Menú alternativo
Toggle preferences menu
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

La Sorpresa De La Modelo (Notas cordobesas)

De Cordobapedia


La Sorpresa De La Modelo es una de las notas incluidas en Notas cordobesas. Recuerdos del pasado, de Ricardo de Montis.

Texto

Perdida en el laberinto de las revueltas calles de la parte baja de la población había una vieja y destartalada casona que unos populares comerciantes destinaban a almacén de sus mercancías.

Una legión de dependientes de aquellos, formada por hombres, todos recios, casi todos vestidos de blusa y pantalón de pana, dedicábase a múltiples faenas propias del tráfico de los comerciantes aludidos.

Diariamente, a determinadas horas, veíase entrar y salir a varios jóvenes, cuyo porte distinguido contrastaba con la rudeza de los operarios a que antes nos hemos referido.

También solían frecuentar la casona mujeres jóvenes bellas y de esbelta figura.

Pocos días antes de ocurrir el gracioso suceso que vamos a relatar, los curiosos de la vecindad observaron que apenas salía el último muchacho de los que cotidianamente se congregaban allí, deteníase ante la puerta de la vetusta casa un coche de punto; descendía de él una mujer elegante, con el rostro cubierto por un espeso velo pendiente del sombrero y penetraba en el edificio con la altivez y la majestad de una reina.

¿Que misterio había en todo esto? preguntará el lector. Ninguno.

En un salón bajo de la casona destinada a un comercio prosaico tenia su estudio y su academia un artista famoso, un escultor ilustre, y allí acudían sus alumnos y sus modelos, aquellos muchachos distinguidos y aquellas jóvenes de gentil figura que diariamente se veía entrar y salir a determinadas horas.

El artista preparaba una obra que había de darle renombre; un admirable desnudo para el que servíale de modelo la dama elegante que, cubierto el rostro por un denso velo, descendía de un coche a la puerta del taller.

Apenas la mujer penetraba en aquel templo del arte cerrábanse sus puertas herméticamente y quedaban solos el escultor y la dama.

Esta despojábase lentamente de sus lujosos vestidos dejando al descubierto sus formas, que la Venus de Milo envidiaría, se colocaba en una posición académica, sobre elevada plataforma, de espaldas a una ventana abierta cerca del techo, que la bañaba en luz cenital.

El escultor trabajaba lleno de entusiasmo, caldeado su espíritu por el fuego divino de la inspiración y, al golpe de sus cinceles mágicos, el bloque de piedra se transformaba en un delicado cuerpo femenino, o en palpitantes carnes de mujer.

Al mismo tiempo que el artista laboraba en la que, tal vez seria su obra maestra, la que le diera mayor fama, los operarios del comerciante se ocupaban en faenas muy opuestas, prosaicas, para las que sólo era preciso poner a contribución el esfuerzo manual.

Uno de los trabajadores que se hallaba en una galería inmediata al taller del escultor, para efectuar cierta operación, tuvo que subir por una escalera de mano; desde ella dirigió, curioso, la mirada al ventanal del estudio y sus ojos tropezaron con la figura maravillosa de la mujer desnuda.

Estático en su contemplación permaneció algunos momentos; luego descendió de la escalera y a todos los camaradas les fue contando lo que había visto, que él ignoraba si era sueño o realidad.

Uno a uno, sigilosamente a fin de no ser sorprendidos, los trabajadores se encaramaron en la escalera para admirar a aquella mujer, prodigio de belleza y de corrección de líneas.

Cuando se hubieron recreado bien con su contemplación ocurrióseles una idea diabólica; pusieron la escalera debajo del ventanal, subieron por ella con un fonógrafo que tenía el comerciante dueño de la casa y lo pusieron sobre el alfeizar, con la bocina hacia el interior del estudio.

Seguidamente hicieron funcionar el aparato y este comenzó a ejecutar un alegre paso-doble.

La modelo, al oir a su espalda aquella música, de un salto bajó de la plataforma, apesar de su altura considerable, y comenzó a vestirse precipitadamente, toda ruborizada y presa de gran indignación.

En virtud de que allí no estaba libre de las miradas de los curiosos ni de sorpresas tan desagradables como la que acababa de sufrir, negóse a continuar sirviendo de modelo al artista y este estuvo a punto de matar a los autores de la broma que le impidió concluir una de las obras en que puso todas sus ilusiones, todos sus entusiasmos.

La casona en que se desarrolló esta cómica escena era la que los señores Barea poseían en la calle de Regina para depósito de carnes de cerdo; el escultor que tenía su estudio en ella y que resultó víctima de tal humorada el insigne y malogrado Mateo Inurria.

Marzo, 1924.