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La Piñona (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Piñona es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

¿Quién no la recuerda? Era una mujer de regular estatura, metida en carnes, de constitución varonil; simpática apesar de la dureza de sus facciones, con la faz siempre roja como si la sangre estuviera a punto de brotarle por el rostro.

No había quien al verla pudiese dudar, por el gran parecido de ambos, que era hermana del Piñón , el popularísimo sacristán de la iglesia de San Pablo, cuyas travesuras sacaban de quicio al padre Cordobita, obligándole a montar en cólera y a dirigir terribles catilinarias a su antiguo subordinado, apesar de profesarle verdadero cariño.

A José Santos, desde pequeñuelo, conocíale todo el mundo por el remoquete del Piñón , el cual la gente convirtió en femenino para aplicarlo a la hermana del sacristán famoso.

Los hermanos a quienes nos referimos nada tenían que envidiarse respecto a popularidad y podía considerárseles como dos de las figuras más originales y típicas de la Córdoba pintoresca.

Dolores Santos, la Piñona , que pudiera ser presentada como ejemplo de laboriosidad femenina, se dedicó, en su niñez, a la venta de periódicos.

Ningún compañero de profesión recorría en menos tiempo que ella la ciudad ni voceaba más y mejor el El Cencerro o La Cotorra , excitando, con sus pregones, la curiosidad del público para que le arrebatase de las manos los ejemplares de aquellos famosos semanarios satíricos.

Por este motivo los camaradas de la Piñona no la miraban con buenos ojos, le tenían envidia, que suscitaba frecuentemente discusiones y, reyertas, en las que ella salía siempre vencedora, después de descalabrar a un colega, de una pedrada, o de propinar tremenda cachetina a todos sus adversarios.

Los fundadores de El Cencerro y La Cotorra , don Luis Maraver Alfaro y don José Navarro Prieto, solían recompensarle el celo que demostraba en la venta de los periódicos dándole algunas propinas, que la varonil muchacha no gastaba en dulces ni flores, sino en trompos, trabucos o almezas para hacer disparos contra los cristales de los faroles.

Cuando fué mujer; una verdadera moza de pelo en pecho, cambió de oficio, dedicándose a expender flores, hortalizas y frutas en el mercado del Salvador.

Allí, cerca de la puerta del templo de San Pablo, veíasela constantemente, a todas horas, detrás de las grandes banastas repletas de verduras.

Armonizaba con el arrebatado color de su rostro el de las rosas o los claveles que coronaban su cabeza y el del pañuelo de sandía que invariablemente cubría su seno.

La Piñona constituía una de las notas características de la plaza del Salvador; era allí una figura interesante; quien cobraba el barato en el típico mercado de las flores, hoy desprovisto de muchos de los encantos que tuvo en la antigüedad.

Nadie daba más voces que ella pregonando su mercancía; por un quítame allá esas pajas ponía como no digan dueñas a una compradora; por cualquier minucia descargaba un diluvio de frases escogidas y un chaparrón de bofetadas sobre una compañera.

Si dos hortelanas o dos despenseras reñían, recurriendo a las uñas, como arma, para agredirse o arrancándose despiadadamente, el moño, ella era la primera en acudir para separarlas y calmar las iras de las contendientes.

Si dos hombres sostenían acalorada pendencia, en la que llegaban a lucir las navajas, ella también auxiliaba a los agentes de las autoridades, sin temor al riesgo que corriera, con el fin de evitar un drama sangriento. Y si un guardia municipal o un guindilla conducía con grandes trabajos un beodo impertinente al depósito de las monas , entonces conocido por el Galápago y situado en dicha plaza, Dolores Santos ayudábale en la ardua tarea, que causaba general regocijo a los espectadores.

Siempre estaba dispuesta a apurar unas chicuelas de aguardiente en una de las tabernas próximas a su puesto con la primer comadre que se presentaba o con cualquier campesino de los que elegían el lugar mencionado para centro de reunión cuando tornaban a sus hogares al terminar la viajada .

La Piñona consideraba algo así como los aledaños de su casa a la iglesia de San Pablo, a juzgar por la libertad y confianza con que entraba en. ella a cualquier hora.

Si era preciso ayudaba a su hermano, en vísperas de las grandes fiestas, a adornar el templo y siempre destinaba las mejores flores de su puesto al altar del beato Francisco, de Posadas, a cuya familia. pertenecían los Piñones , según afirmaban ellos mismos.

Dolores Santos jamás faltaba los domingos a la primera Misa que el padre Cordobita celebraba al amanecer; el día de la Candelaria abandonaba el puesto muy temprano para ocupar un buen sitio en la solemne fiesta costeada por el Comercio y en la novena a la Virgen del Rosario siempre se la veía en primer término, entre los fieles.

Cuando eran sacadas procesionalmente las imágenes de dicha Virgen y del beato Posadas, desgarrábase los pulmones vitoreándolas con un entusiasmo rayano en la locura.

La Piñona , que no perdonaba medio de ganar honradamente una peseta para sacar adelante a su prole ejercía también el oficio de aguadora, en la plaza de toros, las tardes de corridas y, merced a su popularidad, siempre se llevaba la faltriquera repleta de cuartos.

En una corrida de la feria de la Salud, después de apagar la sed de gran número de espectadores de la grada cubierta saltó al tendido por la barandilla que separa ambas partes del circo y, al efectuar esta operación, con la misma destreza que un muchacho, levantáronsele un poco las faldas.

El público empezó a dirigirle bromas, algunas muy subidas de color, y Dolores Santos, indignada porque hubiera quien pudiese creer que ella faltaba a la moral, soltó el cántaro y, al mismo tiempo que gritaba con toda la fuerza de sus pulmones: ¿qué habéis visto, embusteros? remangóse las enaguas hasta la cintura, mostrando unos recios pantalones de su marido.

Tal era la Piñona , la mujer del aspecto varonil, de rostro encarnado como la amapola, vendedora de periódicos en su niñez, hortelana y aguadora luego, que se destacaba entre las personas más populares de Córdoba en los últimos años del siglo xix y constituía una figura típica de la interesante plaza del Salvador.

Junio, 1922.