con este fin, procedía a la construcción de la fábrica productora del fluido y a la instalación de los cables para transportarlo.

Estaba encargado de dirigir las obras un ingeniero alemán, joven, alto, delgado, pero de musculatura atlética. Tenia como característica el bigote, un enorme bigote rubio de guías tan largas que se las sujetaba detrás de las orejas.

Era un hombre muy listo, muy culto y estaba dotado de una actividad prodigiosa. Levantábase al amanecer, aunque solía trasnochar, y se dirigía a la fábrica para esperar la llegada de los obreros y distribuirles el trabajo.

Luego no cesaba de recorrer las calles para inspeccionar la colocación de la red de cables, dando instrucciones a los operarios, haciéndoles advertencias y explicándoles prácticamente cualquier operación que no entendían.

Sus costumbres diferenciábanse mucho de las nuestras, sobre todo en lo relativo a las comidas. Cuando terminaba su primer visita de inspección a los trabajos, invariablemente encaminábase a la plaza de la Corredera.

¿A que iba allí? De seguro no lo adivinará el lector. Pues iba a lo que aquí llamamos hacer la despensa, como cualquier “caballero de capa y cenacho”.

Su despensa era muy original; consistía en una cebolla, la más grande y redonda que encontraba, una patata, compañera por su forma y tamaño de la cebolla, y medio kilo de carne de ternera sin hueso.

La cebolla, despojada de su envoltura, hecha cascos en forma de melón y casi emborrizada en sal le servía de desayuno, el cual regaba con varias copas de aguardiente, y la única vez que comía cada veinticuatro horas engullíase la carne asada por él mismo para que estuviera casi cruda, sustituyendo el pan por la patata cocida y apurando varias botellas de cerveza.

Hasta en los días más crudos del invierno veíasele muy ligero de ropas, pues él aseguraba que no sentía frío jamás, merced al régimen de su alimentación.

Por su carácter alegre, jovial, simpático, por su exquisita corrección, por su trato afable, al poco tiempo de hallarse entre nosotros, contaba con gran número de amigos, casi todos jóvenes como él.

El tiempo que le dejaban libres sus múltiples ocupaciones pasábalo, ya en la casa de unas encantadoras muchachas, punto de cita de casi todos los pollos cordobeses, ya en una tertulia de café, compuesta por gente de buen humor, ya en la reunión de los obreros a sus órdenes, a los que trataba no como jefe,sino como compañero.

Pasó por Córdoba un paisano y amigo de la infancia del ingeniero y, para saludarle, se detuvo aquí algunas horas.

El alemán del largo bigote presentó a su compatriota en todos los lugares donde acostumbraba a concurrir y, en unión de sus contertulios de café, se deshizo en atenciones y agasajos con el huesped.

Ya avanzada la noche, después de haberse excedido todos en las libaciones, dedicáronse a recorrer la población. Al pasar por la calle de la Morería, a uno de los acompañantes de nuestro huesped se le ocurrió llamar a la puerta de una casa, sin saber cómo ni dónde, como dijo don Juan Tenorio.

Un hombre contestó desde el interior con una frase grosera. Los juerguistas , indignados, comenzaron a empujar violentamente la puerta hasta que, rota la cerradura, abrióse aquella de par en par.

La irrupción de los bárbaros del Norte resulta un hecho insignificante comparada con la invasión de la casa aludida, por aquella horda. Los dos alemanes y su séquito penetraron tumultuosamente en el portal, pasaron al patio y comenzaron a abrir, a puñetazos y puntapiés, todas las habitaciones.

De estas salió una verdadera nube de mozos de cordel, de forzudos gallegos, que rodearon a los invasores en actitud hostil, dirigiéndoles toda clase de denuestos en jerga casi ininteligible.

El casero, un hombre de corta estatura, rechoncho con patillas, corrió hacia la puerta de la calle, cerróla y, a guisa de tranca, apoyó el hombro derecho en un peinazo al mismo tiempo que exclamaba con energía: de aquí no salen ni las ratas hasta que venga la autoridad.

Los mozos de cordel que rodeaban a los perturbadores de su tranquilidad, súbitamente, como si obedecieran a una consigna, se retiraron a una habitación próxima, sin duda para celebrar consejo y tomar acuerdos graves.

Entre tanto los invasores trataban de convencer al casero, ¡empresa vana!, de que todo aquello había sido una broma y, por lo tanto, debía abrir y dejarles marchar tranquilamente. El hombre-puntal, por toda respuesta, repetía sin cesar, cada vez más indignado: hasta que venga la autoridad no salen de aquí ni las ratas.

Los gallegos, terminada su deliberación, que fué breve, volvieron a salir, en actitud belicosa, armados de los enormes palos con honores de vigas que les servían de palancas. Estaban dispuestos a librar la batalla con el enemigo.

Los juerguistas comprendieron la gravedad de la situación y uno de ellos tuvo una idea salvadora. Se acordó de que llevaba en el bolsillo una pistola descompuesta, sacóla con ademán trágico y apuntó al grupo formado por los mozos de cordel, que retrocedieron, presa de un pánico indescriptible, como si tuvieran delante una ametralladora.

El ingeniero alemán, que había presenciado impasible los sucesos, harto ya de aquella tragicomedia, se dirigió al casero diciéndole: quitate, gallego. El hombre-puntal repitió su cantinela: ni las ratas salen de aquí hasta que venga la autoridad.

El mozo del inconmensurable mostacho, por toda contestación, cogióle del brazo izquierdo con una mano, lo levantó a pulso y, muy despacio, llevóle así hasta el patio, donde le soltó, al mismo tiempo que decía a los autores de la broma: señores, vámonos a la calle.

Los gallegos quedaron estupefactos, atónitos, petrificados, ante las fuerzas de aquel señorito, alto y endeble como una caña, y ni siquiera se sintieron con valor para impedir que se marchasen quienes, en realidad y sin haberse dado cuenta de ello, acababan de cometer un delito: el de allanamiento de morada.

Octubre, 1923.